
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Hay que reconocerle algo a Amado Boudou. Después de tantos años de discursos, eufemismos, relatos, épicas, cadenas nacionales, “modelos”, “décadas ganadas” y explicaciones creativas sobre por qué la economía argentina siempre termina hecha pedazos, el exvicepresidente decidió ahorrarnos trabajo. No presentó un programa económico. Presentó algo mucho más útil: el manual de instrucciones para volver a destruir la economía argentina. Y lo hizo con una claridad conmovedora. Si el peronismo vuelve al poder en 2027 —según las ideas que Boudou acaba de poner sobre la mesa— hay que abandonar el superávit fiscal, voltear la reforma laboral, reinstalar los subsidios a las tarifas y aplicar un “shock distributivo” para que la gente gane más plata.
¡Aleluya! Por fin un programa económico sin letra chica. No sabemos todavía cuánto costaría, no sabemos quién lo pagaría, no sabemos cómo se financiaría, no sabemos qué ocurriría con la inflación, no sabemos qué pasaría con el crédito ni qué harían los inversores. Pero sabemos algo fundamental: se gastaría más, se recaudaría quién sabe cómo, se subsidiaría todo y se abandonaría la única cuenta que no admite relato: la cuenta de resultados. Es sencillamente maravilloso. La Argentina podría convertirse nuevamente en el único país del planeta capaz de solucionar la pobreza prohibiendo que las cuentas den superávit.
Porque ésa es la gran genialidad del modelo. Si el Estado gasta más de lo que recauda, no hay problema. Si falta plata, se imprime. Si se imprime, suben los precios. Si suben los precios, se culpa a los empresarios. Si los empresarios aumentan los precios porque aumentan sus costos, se los acusa de especuladores. Si las empresas dejan de invertir, se las acusa de antipatrióticas. Si cierran, se culpa al capitalismo y, si finalmente todo explota, siempre queda una explicación de emergencia: “La culpa fue del neoliberalismo.” ¡Qué tranquilidad! Tenemos el circuito completo.
Boudou propone terminar con el superávit fiscal. Es decir: después de décadas intentando convencer al mundo de que la Argentina es un país serio, podemos volver tranquilamente a nuestro deporte nacional favorito: gastar plata que no tenemos. Porque aparentemente el problema del déficit no es que falte dinero. El problema es que todavía no hemos encontrado la cantidad suficiente de gente a la que cobrarle impuestos. Y si tampoco alcanza, siempre queda el recurso de emitir. La maquinita. Esa maravillosa fábrica nacional de billetes que convierte mágicamente la escasez en inflación. Pero no nos preocupemos. También tenemos la solución para las tarifas: ¡subsidios! Porque nada expresa mejor la justicia social que cobrarle impuestos a un argentino para subsidiarle la luz, el gas o el transporte a otro argentino y después anunciar que el Estado está “protegiendo a los sectores populares”. Una genialidad contable. El Estado cobra. El Estado subsidia. El Estado se endeuda. El Estado emite. La inflación destruye el salario. Y después el Estado anuncia una nueva ayuda para compensar la inflación que provocó el Estado. Es el movimiento perpetuo de la política económica argentina. Y Boudou quiere volver a ponerlo en funcionamiento.
Pero todavía falta la frutilla del postre: el “shock distributivo”. ¡Qué nombre magnífico! No “shock productivo”. No “shock de inversión”. No “shock de competitividad”. No “shock de exportaciones”. No. Shock distributivo. Porque producir es una tarea demasiado complicada. Hay que invertir, hay que ahorrar, hay que generar capital, hay que competir, hay que aumentar la productividad, hay que venderle al mundo, hay que trabajar. Mucho más sencillo es distribuir. El pequeño inconveniente es que para distribuir primero hay que tener algo que distribuir. Pero ese detalle siempre ha sido considerado por el populismo económico como una molestia burguesa. Primero repartimos. Después vemos. Y si no queda nada, repartimos deuda. Y si tampoco queda deuda, repartimos inflación. Y si finalmente tampoco queda confianza, repartimos pobreza. Porque ésa es la extraordinaria paradoja argentina: algunas de las recetas que se presentan como mecanismos para redistribuir riqueza terminan destruyendo precisamente las condiciones necesarias para crearla.
Y entonces aparece la reforma laboral. Hay que “voltearla”. Por supuesto. Porque si algo necesita desesperadamente la Argentina es hacer más difícil la creación de empleo privado. Mientras el mundo intenta reducir costos, aumentar productividad, atraer inversiones y generar puestos de trabajo, nosotros podemos dedicarnos nuevamente a construir un sistema donde contratar a una persona sea una decisión que requiera más coraje que abrir una central nuclear. ¡Qué podría salir mal! La fórmula es impecable: menos disciplina fiscal + más gasto + más subsidios + menos reformas + más distribución. ¿Alguien dijo que esto podía terminar mal? ¡Qué pesimista! Ya sabemos cómo termina. Lo hemos visto. Lo hemos sufrido. Lo hemos pagado. Y todavía lo estamos pagando.
La verdadera noticia, entonces, no es que Boudou haya dicho estas cosas. La verdadera noticia es que alguien haya tenido la extraordinaria generosidad de advertirnos con tanta anticipación. Porque los argentinos tenemos ahora delante de nuestros ojos una definición bastante cristalina de lo que algunos sectores entienden por “volver”: volver a subsidiar, volver al déficit, volver a gastar, volver a intervenir, volver a regular, volver a repartir, volver atrás con las reformas y, naturalmente, volver a explicar después por qué todo salió mal. Lo extraordinario es que esta vez ni siquiera necesitaríamos esperar cuatro años para descubrir el resultado. Ya conocemos la película. Tenemos las entradas, tenemos las escenas, tenemos los protagonistas, tenemos el final. Lo único que falta es decidir si queremos volver a verla.
Y aquí está la parte verdaderamente democrática del asunto: nadie está obligado a hacerlo. Si en 2027 una mayoría de argentinos considera que el camino correcto es abandonar el superávit, reinstalar subsidios, derogar reformas laborales y apostar por un nuevo “shock distributivo”, tiene todo el derecho de elegirlo. Absolutamente todo. Pero sería saludable que, llegado el momento, nadie pretenda decir que no sabía. Porque esta vez nos lo están explicando antes. Con una sinceridad casi conmovedora. Boudou acaba de poner el menú sobre la mesa: déficit, subsidios, más gasto, menos reformas, distribución y, presumiblemente, la cuenta para después.
Es difícil pedir mayor transparencia. Por eso, desde estas páginas, sólo podemos agradecerle. Gracias, Amado. Gracias por avisar. Gracias por recordarnos que la ruina argentina no necesita ser descubierta. Tiene autores que todavía quieren reeditarla. Y tiene algo todavía más extraordinario: millones de argentinos que ya conocen el final y que, llegado el momento, tendrán la libertad de decidir si quieren volver a pagar la entrada.
La diferencia es que esta vez nadie podrá decir: “No sabíamos.” Nos avisaron. Con cuatro palabras bastante claras: “Hay que volver atrás.” Y nosotros, al menos, sabemos perfectamente adónde conduce ese camino.
La opción peronista, muchachos, siempre lista… It’s up to you!!


Un verdadero espanto.
Me dijo una vez y por 1981, Don pedro Undirraga, visitando su famosa bodega en Chile, cuando se me ocurrió preguntarle por «Pinochet», «mira!!!, ese hueon es tan pero tan hueon, que al primer puntazo, lo capan», cabe perfectamente para este terrible hueon de Budeau y para todos los que lo acompañan.