Autopercibite como quieras, pero pagalo vos

Vivarachos hay en todo el mundo y cuando se entra en ese terreno los argentinos se anotan primeros en la lista.

Una tema que ha sido presentado como una cuestión de avanzada y que se enrola en el campo de los “nuevos derechos” es el que genéricamente podríamos denominar la “teoría de la autopercepción”.

Esta corriente -un producto gramsciano típico- afirma que no hay realidades naturales, biológicas, anatómicas, fisiológicas o genéticas que determinen la naturalidad humana sino que dichas realidades son el producto de un consenso social cultural que, como tal, puede ser cambiado por otro consenso.

Si bien se mira, se trata de la prédica literal de Antonio Gramsci que decía exactamente eso: las convicciones sociales o incluso el sentido común no se derivan de “hechos” sino de “instalaciones” culturales de los poderosos.


Si esas “instalaciones” pudieron imponerse por poder, pueden ser cambiadas con poder.

Y Gramsci logró trasmitir a generaciones enteras su mensaje. Esas corrientes repiquetearon insistentemente sobre las convicciones medias de la sociedad y cada vez se fueron animando a más.

El mundo entró en un relativismo total. Muchas veces con la propia libertad de expresión (fundamento del liberalismo y el capitalismo) como excusa y bandera, arreciaban los ataques a los cimientos mismos del sistema.

Una de las vertientes de ese ataque incansable a la cultura occidental consistió en minar la propia naturaleza humana en base a la mencionada “teoría de la autopercepción”.

Según esta apreciación, las personas no son lo que biológica, anatómica y fisiológicamente son sino lo que ellas entienden como su “autopercepción”.

Hoy, el mundo tiene registradas más de 120 “autopercepciones” de los seres humanos, incluyendo aquellas que contemplan personas “auto percibiéndose” como delfines.

Pero el principal problema que esta táctica gramsciano-marxista presenta, no son las autopercepciones que pueda tener cada uno.

Al contrario, ellas hasta podrían entrar dentro de la clásica definición del liberalismo: la idea que asegura el absoluto respeto al plan de vida de los demás.

El problema es que detrás de estas corrientes se organizan sectas de exacción de recursos públicos, vivos que encuentran un yeite para vivir de los demás y grupos de presión que restringen las libertades de los demás.

Por supuesto yo no tengo ningún inconveniente con que vos quieras “autopercibirte” como Batman: sentite Batman, hermano, si eso te hace feliz. Con lo que tengo problemas es con que  vos organices una movida política para que yo te compre la capa con los recursos que, vía impuestos, el Estado me saca a mi.

Porque allí tú libertad de autopercibirte como Batman choca con mi libertad de conservar la integralidad  del fruto de mi trabajo sin que sean necesarias exacciones cada vez más confiscatorias para darte el gusto a vos. 

Si querés autopercibirte como Batman hacelo, pero la capa cómpratela vos, con tus recursos.

Cómo se sabe la quiebra del tesoro público es una de las herramientas preferidas del fascismo comunista para destruir la salud económica de un país y con eso corroer las libertades individuales que florecen con la riqueza y se discuten o se mueren con la pobreza.

Detrás de la “teoría de la autopercepcion” hay, entonces, (más allá de los idiotas útiles que contribuyen a ella sin entender lo que hay debajo) un mecanismo de ataque a la libertad con la pantalla de ampliar la libertad.

Y una vez más el problema es la aparición y el protagonismo del Estado.

Si los autopercibientes anduvieran por la vida proveyendo a sus necesidades y a sus preferencias con recursos propios, nadie podría decirles nada.

El problema comienza cuando estos grupos tironean recursos y acciones estatales para conseguir sus fines.

La utilización, por ejemplo, del imperio estatal para imponer el llamado lenguaje inclusivo es un ejemplo de cómo un determinado grupo de presión ejerce su poder para imponer su agenda, su concepción de vida y sus gustos sobre los demás.

Si vos sos tan pelotudo como para creer que el género femenino se determina por la finalización de las palabras con la vocal “a”, perfecto usa otra vocal o la consonante que se te ocurra. Pero no recurras al Estado para que te ayude a imponerle a todos lo que vos queres para vos.

Naturalmente la cuestión es más grave cuando hay de por medio recursos públicos, es decir -digámoslo con todas las letras- guita de por medio.

Hacer que toda la sociedad pague los costos (por ejemplo, por el sistema público de salud) de las intervenciones quirúrgicas necesarias para “cambiar el sexo” (aunque el sexo no se cambia nunca… Y para los que lo nieguen, siendo, por ejemplo, hombres, yo, por más operaciones a las que se hayan sometido para ser “mujeres”, les recomendaría un examen rutinario de próstata a partir de los 50 años, solo por si acaso) es un avasallamiento de la igualdad ante la ley frente al resto de la comunidad que no le hace imponer sus preferencias a los demás por la vía de desviar recursos públicos en su favor.

Detrás de todos los movimientos que adhieren a la “teoría de la autopercepción hay un ataque encubierto a la libertad y a la igualdad.

Paradójicamente con versos armados, justamente, en base a la libertad y a la igualdad, el terreno ganado por estas organizaciones ha sido un terreno parejamente perdido por la libertad y la democracia.

Utilizar el Estado y sus recursos para imponer la concepción de vida propia sobre los demás es autoritario, fascista y, naturalmente, anti democrático.


Para un país como la Argentina, carcomido en su estructura económica por un sistema fiscal asfixiante, presionar sobre el presupuesto público para financiar, con recursos de todos, las autopercepciones de grupos de presión, es un despropósito que debería ser abortado desde su mismísimo planteo.

El principio debería ser el único compatible con la libertad: tenés todo el derecho de autopercibirte como se te de la gana. Jamás me opondría a que seas lo que querés ser. 

Pero no tenes derecho a que el costo de tu autopercepción sea financiado por la sociedad y mucho menos a imponer los perfiles de tu autopercepción a los demás y que los ribetes compatibles con tu autopercepción pasen a ser obligatorios para el resto de los ciudadanos. 

Cada cual hace de su culo un pito. Pero el pito y el culo los pagas vos, no yo. Y tampoco me vas a obligar a decir culo cuando toda la vida dije pito, ni pito cuando toda la vida dije culo. Es así, hermanito… qué vas a hacer…

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