A raíz de la salida de Messi

La salida de Messi de su casa -porque así hay que llamar al FC Barcelona para él- ha producido una conmoción mundial. Todos los portales de noticias de absolutamente todo el mundo -literal- traían ayer la foto del astro argentino junto a la información que decía que dejaba el club en donde ganó todo.

Son 36 campeonatos, más de 700 goles, un recorrido que nadie cumplió ni en el Barca ni en ningún club de la Tierra.

El FC Barcelona ya era grande, por supuesto, antes de la aparición de Messi. Pero las alturas que cobró con su aparición nadie podía siquiera sospecharlas. Por ese club pasaron Cruyff y Maradona; Ronaldhino y Rivaldo. Pero ninguno de ellos pudo siquiera estar cerca de lo que consiguió Messi. Su figura es la de un Dios futbolístico en la ciudad. Es más, no hay ningún otro caso en la historia del fútbol mundial en donde un jugador haya ganado lo que ganó Messi en el Barcelona. Ninguno. Ni Pelé, ni Distefano, ni Cruyff. Nadie. En ningún club.


Conocido el estruendo comenzaron las especulaciones. ¿Adónde irá Messi? Era la pregunta que todos se hacían, y se hacen.

Si bien hoy, con el panorama un poco más claro, aparece el Manchester City como el club que pica en punta para quedárselo (allí está su padre futbolístico, Pep Guardiola, con quien alcanzó alturas insospechadas; allí está su amigo, el Kun Agüero -quien desde hoy cambió el nombre de su cuenta de Instagram “@kunaguero10” por “@kun agüero” simplemente-; allí están los millones del Ethiad que incluso le aseguran hasta un retiro glorioso nada menos que en New York jugando en el New York City Football Club propiedad de los mismos dueños que el City) las especulaciones y los sueños no están prohibidos… Y como era de esperar, aparecieron.

¿Por qué no un regreso a la Argentina? ¿A su Rosario? ¿A Newell’s? Cientos de miles de mensajes en las redes de los hinchas del club donde se formó prácticamente le rogaban que considerara la posibilidad.

Pero de repente, aun en la Argentina, apareció una voz racional. Una voz anónima, no conocida. Y simplemente destruyó el sueño, bajando todo a la realidad. Quizás muchos estén pensando en los millones de dólares que se necesitarían para traer a Messi. Claro: esa es la racionalidad más racional.

Pero no. Aquella voz anónima, tan rosarina y tan de Newell’s como los otros miles que clamaban por una oportunidad, no pensó en los millones. No pensó en la plata. Pensó en la vida.

Sí claro, pensó en la vida. En el tipo de vida que Messi tendría en Rosario; en la Argentina. Argentino hasta la médula (ni siquiera perdió su acento rosarino después de 20 años en Barcelona) siempre que vino aquí se movió dentro de la burbuja de seguridad de la selección. Aviones chárter, predio de Ezeiza, seguridad, hoteles preestablecidos. Cuando viene de vacaciones son apenas dos semanas y de nuevo a su lugar en el mundo.

¿Cómo sería la vida de esta familia en una ciudad sitiada por el narcotráfico, que vive con el corazón en la boca por el crimen cotidiano, que no tiene paz?

Los videos de sicarios matando a la usanza colombiana pasaron a ser algo común. El entongue de las barras bravas del fútbol con la droga y la violencia ya no necesitan más evidencias. La complicidad con la política y la línea oculta que une los negociados del fútbol con los de personajes que manejan los destinos de las ciudades, de las provincias y hasta del país es innegable.

A ese escenario llegaría Leo Messi con Anonella, Thiago, Mateo y Ciro. Una familia idílica criada en una de las ciudades más bellas y más importantes del mundo. Acostumbrada a la civilización europea, a ciertos estándares que la Argentina conoció cuando aquí gobernaba la libertad pero que están a una distancia sideral desde que el fascismo populista se hizo cargo del país… ¿Qué haría Leo Messi aquí? ¿Qué explicaciones le daría a Antonella cuando sus hijos estuvieran en peligro? ¿Qué diría cuando, si quisieran conservar algo de la educación que traen, deberían meterse en una burbuja aséptica? ¿Qué clase de vida sería esa?

Y esa es la vida que tenemos nosotros, señores. No nos damos cuenta porque, como la rana de la fábula en la sartén, nos han freído de a poco; nos han ido levantando la temperatura con un maquiavelismo y una malicia digna de una mente estropeada por el infierno.

Pero que no nos demos cuenta o que nos hayamos acostumbrado, no quiere decir que no sea nuestra realidad. Estamos fritos, como la rana.

El país se transformó en una tierra inhóspita, invivible en muchos casos; surcada por la maldad y el saqueo. En donde la buena fe y la bonhomía son tomadas como sinónimos de inocencias inaceptables y en donde la corrupción, la estafa y el robo son tomados como “avivadas” dignas de imitarse.

La degradación moral de la Argentina es de tal magnitud que nos ha convertido en un país de cachafaces; un país en donde lo correcto es incorrecto y lo incorrecto es correcto. Un país en donde las personas se sienten avergonzadas por ser honradas y orgullosas de ser corruptas.


No son los millones, muchachos. No es la plata. Messi no puede vivir en la Argentina. Su familia sería un blanco móvil en Rosario. Estaría rodeado de malvivientes, de oportunistas, de tránsfugas. Todo lo que se ha vuelto normal en su vida (y no me refiero al estándar conseguido con lo que ganó, sino a que los hijos puedan jugar con sus amigos, a que pueda comer con su mujer en la mesa callejera de un bar de la ciudad, a que pueda ir de vacaciones sin un ejército de guardianes) es lisa y llanamente imposible en esta Argentina cruzada por la violencia y la ilegalidad.

Aquello en lo que convertimos al país también impide los sueños. Aun cuando ellos no se eleven más allá de ver a un ídolo jugando en la cancha del barrio.

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