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IA como terapeuta en Argentina: datos, riesgos y qué dicen los psicólogos

Persona usando ChatGPT en su celular en lugar de una sesión de psicología

Argentina tiene más psicólogos por habitante que ningún otro país del mundo: entre 145 y 222 cada 100.000 personas, muy por encima de Finlandia, que ocupa el segundo lugar con apenas 57. Buenos Aires es, según los datos, la ciudad más psicoanalizada del planeta. Sin embargo, según relevamientos recientes, el 20% de los argentinos ya utiliza algún chatbot de inteligencia artificial como confidente emocional, y ese número sube al 35% entre los más jóvenes. La pregunta no es si esto ocurre —es si alguien te explicó qué hacen esas plataformas con lo que les contás.

El chatbot como válvula de escape

La escena es cada vez más frecuente: en lugar de llamar al psicólogo, abrir el chat. Contarle a ChatGPT que estás ansioso, que peleaste con tu pareja, que no podés dormir. La IA responde rápido, no juzga, no cobra por sesión y está disponible a las tres de la mañana. Para el 70% de las personas con problemas de salud mental que nunca reciben tratamiento —según la Organización Mundial de la Salud—, la accesibilidad tiene peso real. La crisis económica, el costo de la sesión y la falta de cobertura efectiva de obra social hacen el resto.

Pero esa intimidad tiene un costo que no figura en los términos y condiciones que nadie lee.

Tus secretos en servidores extranjeros

El psiquiatra Mariano H. Castelli es directo: «ChatGPT no es un chatbot con finalidades terapéuticas». Pero más allá del propósito, hay un problema concreto. Las conversaciones se almacenan en servidores centrales ubicados, en general, fuera de la Argentina. Según especialistas en ciberseguridad, esto puede vulnerar leyes y tratados internacionales sobre protección de datos sensibles —y en materia de salud mental, lo que se comparte no podría ser más sensible.

Diego Fernández Slezak, especialista en IA, señala otra dimensión del problema: estos modelos «absorben sesgos y los replican a escala». Cuando millones de personas reciben orientación emocional del mismo sistema, los sesgos culturales, de género o de clase no desaparecen: se amplifican y se distribuyen masivamente como si fueran respuestas neutras.

Lo que dice la ciencia

Un análisis publicado en Nature concluyó que la IA puede reducir síntomas de depresión, pero no genera «mejora significativa en el bienestar psicológico general». Es decir: calma la ansiedad del momento, pero no reemplaza el proceso terapéutico.

El mercado no espera a la ciencia. Hoy existen más de 10.000 aplicaciones que se presentan como herramientas de salud mental. Un estudio reciente publicado en Internet Interventions evaluó 116 apps diseñadas para la depresión: solo 5 alcanzaron un estándar aceptable de transparencia en privacidad. El 68% recibió calificaciones inaceptables, y más de la mitad directamente no tenía política de privacidad identificable. Menos del 4% de las apps para ansiedad contaba con validación en ensayos clínicos controlados.

Lo que un humano hace y una IA no puede

La psicóloga María Paz Hauser, de la Universidad Nacional de San Luis, explica la diferencia de fondo: «A diferencia del chatbot, un terapeuta humano evalúa un abanico amplio de estrategias de intervención considerando a la persona concreta que tiene enfrente, no ofrece sugerencias genéricas». La IA no lee el lenguaje corporal, no percibe el cambio de tono de voz, no puede evaluar el riesgo real de una crisis. En 2025 comenzaron a reportarse casos de vínculos parasociales que derivaron en crisis severas tras el uso intensivo de chatbots terapéuticos.

El dilema que Argentina todavía no discute

Que una parte de la generación más joven migre al chatbot tiene razones comprensibles. Lo que falta es una conversación pública honesta sobre qué implica esa migración. La IA puede ser un complemento válido: un primer escalón de acceso, una herramienta entre sesiones, un recurso cuando no hay otra opción. Pero usarla como sustituto implica aceptar condiciones que la mayoría no leyó, confiar datos íntimos a corporaciones privadas sin marco regulatorio claro, y recibir orientación de un sistema que no tiene ni entrenamiento clínico ni responsabilidad legal.

La próxima vez que abras el chat para contarle algo que no le contarías a nadie, vale la pena preguntarse: ¿quién más lo está leyendo?

Fuentes

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