
Natalia Schneider, The Post, Politica
Por momentos, el gobierno de Javier Milei parece confirmar su tesis original: la economía empieza a mostrar signos de ordenamiento. Pero, al mismo tiempo, la política —ese terreno que el Presidente subestimó desde el primer día— se le vuelve cada vez más inestable, más costosa y más impredecible.
La tensión entre esos dos mundos define hoy el momento del oficialismo.
En términos macroeconómicos, el Gobierno exhibe logros que hace un año parecían imposibles. La persistencia del ancla fiscal y el ordenamiento de las cuentas públicas se consolidan como pilares del modelo.
Sin embargo, ese orden convive con una realidad más áspera: la inflación sigue siendo elevada y el impacto social del ajuste no cede. El consumo continúa débil y sectores clave como la industria muestran una recuperación irregular.
Los datos de clima social son contundentes: la mayoría de la población recorta gastos, no logra ahorrar y mantiene como principales preocupaciones la pobreza y el empleo.
El Gobierno logró estabilizar variables, pero todavía no logró mejorar la vida cotidiana. Y en política, esa diferencia es decisiva.
A ese cuadro se suma ahora un dato clave que redefine expectativas: la decisión de postergar la reforma tributaria, una de las banderas centrales del proyecto libertario.
En la Casa Rosada admiten que no están dadas las condiciones para avanzar con una baja de impuestos sin que antes mejore la actividad y, sobre todo, la recaudación. “Si no crece la economía, no nos podemos sentar a discutir”, reconocen cerca del Presidente.
El Gobierno teme que reducir impuestos en este contexto ponga en riesgo el superávit fiscal, que es hoy su principal activo político. Por eso, la reforma —que Milei presentó como estructural— podría no avanzar este año y queda atada a una eventual recuperación económica.
El problema es evidente: el oficialismo empieza a chocar con sus propias restricciones. El modelo necesita bajar impuestos para consolidarse, pero no puede hacerlo sin poner en riesgo el equilibrio que lo sostiene.
Las encuestas empiezan a reflejar ese desgaste. Distintos estudios coinciden en una tendencia: caída de la aprobación, aumento del rechazo y una sociedad que empieza a marcar límites al ajuste.
El dato clave, sin embargo, no es la caída —esperable en un proceso de esta magnitud— sino otro: la oposición no logra capitalizar el desgaste.
Milei pierde apoyo, pero no aparece un reemplazo claro. Y eso, por ahora, lo mantiene competitivo hacia 2027.
Donde el Gobierno muestra mayor fragilidad es hacia adentro.
Los episodios recientes, sumados a tensiones acumuladas, exponen una interna cada vez más visible. A eso se suma un dato político relevante: la agenda de reformas —que el propio Presidente anunció con ambición— empezó a ralentizarse.
De los “90 proyectos” prometidos, pocos ingresaron al Congreso y el oficialismo ni siquiera tiene claro el orden de prioridades.
La política, una vez más, impone sus tiempos.
En un espacio que hizo de la “casta” su principal bandera, las tensiones internas, los reacomodamientos de poder y las señales contradictorias empiezan a erosionar el relato original.
Milei sigue apostando a la confrontación como herramienta de poder. Pero esa estrategia tiene un techo: sirve para consolidar a los propios, no para ampliar.
Y hoy el problema del oficialismo ya no es sostener su núcleo duro —que sigue siendo sólido— sino recuperar volumen político.
El Gobierno enfrenta ahora su prueba más compleja.
Si la economía empieza a mejorar en términos reales (salarios, consumo, empleo), Milei puede llegar competitivo a 2027 incluso con desgaste.
Pero si la recuperación se demora —y decisiones como la postergación de la reforma tributaria empiezan a multiplicarse— el riesgo es otro: que el Gobierno pase de ser un proyecto disruptivo a uno condicionado por la realidad.
Porque ahí aparece la contradicción central del momento. Milei logró lo más difícil en economía: ordenar. Pero empieza a comprobar lo más incómodo en política: que ordenar no alcanza.Ahora necesita crecer, aliviar y convencer. Y por primera vez desde que llegó al poder, el margen para hacerlo ya no parece infinito.
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