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Trump, poder global y efecto boomerang: cómo los “choke points” desafían la estrategia agresiva de EE.UU.

Patricia Arencibia, The Post FMGN Press, US Correspondent

WASHINGTON D.C. — La política exterior de Donald Trump ha reconfigurado el tablero internacional con una premisa clara: el poder de Estados Unidos no solo debe ejercerse, sino exhibirse sin matices. Aranceles punitivos, presión diplomática directa y una disposición más abierta al uso de la fuerza marcaron un giro respecto de administraciones anteriores, a las que el propio Trump calificó de “ingenuas” por no capitalizar plenamente la supremacía norteamericana.

Sin embargo, ese enfoque —que en el corto plazo logró disciplinar a varios socios comerciales y adversarios geopolíticos— empieza a mostrar una vulnerabilidad estructural: incentiva respuestas asimétricas de países que no pueden competir en poder convencional, pero sí en puntos críticos del sistema global.

Uno de esos puntos neurálgicos es el Estrecho de Ormuz, una vía marítima por donde circula cerca de un tercio del petróleo transportado por mar en el mundo. Allí, Irán —actor central en la tensión con Washington— encontró una palanca de presión que compensa su inferioridad militar frente a Estados Unidos.

La lógica es simple pero efectiva: cuando la confrontación escala, Teherán no necesita derrotar a Washington en el campo de batalla tradicional. Le alcanza con amenazar —o interrumpir— el flujo energético global para generar un shock económico que trascienda a Estados Unidos y golpee a sus aliados. En un mundo interdependiente, el daño colateral es, precisamente, el arma.

Esta dinámica revela un efecto boomerang de la estrategia de Trump. Al elevar el tono del conflicto y reducir los márgenes de negociación, Estados Unidos empuja a sus adversarios a explorar zonas donde su poder relativo es mayor. No se trata de confrontar simétricamente, sino de incomodar donde más duele.

El concepto de “choke points” —cuellos de botella estratégicos— no es nuevo en la geopolítica, pero adquiere renovada centralidad en este contexto. Desde rutas marítimas clave hasta cadenas de suministro tecnológicas, estos puntos permiten a actores más débiles condicionar a potencias dominantes sin necesidad de igualar su capacidad militar o económica.

El problema para Washington es que su propia agresividad acelera ese aprendizaje. Cada sanción, cada amenaza o cada despliegue militar refuerza el incentivo de otros países para diversificar sus herramientas de presión. En el caso de Irán, el Estrecho de Ormuz es apenas el ejemplo más visible de una estrategia más amplia de disuasión indirecta.

A esto se suma un factor adicional: la globalización, que durante décadas fue un multiplicador del poder estadounidense, hoy también amplifica sus vulnerabilidades. Cuanto más integrada está la economía mundial, más sensibles son sus puntos de interrupción. Y esos puntos, por definición, son difíciles de proteger de manera absoluta.

En este escenario, la tesis de que el uso irrestricto del poder estadounidense solo tiene ventajas empieza a resquebrajarse. La coerción puede generar obediencia en el corto plazo, pero también estimula la innovación estratégica de los adversarios.

La administración Trump apostó a que la demostración de fuerza disuadiría cualquier respuesta relevante. La evidencia emergente sugiere lo contrario: no elimina la resistencia, sino que la transforma.

El desafío para Estados Unidos —y para cualquier potencia global— no es solo cuánto poder tiene, sino cómo lo usa. Porque en un mundo de interdependencias críticas, incluso el actor más fuerte puede quedar expuesto en los lugares más estrechos.

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