
Patricia Arencibia, The Post FMGN Press, US Correspondent
WASHINGTON.– Lo que durante semanas pareció una decisión casi anecdótica de Donald Trump —abandonar Turquía a bordo de un viejo avión presidencial en lugar del flamante Boeing 747-8 donado por Qatar— terminó revelando una operación de seguridad mucho más sofisticada.
El presidente estadounidense no regresó de Ankara en el avión que los periodistas vieron despegar. Tampoco permaneció durante todo el trayecto en el Air Force One que había abordado públicamente ante las cámaras. En realidad, Trump fue retirado en secreto de ese avión y trasladado a una aeronave militar mucho más pequeña, mientras el aparato presidencial continuaba su vuelo con funcionarios, asistentes y periodistas que desconocían el engaño.
El motivo: una amenaza considerada suficientemente seria como para modificar el dispositivo de seguridad presidencial, en un momento de máxima tensión con Irán.
La propia Casa Blanca había ofrecido inicialmente otra explicación. Trump había dicho que utilizaría uno de los antiguos aviones presidenciales “por los viejos tiempos”, mientras el nuevo avión aportado por Qatar sería enviado por adelantado al Reino Unido. La versión pública servía para explicar por qué el presidente no utilizaría el moderno Boeing 747-8 que había empleado para llegar a Turquía.
Pero detrás de esa explicación había un operativo mucho más complejo.
Según la reconstrucción difundida por medios estadounidenses, después de subir al viejo Air Force One en Ankara, Trump fue trasladado discretamente mediante un vehículo utilizado para el servicio de catering aeroportuario. El procedimiento permitió sacarlo del avión sin que los periodistas que seguían sus movimientos advirtieran el cambio.
El presidente fue llevado entonces hasta un C-32A, una aeronave militar utilizada habitualmente para transportar a altos funcionarios estadounidenses. Allí continuó el viaje hacia la base británica de Mildenhall acompañado por un reducido grupo de funcionarios, entre ellos el secretario de Defensa, Pete Hegseth.
Mientras tanto, el resto de la delegación siguió a bordo del Air Force One utilizado como señuelo.
La maniobra no fue conocida por buena parte del personal que viajaba con el presidente. Los periodistas que integraban el grupo de prensa recibieron instrucciones de mantener cerradas las persianas de las ventanillas. La orden tenía una finalidad concreta: evitar que pudieran observar lo que ocurría en tierra o advertir que Trump ya no se encontraba a bordo.
La aeronave utilizada como señuelo aterrizó en el Reino Unido después de que el presidente ya hubiera llegado a la base militar. Allí se produjo otra escena cuidadosamente preparada: Trump volvió a aparecer públicamente y posteriormente retomó su viaje en el avión donado por Qatar.
La explicación oficial cambió cuando la historia salió a la luz.
Trump reconoció esta semana que había sido retirado del avión por decisión del Servicio Secreto y de las autoridades militares. “Hago lo que ellos dicen”, explicó el presidente ante los periodistas, al justificar el cambio de aeronave. Según Trump, la decisión obedeció a una amenaza y no a una cuestión de comodidad o nostalgia.
El dato más delicado es el origen de esa amenaza.
Funcionarios estadounidenses indicaron que existían preocupaciones vinculadas con Irán y con la posibilidad de un ataque contra Trump. La amenaza habría sido considerada particularmente relevante debido a la exposición del avión presidencial y a las capacidades defensivas que todavía no tenía completamente incorporadas la aeronave proporcionada por Qatar.
No se trata de una preocupación enteramente nueva. Trump lleva años siendo objeto de amenazas provenientes de Irán, particularmente después de que durante su primer mandato Estados Unidos ordenara la muerte del general iraní Qassem Soleimani. Durante la campaña presidencial de 2024, las autoridades estadounidenses también habían reforzado su protección debido a advertencias sobre posibles ataques contra el entonces candidato.
En aquel período, el Servicio Secreto llegó a utilizar aviones señuelo y otros mecanismos destinados a dificultar que un eventual atacante pudiera conocer con precisión los movimientos del candidato.
Lo ocurrido en Turquía, sin embargo, introduce un elemento particularmente llamativo: el engaño no estuvo dirigido solamente hacia potenciales agresores. También alcanzó a quienes viajaban con el presidente.
Más de un centenar de personas —entre integrantes de la administración, personal de seguridad, asistentes y periodistas— permanecieron en el avión que las autoridades querían que pareciera ser el verdadero transporte presidencial. La lógica de seguridad era clara: si alguien estaba siguiendo los movimientos de Trump, debía continuar creyendo que se encontraba allí.
Pero esa estrategia abrió inmediatamente otra discusión en Washington: ¿hasta qué punto puede utilizarse involuntariamente a funcionarios y periodistas como parte de un señuelo cuando existe una amenaza real contra el presidente?
La pregunta adquirió dimensión política después de que dirigentes demócratas reclamaran información al gobierno sobre la operación. El líder demócrata del Senado, Chuck Schumer, pidió un informe al Congreso para conocer la naturaleza de la amenaza, quiénes estaban al tanto del operativo y qué riesgos fueron considerados para las personas que permanecieron en el avión utilizado como señuelo.
La administración Trump sostiene que la seguridad del presidente justificaba mantener el máximo nivel de secreto. Desde esa perspectiva, revelar quién conocía el verdadero itinerario podía comprometer precisamente la operación que pretendía protegerlo.
El problema es que la frontera entre secreto operativo y responsabilidad institucional se vuelve mucho más difusa cuando el dispositivo involucra a personal estadounidense y a periodistas que, sin saberlo, terminan formando parte del engaño.
La escena tiene además una dimensión casi cinematográfica: un presidente que acaba de participar de una cumbre de la OTAN, que aparece ante las cámaras subiendo al Air Force One, que desaparece por una puerta lateral, es trasladado en un vehículo de catering hasta otra aeronave y termina volando hacia Europa en un avión militar mientras el mundo continúa creyendo que sigue en el aparato presidencial.
Pero detrás de la imagen insólita hay una cuestión mucho más seria.
Si las amenazas contra Trump son suficientemente concretas como para obligar al Servicio Secreto a alterar secretamente su itinerario internacional, Estados Unidos enfrenta un problema de seguridad que excede la protección individual del presidente. Significa que la confrontación con Irán ha alcanzado un nivel en el que los movimientos del jefe de Estado estadounidense deben ser tratados como potenciales objetivos militares.
Y si, por el contrario, la amenaza no era tan específica como para justificar semejante despliegue, entonces la pregunta será otra: quién tomó la decisión, sobre qué información de inteligencia y por qué una operación de semejante magnitud permaneció oculta incluso para buena parte de los integrantes de la propia delegación presidencial.
Por ahora, Trump respalda a quienes decidieron sacarlo del Air Force One. “Ellos querían que fuera en otro avión”, explicó.
El episodio deja una conclusión evidente: cuando el presidente de Estados Unidos necesita abandonar secretamente su propio avión presidencial, utilizar una aeronave militar como alternativa y convertir al Air Force One en un señuelo, el verdadero protagonista de la historia ya no es el viaje.
Es la amenaza que obligó a organizarlo de esa manera. Y Washington todavía no conoce toda la historia.
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