El coronavirus y la libertad

El coronavirus ha producido un milagro: el presidente llamó a ejercer la responsabilidad individual.

No podía creerlo cuando lo escuché. A ver: ¿un presidente peronista reconociendo que algo llamado “responsabilidad individual” existe? Es extraordinario.

Si el presidente aplicara el mismo criterio que sugirió poner en práctica para limitar los efectos de la pandemia, a todos los órdenes de la vida argentina, el país estaría dando un paso enorme hacia la recuperación.

Todo depende de nosotros, como con la epidemia de coronavirus. El estatismo populista nos convenció de que el rol individual de las personas, con su raciocinio, sus decisiones y sus responsabilidades, debía ser reemplazado por la acción del Estado, esto es, por la supremacía de un conjunto de burócratas que se asume por encima de las personas comunes y se autoatribuye la capacidad de decidir y dirigir la vida de millones.

El virus originado en China viene a demostrar -quizás por el peor de los caminos- que no es así: que es el comportamiento, las decisiones y las responsabilidades individuales las que cuentan al final del día para determinar el curso colectivo de la sociedad.

La sociedad no es un ente en sí mismo y con vida propia. Como el Estado, no existe si no existen las personas que la conforman. Por lo tanto son los comportamientos naturales y espontáneos de las personas los que deben privilegiarse para perfilar el destino del conjunto.

Si el Estado (es decir las personas de carne y hueso que se sientan en sus poltronas) se arroga la facultad sobrehumana de decidir el rumbo colectivo mediante una maraña de regulaciones contradictorias, las decisiones, el comportamiento y las responsabilidades individuales se diluyen y todo el sistema entra en parálisis.

La primigenia idea típicamente peronista de “comunidad organizada” es la negación misma de la responsabilidad individual y la negación de la responsabilidad individual es el comienzo de la pérdida de la libertad. A su vez cuando la libertad se pierde comienza el proceso hacia la lona de la miseria.

La idea de concebir al Estado y a la sociedad como entes con vida es una de las ficciones más exitosas de la humanidad. En realidad ambos son solo eso: ficciones. Ni el Estado ni la sociedad existen como tal. Lo que existe son personas que deberían vivir acompasadamente de acuerdo a un orden jurídico que replique de la mejor forma posible el orden natural para no entrar en contradicciones supererogatorias que contradigan la naturaleza humana y sean la causa embrionaria de todos los conflictos, incluida, claro está, la pobreza.

Alexis de Tocqueville solía decir en su brillante relato sobre los Estados Unidos en “la Democracia en America”, “feliz país el del nuevo mundo, donde los vicios del hombre son casi tan útiles a la sociedad como sus virtudes”.

Siempre me pareció una de las frases más geniales de este visionario francés que predijo la división del mundo en dos sistemas -la libertad y la servidumbre- en 1831. La idea de que el orden legal debe acompañar acompasadamente la lógica humana termina produciendo muchos mejores resultados que aquellos órdenes jurídicos que suponen que los hombres son ángeles y entonces les reclama conductas supererogatorias que la naturaleza humana rechaza de tal modo que su primera reacción es violarlas.

Si el orden jurídico fuera más humilde y se rindiera frente al rol individual de las personas (como el presidente reclama ahora frente al coronavirus) todo fluiría de modo más normal y no se producirían las enormes tergiversaciones sociales que no son otra cosa que la lucha sorda entre un orden que impone una conducta sobrehumana y una naturaleza que se rebela contra ello. De nuevo, el orden de la libertad ha sido tan inteligente que le ha sacado provecho hasta a los vicios de los hombres. Cuando un “supermoral” se paró ante nosotros para controvertir esos costados oscuros de nuestra naturaleza por la vía de encuadrarnos con normas, regulaciones y ataduras asfixiantes todo lo que consiguió es una enorme parálisis que, como era de esperar, trajo consigo una profunda decadencia. Luego, claro está, el “supermoral” advirtió que detrás de la supermoralidad también podía haber un gran negocio.

Quizás esta desgracia mundial sirva, en el caso argentino, para advertir que siempre es la actitud individual la que tuerce la suerte de los países. Cuando estos estregan su futuro a un conjunto de burócratas el resultado más probable es la miseria.

Ahora que las papas queman el presidente sale a honrar la “responsabilidad individual” como manera de detener el peligro. Pues bien, Fernández, son también los individuos y no el Estado los que nos pueden sacar del pandemónium que el tipo de ideas en las que usted cree han creado. Libere a los individuos de las cadenas que le han quitado hasta la posibilidad de ser responsables bajo el espejismo de hacerles creer que no debían preocuparse de nada. Libérelos de la maraña asfixiante de reglas que les impiden, no solo ser responsables, sino simplemente trabajar.  Y quizás así podamos ver que los hombres, al ver que son los dueños de su destino, se lancen a conquistar la vida que, hasta ahora, le habían entregado al Estado.


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