
Carlos Mira, The Post FMGN Press
Las imágenes que llegan desde Venezuela después del terremoto son estremecedoras. Escasez. Hospitales sin recursos. Falta de insumos básicos. Pedidos desesperados de ayuda al mundo para que envíe lo que tenga. Una nación que, frente a una tragedia natural, parece haber perdido incluso la capacidad elemental de asistir a su propia gente.
Y entonces vale la pena hacerse una pregunta incómoda.
¿Será el capitalismo el culpable de esta chocante escasez?
¿Habrá sido el capitalismo democrático el responsable de que un país inmensamente rico en recursos naturales no tenga hoy cómo responder ante una emergencia de semejante magnitud?
¿Habrá sido el capitalismo democrático el que expulsó a miles de médicos, enfermeros y profesionales de la salud que huyeron de Venezuela buscando un lugar donde simplemente pudieran ejercer su profesión y vivir con dignidad?
¿Habrá sido el capitalismo democrático el que sumió al país en una pobreza tan devastadora que hoy resulta incapaz de afrontar las consecuencias de un desastre natural?
La respuesta es tan evidente que avergüenza tener que formularla.
No. Lo que destruyó a Venezuela no fue el capitalismo. Lo que destruyó a Venezuela fue el comunismo implantado por Hugo Chávez, continuado por Nicolás Maduro y sostenido política e ideológicamente por la dictadura cubana. Un modelo que no inventó ninguna de sus miserias: simplemente calcó las mismas penurias que ya había producido en todos los lugares donde fue aplicado.
La historia nunca cambió de libreto. Cambian los nombres, cambian las banderas, cambian los discursos. Pero el resultado es siempre el mismo: pobreza, escasez, persecución, emigración masiva y dependencia del resto del mundo para sobrevivir.
Hoy el planeta vuelve a contemplar, con dolor, qué es lo que obtienen los pueblos cuando eligen un sistema de organización social y económica basado en la destrucción de la libertad.
Porque los sistemas políticos no son una cuestión académica. Se traducen en hospitales que funcionan o que colapsan. En supermercados abastecidos o góndolas vacías. En profesionales que se quedan o que huyen. En países capaces de levantarse después de una tragedia o condenados a implorar ayuda internacional para conseguir lo más elemental.
Lo más triste es comprobar cómo el resentimiento y la envidia hacia quienes prosperan en un sistema que ofrece oportunidades para todos pueden llevar a sociedades enteras a abrazar proyectos políticos que rozan la inmoralidad. Se instala la idea de que nadie debe sobresalir, de que el éxito ajeno constituye una injusticia y de que el Estado debe encargarse de igualar a todos… aunque sea cortándoles la cabeza a la misma altura para que nadie se destaque.
Ese no es un ideal de justicia. Es una filosofía del fracaso.
Naturalmente, todos deseamos que Venezuela pueda superar esta tragedia natural con la menor cantidad posible de víctimas y sufrimiento. Eso ni siquiera debería discutirse.
Pero ese no es el verdadero deseo que debería ocuparnos.
Lo que realmente hay que desear es que Venezuela deje de ofenderse a sí misma creyendo que una dictadura que aplasta el mérito, destruye la iniciativa individual, elimina la libertad económica y convierte a los ciudadanos en dependientes del poder constituye un sistema digno de gobernar una nación.
Mientras esa enfermedad política y cultural no desaparezca, cualquier terremoto será apenas un episodio más dentro de una tragedia infinitamente mayor.
Porque los edificios pueden reconstruirse.
Las rutas pueden volver a abrirse.
Los hospitales pueden levantarse otra vez.
Lo verdaderamente difícil de reconstruir es una sociedad que ha sido convencida de que la libertad es el enemigo y de que la servidumbre constituye un ideal.
Hasta que Venezuela no recupere esa convicción elemental, los desastres naturales seguirán siendo apenas un detalle frente al inmenso sufrimiento al que el socialismo la seguirá condenando.


Brilante Carlos; quien tuviera tu cbea y tu pluma!!!.
Hay una pregunta que sigue a las tuyas: ¿Porque los que invenan y llevan adelante estas dictaduras, que saben leer y mirar lo que su ideología ha generado, siguen adelante con ellas?.
Más allá del beneficio personal inmoral y corrupto, ellos tampoco pueden disfrutar su propio «éxito», porque se quedan donde están, viven escondidos y con miedo y se limitan a «disfrutar» su botín encerrados en su propia trampera.
Yo no puedo contestarla sin recurrir a la «patologia psiquiatrica» pero no me someto a la idea de que esa locura les dure para siempre y que la viven «por la locura misma».
Tenés una respuesta?.
Felicitiaciones de nuevo, un abrazo