Un gobierno del mal

Cuesta creer cómo un gobierno puede encajar tan exactamente en lo que no hay que hacer, en lo que es moralmente rechazable, en el desiderátum del contraejemplo. Si alguien quisiera diseñar los perfiles de un poder que encarnara lo que puede conducir a un país a la pobreza más miserable no podría hacerlo mejor que lo que en la realidad hace el kirchnerismo.

Ayer Mr Misery dijo en San Juan: “Lo que nos hace evolucionar o crecer no es el mérito, como nos han hecho creer en los últimos años, porque el más tonto de los ricos tiene muchas más posibilidades que el más inteligentes de los pobres”.


Es tanto lo que hay encerrado en esta frase de apenas tres renglones que, de nuevo, esa sensación de no saber por dónde empezar se hace presente.

Antes que nada digamos que el presidente ha entregado una confesión expresa de que encabeza un gobierno racista; un gobierno que presume una diferenciación moral entre pobres y ricos, lo que lo lleva a establecer un diferente tratamiento legal para unos y otros.

La Argentina dejó de ser un país regido por el artículo 16 de la Constitución: aquí un concepto de clase ha reemplazado el principio constitucional de la igualdad: lo que hacen los pobres está bien; lo que hacen los ricos está mal.

Mr Misery entrega además una convicción atroz de resentimiento y de rebelión contra los valores de nuestros padres y abuelos (que probablemente hayan sido también los padres y los abuelos de él), es decir, un ataque frontal a la idea de que el sacrificio y el esfuerzo personal no están, de ningún modo, condicionados por la clase.

Resulta obvio que el presidente ignora los millones de ejemplos de argentinos que habiendo partido con una mano atrás y otra adelante, construyeron un futuro de progreso cuando en el país imperaban los valores de la libertad.

Millones de tanos y gallegos y de otros cientos de miles de esperanzados inmigrantes de todo el mundo no tuvieron otra fe más que el mérito para venir a progresar a una tierra lejana, pero que les ofrecía las garantías de la igualdad, de no robo del trabajo y de moralidad clara para distinguir lo que estaba bien de los que estaba mal.

Así la Argentina pasó a ser un ejemplo admirado en el mundo, un ejemplo construido, justamente, a puro mérito. ¿Y a puro mérito de quién? Justamente de gente muy pobre, de gente que no contaba más que con la limpieza de su trabajo, la confianza en sus fuerzas y la fe en unas reglas de juego claras, justas e iguales para todos; unas reglas que no se volverían en su contra si tenían éxito en la vida.

La Argentina exitosa ha sido precisamente la contracara de lo que Fernández resumió en su frase; una frase que ofende el esfuerzo honesto que aun hoy, en un país devastado por el fascismo peronista, siguen haciendo gran cantidad de argentinos que son, justamente, los que bancan la olla del populismo.

El presidente da a entender que lo que ofrece es un sistema basado en el bajar los brazos para entregarse como cliente del Estado; Mr Misery nos dice que si somos pobres nuestro sacrificio honrado y nuestro esfuerzo sincero no valdrá de nada. No conoce las historias de Palito Ortega, de Julio Bocca, de René Favaloro y de otros millones de argentinos que habiendo salido de la pobreza más extrema se abrieron camino, primero siendo honestos, y luego rompiéndose el lomo con el trabajo lícito y personal.

El presidente nos ofende a todos insinuando querer reemplazar un  sistema basado en la licitud y en el imperio del esfuerzo por otro basado en la prepotencia, en la fuerza bruta y que conlleva la idea de exprimir al Estado.

Siguiendo sus palabras habría que concluir que él ha sido un ricachón sin mérito alguno para estar donde está y que solo alcanzó ese lugar por ser un privilegiado que, aunque no sirve para nada, las circunstancias personales de su vida lo elevaron hacia donde está.

Ya sabemos que, en su caso, gran parte de ese razonamiento es verdad, porque efectivamente su actual situación fue el producto de un gambito de malicia política de su jefa. Pero estoy seguro que no es esa la imagen que él tiene de sí mismo.

Seguramente Mr Misery cree que, habiendo salido de La Paternal, se esforzó mucho para llegar adonde llegó. Debe estar absolutamente convencido que su presidencia no fue la consecuencia de una jugada de especulación fraudulenta que perfeccionó la comandante de El Calafate sobre un electorado incauto, sino la coronación de una carrera dedicada a la política.

Siguiendo sus propias palabras debería bajarse en este mismo instante, entonces, de donde está. Debería dejar su lugar a un pobre que lo merezca más solo por su condición de pobre, antes que seguir usurpándolo con el solo respaldo de su riqueza.

El presidente también entregó, al confesar semejante impostura, que pretende moldear al país según un criterio de resentimiento clasista poniendo a los pobres en contra de los ricos, no para que aquéllos intenten averiguar cómo hicieron éstos para triunfar, sino para que los odien y les envidien lo que tienen.

Así se multiplicarán hechos como los vividos por Belén Varela en San Juan, en los que un grupo de fascistas con la cara tapada fueron a la casa de esta licenciada que había participado de los banderazos del domingo, a recriminarle tal conducta bajo el argumento de que ella era “rica”.

El presidente está incentivando, con el modelo que propicia con sus palabras, estas manifestaciones de racismo que no se sabe en qué pueden terminar.

Belén también es un ejemplo típico de la contraescencia de las palabras del presidente. De origen muy pobre, con la desgracia de haber enviudado joven y con tres chicos para alimentar, se esforzó para recibirse en el sistema educativo público y hoy mantiene su familia con su trabajo honrado, además de contribuir con un Estado extractivo que le roba sus recursos para alimentar a patoteros que no trabajan (o que “trabajan” de pobres) y a los que usa como fuerzas fascista de choque para ir a atacar a los ciudadanos honrados que los mantienen.


El kirchnerismo está perfeccionando una Argentina vergonzosa, una Argentina vomitiva; una Argentina que desacredita el mérito y que ensalza la fuerza bruta bajo la idea que el mérito es “lujo” de los ricos y la fuerza bruta el “arma” de los pobres.

Ya sería grave si todo eso se persiguiera sin decirlo. Pero subirse a una tribuna y gritarlo a los cuatro vientos como si eso fuera lo que en realidad debiera enorgullecernos, es proponer un retorcimiento tal de los valores que la civilización conoce para construir países de bien que solo queda concluir que el presidente encabeza un gobierno del mal.

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