
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
El problema no es que Donald Trump hable. El problema es para qué habla. O peor: qué efecto producen sus palabras cuando se repiten en cadena, cargadas de amenaza, pero desprovistas de cumplimiento. A fuerza de emitir ultimátums que no se concretan, el presidente norteamericano empieza a acercarse peligrosamente al viejo cuento del pastorcito y el lobo. Cuando todo es urgente, nada lo es. Cuando todo es definitivo, nada termina siéndolo.
Desde afuera —y ese “afuera” incluye a buena parte del mundo que observa con preocupación— resulta difícil comprender cómo un conflicto de esta magnitud pudo haberse iniciado sin un plan claro para garantizar algo tan elemental como la apertura del Estrecho de Ormuz. No se trata de un detalle técnico ni de una variable secundaria: es una arteria crítica del comercio energético global. Su bloqueo no es una hipótesis académica; es una amenaza concreta que ya impacta en los precios del petróleo y, por extensión, en la economía mundial.
También desconcierta la narrativa alrededor de Irán. Incluso los observadores más amateurs se preguntan con lógica básica: ¿cómo cierra Irán el estrecho? Si lo hace con minas o embarcaciones, la respuesta militar parece evidente para una potencia como Estados Unidos: neutralizar esos activos. Pero entonces, ¿para qué escalar el discurso hacia niveles apocalípticos? ¿Para qué hablar de civilizaciones que desaparecerán para no volver jamás? La desproporción entre el problema táctico y la retórica empleada erosiona la credibilidad del mensaje.
Es cierto: toda guerra tiene un frente semántico. Las palabras importan, moldean percepciones, condicionan apoyos. Pero convertir ese frente en el principal campo de batalla es, como mínimo, un exceso. Cuando la comunicación reemplaza a la acción, o peor, cuando intenta disimular su ausencia, el resultado es un ruido que confunde tanto a aliados como a adversarios.
Trump ha afirmado en reiteradas ocasiones que la capacidad de ataque iraní ha sido “pulverizada”. Sin embargo, los hechos sugieren algo distinto: con mayor o menor intensidad, Irán sigue generando episodios que mantienen al mundo en vilo. El mercado energético reacciona, los precios se tensionan y la incertidumbre se expande. Si el poder del enemigo ha sido realmente anulado, ¿por qué su sombra sigue condicionando el tablero global?
En síntesis, el presidente debería hablar menos y actuar más. No en el sentido de escalar el conflicto indiscriminadamente, sino en el de aplicar, con precisión quirúrgica, el poder militar del que tanto se jacta para neutralizar las capacidades concretas que amenazan la estabilidad internacional. Y, sobre todo, cambiar el enfoque: no se trata de destruir una civilización, sino de liberar a una sociedad milenaria que lleva casi medio siglo —desde 1979— sometida a un régimen que la ha empujado hacia un oscurantismo impropio de su historia.
Porque si la estrategia se reduce a una sucesión de frases altisonantes, el desenlace no será la disuasión, sino la pérdida de autoridad. Y en el tablero global, la autoridad que se pierde rara vez se recupera con palabras.

