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Todo tiene que ver con todo

En 2020 el dólar blue pasó de costar $80 a principios de año a $ 190 hacia diciembre. Y nadie viajó. Cómo hará el presidente Fernández para conciliar ese dato de la realidad con su afirmación de que el dólar en la calle aumenta por los que se van de viaje, es todo un misterio.

La explicación más directa proviene esencialmente de dos fuentes: lo dice para poner fuera de la propia inoperancia exasperante de su gobierno la culpa de una realidad que molesta y para atizar el odio de clase entre argentinos. Ambas explicaciones tienen un cuño definitoriamente kirchnerista: es lo que hacen todo el tiempo.

Los viajes al exterior reúnen para un kirchnerista unas calidades que quizás ninguna otra pieza de análisis reúna: los viajes abren la cabeza, conectan a la gente con otros puntos de vista, con otras formas de ver las cosas, con otras maneras de hacerlas, con otras personas… Son una impresionante fuente comparativa, en general son el resultado del mérito y del esfuerzo y colocan a las personas que los protagonizan en contacto con muchos elementos que definen la modernidad y, muchas veces también, el orden.

Todo eso es un anatema para el kirchnerismo: la apertura (en especial la mental), el hacer las cosas de acuerdo a otras “recetas”, la multiplicidad de puntos de vista, la comparación, el mérito, el esfuerzo, la modernidad y el orden… Cualquiera de ellos podría gritar que dejemos de insultar y de proferir tantos improperios juntos.

Siempre, cada vez que un gobierno con el sello del kirchnerismo (se llame como se llame el engendro que alcance el poder) los que viajan saben que se enfrentarán con los obstáculos del resentimiento.

Puestos en blanco sobre negro los datos duros, luego se verifica que nadie viaja más que ellos y nadie más que ellos, fija sus ojos más afuera de la Argentina cuando de llevar dinero propio se trata. Pero señalar a los viajeros como responsables de las penurias que viven otros argentinos es uno de sus deportes favoritos.

El viajar es uno de los derechos más preciados del ser humano. No por el placer que significa salir de la cápsula propia para experimentar otros aires, sino porque la posibilidad de desplazamiento quizás sea la metáfora gráfica más perfecta de la libertad. Y ese corazón libertario es el enemigo del kirchnerismo.

Los fanáticos que los siguen se sienten identificados con esos ataques. Sienten una profunda envidia por aquellos que pueden hacer las valijas e irse pero caen en el paradójico e inexplicable fenómeno que les perdonan el “pecado” de viajar a quienes más viajan: sus amos del poder.

Seguramente esa paradoja extraña se explica porque ven en esos ladrones lo que ellos quisieran lograr: enrostrarle a esa gente que odian y por la que sienten un profundo desprecio que ellos también pueden.

El problema es que no pueden…

Es como si le traspasaran con su permisivo apoyo ese testimonio a una clase con la que se sienten identificados y a la que le perdonan todo: es como si uno de ellos pudiera estar haciendo lo que ellos quisieran hacer.

Quizás allí se encuentre también una explicación al -aún hoy- inexplicable apoyo (de una parte al menos) de la sociedad a Cristina Fernández. Es como que vieran en ella el ideal que sueñan para ellos: poder robarle a los ricos para ser ricos ellos… Ella lo logró, por eso la admiramos.

Solo en ese contexto puede entenderse que una criminal que fue procesada 13 veces por los distintos intentos (muchos de ellos exitosos) que su banda planeó para saquear al Estado sostenga aún los niveles de apoyo que ostenta especialmente en el cono más profundo de la pobreza, el conurbano bonaerense.

La vicepresidente abrió un gigantesco paraguas ayer con una catarata insoportable y altamente ignorantes de tweets en donde cargaba contra la Justicia que, seguramente, en poco más de 15 días pedirá las penas más severas contra ella por haber desfalcado al Estado en miles de millones de dólares.

Dijo que su sentencia estaba ya escrita y firmada, en una afirmación típica de los que buscan adelantarse a lo que se les viene encima para, de ese modo, intentar amortiguar sus efectos.

La prueba reunida contra la jefa de la banda y contra varios de sus secuaces es conmovedora. Pocas veces un caso de defraudación al Estado estuvo tan fundamentado como el que el fiscal Luciani elevará a los jueces el 1 de agosto. La prueba de la culpabilidad de Kirchner y su banda no dejará la menor duda.

Por eso, la autora de los crímenes la embiste contra el tribunal y contra su posible alzada, la Corte Suprema de Justicia. A esto se sumó esta mañana la servil palabra del presidente que dijo que la “Justicia necesitaba una reforma profunda”.

La Justicia no necesita ninguna reforma arquitectónica. Podrá mejorarse por la vía de que se elijan por concurso mejores candidatos para ocupar los estrados de los juzgados, pero la concepción constitucional de la Justicia como poder de control de las ramas políticas del gobierno no necesita ninguna reforma. Y la mejor prueba de que no la necesita es que quienes la piden son los destinatarios del control previsto por la Constitución: son los que deben ser controlados.

Si alguien tuviera aun dudas de por qué deben ser controlados la respuesta no debería hacerse esperar: “Para que tus derechos estén protegidos, idiota”.

La ignorante vicepresidente que gobierna de hecho la Argentina exhortó a la “política” a que se reforme la composición de la Corte Suprema para transformarla en una “Corte federal”. No en vano nuestro colega Cristian Sanz anda, desde 2007, con un cheque de 10 mil dólares encima para entregárselo en mano a cualquiera que brinde una prueba irrefutable de que Kirchner es abogada. Hasta ahora nadie se presentó a cobrarlo. Ningún compañero de clases, ningún colega de colación. Nadie. No sorprende, dada la oceánica ignorancia legal de la vicepresidente que aún no descubrió que la representación política federal de las provincias corresponde al Senado, no a la Corte.

Pero parece ser que toda barrabasada es útil para confundir. Lo que debe quedar claro es que  en ciencia política hay una máxima inexorable: si el poder del gobierno crece, la libertad individual se contrae. Si los ciudadanos no quieren ver sus libertades contraídas, el gobierno debe ser controlado. El vehículo de control en la democracia constitucional argentina es la Justicia.

Por eso los delincuentes que se sientan en los sillones del Estado quieren invertir el sentido del control y pasar a ser ellos quienes controlen a quienes, en realidad, deben controlarlos a ellos. Mientras el argentino medio no entienda esta especie de abecé de la democracia, su horizonte será la servidumbre.

La división clasista y resentida de la sociedad es funcional a estos objetivos de la banda delincuencial que gobierna la Argentina. Por eso el presidente embiste contra los viajeros, por eso la cultura kirchnerista abomina los viajes (de los demás, no los de ellos), por eso su estrategia es el ahondamiento de la fractura.

Solo en ese escenario de división casi racial de la Argentina pueden aspirar a que sus crímenes continúen impunes.

Por Carlos Mira
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