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Santilli, Ficha Limpia y el país que siempre llega tarde

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

La buena recepción que tuvo la designación de Diego Santilli prácticamente en todo el arco político —con la previsible excepción de los impresentables de siempre— deja al descubierto una realidad incómoda para la política argentina: cuando finalmente se toma una decisión razonable, la primera reacción de la sociedad no es celebrar el acierto sino preguntarse por qué demoró tanto.

¿Por qué cuesta tanto mover una ficha que todos veían desde hacía meses? ¿Qué mecanismos internos hacen que una decisión evidente termine atravesando interminables laberintos de negociaciones, recelos y especulaciones? La política argentina parece haber convertido lo obvio en una hazaña.

Y ya que hablamos de fichas, es imposible no recordar otra: Ficha Limpia.

¿Había algo más natural que impedir que personas condenadas por corrupción aspiraran a cargos electivos? Difícil encontrar una iniciativa con semejante consenso social. Javier Milei tenía la oportunidad de convertir esa bandera en una conquista propia, demostrar coherencia con el discurso que lo llevó al poder y anotarse un triunfo político de enorme valor simbólico.

Sin embargo, la intervención sobre el proyecto impulsado por Silvia Lospennato terminó convirtiendo una victoria asegurada en una derrota innecesaria. El proyecto naufragó y, peor aún, quedó instalada la sensación de que había gato encerrado. En política, muchas veces las percepciones pesan tanto como los hechos. Y esa percepción todavía persiste.

Ahora aparece Santilli. Y la pregunta inevitable es qué lugar ocupará esta designación dentro de la compleja ingeniería política que ya comenzó a diseñar la elección bonaerense de 2027.

Porque allí se juega mucho más que una gobernación.

La provincia de Buenos Aires representa el principal desafío electoral del oficialismo y, al mismo tiempo, el último gran refugio de un kirchnerismo que encontró en Axel Kicillof el enclave desde el cual intentar sobrevivir al derrumbe nacional de su proyecto político.

No deja de resultar llamativo que La Libertad Avanza y el PRO, compartiendo buena parte de su electorado y de sus objetivos, hayan desperdiciado tiempo precioso mientras el gobernador consolidaba su posición. Las disputas de cartel, los celos de liderazgo y las interminables roscas terminaron regalándole al kirchnerismo exactamente lo que necesitaba: tiempo.

Y cuando se trata del peronismo, la experiencia aconseja no subestimar su instinto de supervivencia. Hoy pueden exhibir divisiones profundas, acusaciones cruzadas y peleas feroces. Pero la historia demuestra que, cuando el poder está en juego, ese movimiento posee una extraordinaria capacidad para fotografiarse unido antes de una elección y volver a despedazarse después, ya con los cargos asegurados.

Frente a ese escenario, Santilli aparece como uno de los pocos dirigentes capaces de transformarse en un verdadero candidato de síntesis entre el PRO y La Libertad Avanza. Un dirigente con nivel de conocimiento, experiencia de gestión y una imagen que podría facilitar una convergencia electoral donde hoy abundan más los egos que la estrategia.

Una victoria opositora en Buenos Aires no solo significaría recuperar la provincia más importante del país. También podría convertirse en la plataforma decisiva para garantizar la reelección presidencial de Javier Milei.

Por eso cuesta entender por qué se dejaron pasar tantos meses sin obtener absolutamente ninguna ventaja a cambio. No hubo fortalecimiento político, no hubo crecimiento electoral, no hubo construcción institucional. Solo tiempo perdido.

La Argentina parece condenada a repetir un ritual agotador. Siempre aparece una elección presentada como “la decisiva”. Ocurrió con Mauricio Macri después de 2017. Ocurrió con Javier Milei tras el respaldo obtenido en 2025. Y ahora vuelve a escucharse exactamente la misma letanía de cara a 2027.

La pregunta ya no es si esa elección será importante. Lo será, como tantas otras.

La verdadera incógnita es otra: ¿cuándo la dirigencia argentina aprenderá a aprovechar una victoria política en lugar de dilapidarla entre recelos personales, internas interminables y negociaciones que nadie entiende?

Porque las oportunidades no suelen perderse por culpa de los adversarios. Muchas veces se desperdician por la incapacidad de quienes las tienen en sus manos para comprender que gobernar también consiste en saber llegar a tiempo.

Por Carlos Mira
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