Recuperemos los deseos perdidos

Faltaba algo. Hace rato que notaba que faltaba algo. Y de repente me di cuenta.

¡Eran los deseos! Me vino a la cabeza como si fuera un rayo de luz. ¡Cómo no me di cuenta antes!

Los deseos que daban y recibían mis padres cuando yo era chico en Argentina.

“Feliz Navidad y próspero año nuevo”, “Salud, dinero y amor”, “Paz, amor y prosperidad…”

Las referencias al éxito material desde los deseos del alma eran una costumbre en la Argentina de mis padres y de mis abuelos españoles e italianos.


Después de todo, ellos habían venido a América a eso: a dejar la pobreza atrás. ¡Cómo no iban a desear prosperidad cuando se iniciaba un año nuevo! ¡Cómo sus amigos no les iban a desear prosperidad a ellos! ¡Si a eso habían ido!

Pero la prosperidad salió de esa fórmula mágica de Navidad y Año Nuevo. Salió por la puerta de atrás, sin que nadie lo advirtiera. En silencio.

Esa guerra sorda del pobrismo contra la abundancia no iba a dejar ese cabo suelto. 

Ese taladro subliminal que cada año se repetía millones de veces de ida y de vuelta debía ser bajado del estandarte del sentido común y de los usos y costumbres.

Hoy, cincuenta años después de aquellos recuerdos borrosos, ya nadie le desea prosperidad a nadie. 

El repiqueteo insidioso de la envidia y la ponzoña del resentimiento ganaron esa batalla costumbrista.

¡Cómo desearle prosperidad a alguien! ¡Mirá si, en una de esas, el deseo se hace realidad y éste levanta vuelo!

Además, la prosperidad tiene que ver con el éxito y con la abundancia y la Argentina peronista, bergoglista (bergoglista en el sentido de lo que significa Bergoglio hoy -que lo conocemos bien-aunque, por supuesto, hace 50 años este jesuita apenas comenzaba con su prédica de la supremacía moral del pobre) entró en guerra con la mismísima esencia de esos conceptos.

La batalla contra el éxito elaborada por la cultura peronista, católica, enmascarada en esa ambigüedad llamada “Doctrina Social de la Iglesia” fue amplia y abarcó todos los frentes. 

Cómo los jacobinos arrancaban las cabezas de sus adversarios, el pobrismo peronista-católico debía arrancar de la faz de la Tierra argentina hasta el último vestigio de la cultura de la abundancia. Hasta los más mínimos detalles. Hasta la inocencia contenida en un deseo.

El deseo de prosperidad era parte del discurso enemigo. Era el anticristo, el augurio de la herejía capitalista. Debía ser aniquilado.

El entramado de la táctica de esa guerra cubrió varios frentes: la academia, las artes, la educación, la cultura y hasta las armas.

¿Qué otra cosa fueron los Montoneros sino un grupo peronista ultracatólico, armado y mesiánico que se proponía imponer un modelo nacionalista, de unanimidad, sin disensos, sin individuos y donde estos fueran reemplazados por la “comunidad organizada”?

El éxito y la abundancia surgen de la interacción de las diferencias y en una “comunidad organizada” no puede haber diferencias: se trata de una colmena en donde solo hay una Reina y en donde todos los demás son obreros rasos sin derecho a distinguirse.

La Argentina exitosa, aquella en donde se deseaba “prosperidad”, fue un acto de rebelión frente al uniformismo católico y caudillista. Fue la obra del iluminismo liberal: el anatema del peronismo católico.

La emulación del diferente, la persecución de una vida próspera atentaba contra el diseño del pueblo “puro”, moralmente superior por ser pobre.

No sé bien cuál es la queja hoy si consiguieron lo que se proponían: derrocar a la Argentina opulenta y reemplazarla con un mar de villas miseria.

El Papa tiene finalmente su pueblo impoluto, virginal, desintoxicado de la búsqueda egoísta.

Los argentinos ya no se desean prosperidad para el año nuevo que llega. Mientras él duerme con sus sábanas cuidadas muchos de sus corderos no tienen para comer.

También el peronismo puede llamarse contento y realizado: ya no gobierna un país próspero ni uno en donde la gente ande por la vida deseándole prosperidad a sus semejantes. Gobierna un pobrerío ignorante dependiente de dádivas y limosnas como las que le gustaba repartir a Bergoglio en la Villa 31 que él en persona ayudó a expandir.


La guerra del pobrismo contra el éxito ha sido paradójicamente tan exitosa que hasta borró de nuestros propias deseos lo que nuestros abuelos -y hasta nuestros padres- daban por descontado.

¡Volvamos a usar el deseo de prosperidad a los demás como un grito de guerra contra el pobrismo que ha condenado a la Argentina a la miseria y a la antigüedad! ¡Rebelémonos heréticamente contra el orden establecido de una “comunidad organizada” de pobres sin futuro! ¡Atronemos sus oídos con la palabra maldita: prosperidad para todos!

¡Es el deseo de The Post Argentina para 2022!

Por Carlos Mira
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One thought on “Recuperemos los deseos perdidos

  1. Olga

    Gracias Carlos Mira,x tanta lucidez ,
    Es verdad,nos olvidamos de esa palabra,prosperidad,nos la quitaron del lessico cuánto daño hace el peronchismo.y o populismo.

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