Pobres, pero ilusionados

Pablo Sandoval (Guillermo Franchella), en el Secreto de sus Ojos, le da al fiscal Benjamín Esposito, interpretado por Ricardo Darin, la clave para ir a buscar al asesino.

En un rapto de genialidad le dice: “Benjamin, se puede cambiar de casa, de esposa, de religión, de país… pero lo que no se puede cambiar es la pasión”, en alusión al amor por Racing que se sabía tenía el autor de crimen.

Con esa pista, Sandoval y Espósito van a la cancha al próximo partido de la Academia y allí, mezclado con la hinchada estaba la presa tan buscada.


La pasión era más fuerte que cualquier instinto de supervivencia, que cualquier arresto de seguridad, que cualquier precaución personal.

Algo parecido sucede con la ilusión. La ilusión es ese sentimiento indefinible que sostiene a la personas en la esperanza, en la idea de que, tal vez, las cosas terminen saliendo bien, terminen mejorando.

El mantener abierta la ilusión, el no dejar que se extinga esa luz que ilumina un horizonte aún lejano, pero al que se cree posible, hace toda la diferencia entre quién pueda hacerlo y quien no.

En política existen los prestidigitadores que logran no solo mantener sino incluso fabricar ilusiones. 

Una vez que ese objetivo se logra la magia de lo abstracto, de lo que no existe, pasa a tener mayor peso que la realidad, porque, justamente, enciende ese motor poderoso que se llama ilusión o esperanza.

El populismo se ha mostrado como un gran mago, fabricante de ilusiones. Su gran acierto ha consistido en convencer a las masas de que, con ellos, los pobres estarán mejor.

Hugo Chávez solía repetir en privado que el secreto del socialismo del siglo XXI consistía en mantener a todos en la pobreza pero, al mismo tiempo, generar la ilusión de la mejoría: pobres pero ilusionados.

El arco se iría corriendo cada vez un poco mas lejos y los pobres nunca lo alcanzarían pero sí tendrían la ilusión de hacerlo.

Con esa zanahoria el populista se aseguraba la adhesión de las masas: se puede cambiar cualquier cosa; lo que no se pueden cambiar son las ilusiones.

Probablemente no haya una maquinación más canalla que está en el terreno político.

Venderle a enormes cantidades de gente unos espejitos de colores con los cuales logran generarle un entusiasmo cándido el cual luego se aprovecha para perpetuarse en el poder con el expreso plan de mantener a aquellos idiotas en la orfandad más absoluta para que su esperanza permanente sea, justamente, salir de esa pobreza infame, debe ser una de las vilezas más bajas en las que pueda caer el ser humano.

Construir fríamente un plan para que todos sigan en la miseria, pero al mismo tiempo generar la ilusión de que soy yo el que puede sacarlos de allí (mientras me convierto en millonario por la vía de robar los recursos que justamente podrían convertir en realidad la ilusión de aquellos inocentes) es la señal más palmarla de una ruindad que cuesta dimensionar.

Siempre será un misterio descubrir cómo es posible que exista gente tan siniestra. Pero será aún más difícil desentrañar el secreto que cubre las profundas razones de porqué un grupo, generalmente grande de personas, decide creer esa farsa. 

Obviamente la Argentina se halla bajo el influjo de estos mentirosos desde hace más de siete décadas.

Una demagogia rapaz se apoderó de lo más alto de la política argentina y una inexplicable credulidad gobierna la mente de una inmensa mayoría.

El problema es que no siempre se llega a esa inocencia por sentimientos nobles. Muchas veces uno se deja llevar por esos prestidigitadores porque anidan en uno también sentimientos bajos, que son la otra cara de la canallada política.

Ese caldo de cultivo también es percibido por el político amoral listo para aprovechar cualquier circunstancia que lo beneficie.


Esa pasión oscura que ciega la visión es el resentimiento, el odio.

Quien logre exacerbar el odio y el resentimiento de unos contra otros y, al mismo tiempo, logre venderse como el portador de una ilusión tendrá la llave para eternizarse en el poder.

Solo un baño de realismo (qué haga despertar a las masas de una vida ilusoria) y de benevolencia (que las haga abandonar el odio y el resentimiento) pueden cortar el alimento y el oxígeno del ruin que vive de su explotación y de su estafa.

¿Estará a tiempo la Argentina para acceder a ese baño bendito? Obviamente el tiempo no es eterno antes de que la miseria sea irreversible.

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