Pfizer y la Argentina

Hace más de 20 días, en el programa de radio que hago todas las tardes, dije que estuvieran atentos a lo que fuera a pasar con la vacuna de Pfizer en la Argentina; que algo con eso iba a pasar. Hoy, un poco más de dos semanas después, tenemos ya el problema delante de nosotros.

Con la vacuna rusa Sputnik V a punto de convertirse en un fiasco mundial (Putin acaba de decir que no es confiable para ser inyectada a mayores de 60 años, no existe una sola agencia internacional o nacional de prestigio que la haya aprobado y Rusia ha confesado enormes problemas de producción con, por ejemplo, 5000 dosis entregadas a San Petersburgo para una población de 5 millones de personas) el país se aproxima a un escándalo de proporciones cualesquiera sean los motivos de los problemas con Pfizer.  

Ginés Gonzáles García, el impresentable ministro de salud que la Argentina se da el “lujo” de tener, dijo que “el laboratorio (por Pfizer) nos ha presentado unas condiciones inaceptables”,

No ahondó en la idea pero cuesta creer que otros países de la región estén cerrando acuerdos rápidos con la compañía germano-estadounidense y la Argentina siempre sea la piedra de la discordia.


Chile, con un gobierno de centro derecha, comenzará la vacunación con la vacuna norteamericana el día de Navidad, con 30000 dosis iniciales (se trataría de 15 mil personas porque esta vacuna requiere una aplicación doble) y tiene prevista la adquisición de 3 millones de vacunas.

México, con un gobierno de centro izquierda, llegó a un rápido acuerdo con el laboratorio y también comenzará la vacunación.

La Argentina, en cambio, aduce estos “inconvenientes”. Confieso que al principio, cuando sospeché que algo iba a terminar ocurriendo con la vacuna norteamericana entre nosotros, pensé en una cuestión ideológica: es tanto el resentimiento gratuito que anima a la comandante contra el indudable éxito del sistema de vida norteamericano prácticamente en todos los campos de la existencia, que la creía capaz de embarcar al gobierno en una nueva cruzada antinorteamericana (como la que encabezó el entonces canciller Timerman que, con un alicate, cortó en persona los precintos de seguridad de una caja con claves secretas del ejército norteamericano en un avión militar que había llegado a Ezeiza con pertrechos para equipar a la policía federal) simplemente para no dar el brazo a torcer ante el imperio.

Pero luego comenzaron a ocurrir hechos extraños. En primer lugar, una comitiva muy oscura encabezada por la viceministra de salud Carla Vizotti e integrada por personajes que han tenido conflictos graves con la ley, viajó a Rusia con una finalidad que nadie conoce.

Luego González García adujo “problemas con los aviones” y anticipó que una segunda comitiva viajaría a Moscú. En medio de esto apareció la confesión brutal de Putín y los evidentes problemas rusos para producir el antídoto.

A su vez Pfizer comentó que “si no hay un acuerdo con la Argentina es porque el gobierno no acepta algo que otros aceptan, o que pide algo que otros no piden”.

Fue la contraseña evidente para presumir la irrupción del otro componente infaltable del kirchnerismo, quizás el principal: la corrupción

Me sentí algo inocente por pensar que las “ideas” de la señora podrían haber sido el principal estorbo para un acuerdo del país con Pfizer. No es así.

Las políticas públicas tanto de los Estados Unidos como de Alemania respecto de la operación exterior de sus empresas es muy clara y muy tajante: no pueden pagar coimas.

De hacerlo, las compañías se exponen a castigos severos en sus países que pueden poner en riesgo incluso su normal desenvolvimiento.

Obviamente no hay evidencias públicas de que algo así haya ocurrido en la Argentina, pero las condiciones de opacidad que vienen caracterizando todo lo relacionado con la provisión de estas vacunas (incluida la opacidad científica que rodea a la vacuna que aparentemente prefiere el gobierno -la Sputnik V-) alimentan las peores expectativas.


Es más, el régimen ruso es, claramente, un régimen corrupto y proclive a arreglos oscuros con estratos mafiosos de empresarios locales (los ex jerarcas del partido comunista) y con grupos internacionales de facinerosos que le proveen distintos tipos de servicios a escala global (desde sicarios para asesinar personas hasta hackers para infiltrarse en los sistemas de otros países).

La comandante de El Calafate siempre ha manifestado su simpatía por el “modelo” ruso: una autocracia oscura, sin controles de ninguna especie, con una única voluntad que se impone sobre las demás, con un amplio radio de acción para hacer negocios personales desde el Estado, con organizaciones paraestatales secretas para perseguir a todo el que ose enfrentarse a la autoridad y, claro está, sin ninguna transparencia en sus procedimientos públicos, sin justicia imparcial y sin oposición política que equilibre el poder.

Ese es el modelo que persigue el kirchnerismo y ese es el modelo con quien se siente cómodo para negociar. ¿Por qué habría que suponer que la Argentina, en manos de la banda que la gobierna, iba a aplicar metodologías diferentes cuando el tema central es la vacuna y la salud? No, los principios que se aplican a todos los temas, también se aplican a éste.

Mientras la región avanza con acuerdos transparentes con Pfizer para tener el suministro de la vacuna hasta ahora más verificada para luchar contra el Covid-19, la Argentina sigue detrás de oscuras negociaciones que, bajo el verso de un chamuyero profesional, en realidad oculta otro negocio millonario con la salud pública de por medio.

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