Parasite

Como si la gravedad de la presentación del ministro Guzmán ayer en el Congreso no hubiera sido suficiente, el presidente ahondó hoy más aun esa percepción cuando avaló la postura rupturista de Cristina Fernández en el tema de la deuda, al mostrarse, él también, partidario de una quita.

Se trata de la toma de un camino peligrosísimo para la Argentina porque dirige al país de modo directo a una profundización del aislamiento en el que ya vive. También sirve para terminar de confirmar tácitamente que quien gobierna el país es el kirchnerismo y que toda fantasía sobre la posibilidad de un Fernández moderado que rescate las ventajas de la inserción mundial, es justamente eso: una fantasía.

Kirchener había lanzado el primer exabrupto en Cuba y en referencia directa a la deuda con el FMI, demostrando una vez más, al mismo tiempo, su malicia y su ignorancia.  El capital de la deuda con el Fondo no es susceptible de quita porque los intereses son irrisorios y porque eso significaría la declaración de guerra del país a toda la comunidad financiera. Una especie de Malvinas del dinero.

Pero lo más grave de todo es la verificación –ostensible a esta altura- de lo pifiada que tiene la mirada el gobierno sobre el problema central de la Argentina.

El presidente se ha echado él mismo unas enormes esposas a sus muñecas cuando dijo que nada es resolvible ni encarable hasta que no se solucione el problema de la deuda: ni el plan económico, ni la estrategia de crecimiento, ni ninguna decisión es pasible de ser tomada hasta que la deuda no esté resuelta.

A su vez los acreedores dicen “entréguenme un programa y entonces podremos discutir el tema de la deuda”. El gobierno, como se ve, se ubicó solo en un callejón sin salida.

Por lo demás, efectivamente, el problema de deuda sería completamente secundario si los argentinos y el mundo vieran que el gobierno tiene un plan para crecer, desarrollar las potencialidades del país y multiplicar por docenas el nivel productivo actual.

Como muchas veces un ejemplo vale más que mil explicaciones, vaya una imagen como metáfora.

Supongamos una persona individual completamente endeudada que ante la visita de su acreedor le dice: “Mirá, vos tenes que dejar que yo durante tres años no te pague… En ese tiempo yo te prometo que me recupero y con lo producido por la recuperación, te pago”.

El tema es que cuando el acreedor visita al deudor lo encuentra completamente encadenado a una cama, todo trabado, con apenas capacidad para mover las manos y un poco la cabeza. El tipo, como es lógico, piensa: “Esta bien, yo le doy tres años de gracia a este pobre Cristo, pero… ¿cómo va a hacer para producir más y pagarme si está completamente maniatado..? Apenas puede moverse…Si yo lo viera apto, suelto, liberado, capaz de laburar, de generar, yo lo banco, pero así, la verdad, que prefiero hacerle juicio…”

Esto es lo que ocurre con el país. ¿El problema es la deuda? ¡No! ¡El problema son las cadenas que nos tienen completamente asfixiados y no nos dejan trabajar ni producir! Si la Argentina se liberara de las cadenas que la mantienen presa a una imaginaria cama de hospital, el país comenzaría a producir a una tasa de tal magnitud que el problema de la deuda pasaría a ser proporcionalmente mínimo. Y, ahora, en la coyuntura, el conjunto de acreedores que viera a un gobierno decidido a ir con unas enormes pinzas a cortar todas las ataduras que nos mantiene tiesos, se mostrarían dispuestos a ayudar en la enorme tarea de la recuperación.

Es lo que ocurrió en Australia a mediados de los ’80. Hasta allí el Producto Interno Bruto del país no llegaba a los 200 mil millones de dólares. Hoy 35 años después, gracias a un programa que la liberó de las cadenas del socialismo, el PIB es casi 8 veces esa cifra: 1500 miles de millones (es decir billones) de dólares.

Imaginen la Argentina con un PIB que fuera 8 veces el tamaño del actual: la deuda tendría el tamaño de un maní y todo el mundo querría venir a invertir y a generar negocios y trabajo en el país.

Pero para hacer esto todos los privilegios del sector público, del funcionariado y de los que viven del Estado deberían cesar, incluidos los de la señora Fernández, los del presidente, los de los sindicatos y los de toda la casta medieval que gobierna la Nación y las provincias.

Son muchos los callos que hay que pisar. Muchos los intereses con los que habría que terminarse, mucho statu quo el que habría que mover. Fue el karma de Cambiemos, que, finalmente y por lo bajo (pese a que su eslogan era “sí, se puede”), terminó confesando “no se puede”.

Ahora bien, que todo eso no se quiera hacer porque implicaría renunciar a todos los privilegios de los que ellos gozan, es una cosa. Pero decir que no se puede hacer nada por el problema de la deuda y que hasta que la deuda no se resuelva no se puede mover ninguna ficha, es la excusa perfecta para que los trabajadores privados sigamos bancando a más de medio país parásito.

Mientras la juvenilia socialista sigue jugando a la revolución de pacotilla con indirectas de cuarta y sarcasmos dignos de una mejor prosa. Los únicos privilegiados de ese juego serán ellos, como la casta de los Maduro, de los Castro, de los Ortega o antes de los Lenin o Kruschev. Pero el pueblo y el país seguirán mordiendo el polvo.

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