Otro relato y otro fracaso

El gobierno desde el inicio de la pandemia se subió, cómo no podía ser de otra manera, al carro de la demagogia y le planteó a la sociedad una disyuntiva entre la economía y la salud.

En cuanto entrevió la pequeña luz colada por una rendija del drama no dudó en inventar otro relato imaginario sobre el que el kirchnerismo viene durando desde hace 17 años.

En efecto, si uno bien se fija el kirchnerismo no es más que una mentira que constantemente inventa y proyecta una realidad virtual sobre la que machaca sin descanso hasta convencer a una mayoría electoralmente decisiva de que esa película es verdadera.


Lo hizo con Santiago Maldonado insistiendo en la desaforada idea de la “desaparición forzada de persona” para transmitir la subliminal imagen de que Macri era igual a la dictadura.

Ni la decisión unánime de 55 peritos de los más consagrados del país, incluidos los de la familia de Maldonado, pudo evitar que siguieran con ese repiqueteo.

Lo hicieron con el operativo “puf” para sepultar la causa de los cuadernos con un proceso por espionaje que supuestamente habían confabulado agentes de inteligencia de Macri con el fiscal Stornelli, un falso abogado y el periodista Daniel Santoro. Todo a cargo de un juez propio que respondía a sus órdenes.

Todo responde a un libreto y a la creación de una realidad que aparezca como verosímil aunque no tenga un gramo de verdad.

Es la tesis del muy buen libro que acaba de publicar mi colega Luis Gasulla, “Érase una vez en la Argentina”, que describe como nadie cómo el kirchnerismo siempre inventó cuestiones inexistentes para construir un relato de supervivencia.

La idea del relato ha sido explicada tantas veces que, ella misma, ha cubierto con teflón su propia realidad. Es decir, es tan obvio que el kirchnerismo relata una realidad que construye en sus usinas y repite en sus medios, que, como la gente se cansa de escuchar obviedades, ya nadie escucha a los que dicen que todo es un relato y ellos se dan el lujo de seguir relatando.

Con la pandemia ha ocurrido lo mismo. Ni bien comenzó el problema, el incompetente presidente Alberto Fernández de Kirchner, planteó esta disyuntiva que se presentaba como verosímil (tragable) pero que, en el fondo era (y es) completamente falaz.

En efecto, frente a una sociedad conmocionada por lo que estaba ocurriendo en el mundo, el kirchnerismo construyó la película demagógica de elección entre “la economía o la salud”.

Subido a ese caballito sensiblero estableció un aislamiento social obligatorio del cual aún no hemos salido.

Porque aclaremos que estamos aquí frente a tres conceptos diferentes. Uno es la pandemia, que es un fenómeno global, exógeno y que no se elige voluntariamente. Otro es la cuarentena que es una herramienta voluntaria que los gobiernos pueden elegir o no para enfrentar la pandemia. Y otro es el aislamiento social obligatorio que es una figura legal con consecuencias jurídicas.

El propio presidente ya hace rato que aseguró que “la cuarentena” no existe más. Lo cual es fácticamente cierto porque ya nadie la respeta.

Pero mientras eso ocurre en la cotidianidad, el decreto de aislamiento sigue vigente desde hace 8 meses y los argentinos están privados de ejercer el derecho constitucional de la libre circulación interna y externa con todo lo que eso conlleva desde los aspectos prácticos de la economía hasta los impactos que eso tiene en los pliegues psicológicos más profundos de las personas.

Hay argentinos que no pueden trabajar, nadie puede volar, muchos no han podido volver nuevamente a sus casas, cientos de miles se han fundido. Todo para privilegiar la “salud” por sobre la “economía”. 

Más allá de que la dicotomía es falsa como demostraremos en un momento, el gobierno perdió lastimosamente ese “partido”: no obstante las prohibiciones ridículas el país se encaramó entre los 8 primeros con más contagios y alcanzó el primer lugar en el ranking de muertos por millón de habitantes: un fiasco antológico.

La disyuntiva entre “salud” y “economía” es completamente falsa y respondió solo a la necesidad de crear otra “realidad paralela”, como bien describe Gasulla en su reciente libro, que enfrentara, por un lado, a un supuesto gobierno “popular” que priorizaba la salud del pueblo con los que, defendiendo intereses económicos minoritarios, querían mandar a todos al muere con tal de seguir “haciendo plata”.

La intención fue utilizar la pandemia (cualquier bondi los deja bien) para seguir profundizando la división y el enfrentamiento entre los “pobres” (que tienen en el gobierno a su “titán”) y los “ricos” (que tienen en el gobierno a su “fiscal”)

Pero lo cierto es que la opción “salud vs economía” es completamente falsa, solo verosímil en la realidad paralela y en el relato kirchnerista.

Si es que hubiera una opción, ella no es entre salud y economía sino entre libertad y sometimiento (es muy sugestivo como el presidente utilizó justamente esa palabra cuando anunció la medida el 16 de marzo: “todos deberán someterse al aislamiento social preventivo y obligatorio”, dijo)

Esta nueva dicotomía (entre libertad y sometimiento) fue la que vio la enorme mayoría del resto del mundo que, además, decidió, obviamente, privilegiar la libertad.

En efecto, los países líderes de la Tierra, aquellos en donde mejor se vive, con mejor calidad de desarrollo humano, de confort, de nivel de vida, de cultura, de longevidad, de goce de los placeres de la vida, eligieron la libertad. Y eso no es porque desdeñan la salud o son insensibles perseguidores de la riqueza material. No. Es porque privilegian las elecciones libres del ser humano al que consideran lo suficientemente maduro como para tomar sus propias decisiones frente a una situación dada. Se trata, en el fondo, de un profundo sentido de respeto por la dignidad y la individualidad humana.

La libertad es tan esencial a la naturaleza humana que, los países que decidieron respaldarla pese a todo, están hoy comparativamente mejor que la Argentina en todos los rubros en los que se los quiera comparar, incluyendo, naturalmente, el de los índices que dan cuenta de la salud de sus pueblos.


El gobierno kirchnerista destruyó el país, aniquiló su fuerza productiva, la pujanza de su histórica clase media (a la que se la tenía jurada por haberla identificado como su enemigo en las urnas) y cerró por muchos años la posibilidad de la recuperación. Hizo algo peor incluso: dinamitó la dignidad del ser humano a quien minimizó convenciéndolo de su esencial inutilidad, bajó las defensas colectivas de la autoestima y convenció al pueblo de que, por sí mismo, no sirve para nada.

En contrapartida no ayudó a un solo pobre (aunque claramente los pobres no les interesan un bledo, similar a lo que ocurre con Bergoglio) que siguen viviendo hacinados en la peor amenaza para la transmisión del virus.

En definitiva, otro engaño más sobre el que se construyó la política de un plan que ya tenían trazado de antemano y que la pandemia vino a acelerar como si de pronto los designios del Universo se hubieran confabulado para favorecer los objetivos del Mal.

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