Otra vez la clásica ignorancia argentina

A propósito de la centralidad informativa que han cobrado en las últimas horas los EEUU por el hecho de que se celebraron allí elecciones presidenciales, apareció en la Argentina (que también tiene veleidades de “centralidad”) la loca idea de que el país le habría “exportado” su grieta a los norteamericanos.

La idea de que los disparates de la Argentina en cuanto a una manifiesta incompatibilidad para construir un proyecto de vida común, pudieran estar sucediendo también en los EEUU ha llevado a muchos a sostener “ves que no somos nosotros los únicos”.

El punto de vista es interesante porque demuestra el poco conocimiento que el país tiene de las tradiciones norteamericanas y el desdén con el que ha tratado todo lo que tenga que ver con ese país, aun cuando vierte las opiniones con el aura del que se las sabe todas.

Como de costumbre, la Argentina no sabe nada. Y menos cuando trata de darse aires doctorales respecto de cómo suceden los hechos en los EEUU. Lo que ocurre allí es bien diferente de lo que ocurre en la Argentina.


En la Argentina se ha producido un quiebre sustancial y, para quien esto escribe, definitivo, entre dos concepciones del mundo que, en el país, están representadas, a su vez, por dos órdenes jurídicos diferentes.

En la Argentina “conviven” (por decirlo de alguna manera, porque en realidad el desequilibrio es completo y en los hechos no hay “convivencia” sino una subordinación de un orden al otro) dos escuelas jurídicas diferentes y antagónicas, de imposible fusión, que su vez, proyectan sobre la sociedad dos concepciones diferentes de vida, de país y de modelo de inserción mundial.

Uno de esos órdenes (paradójicamente el que en los hechos aparece subordinado al otro) es el que debería contar con la supremacía y el que debería teñir el color del resto de la legislación y determinar el perfil final del país.

Ese modelo es, naturalmente, el descripto en la Constitución. Un orden permisivo para las libertades civiles y restrictivo para el poder estatal. La democracia, para ese orden, consiste en rodear al poder de obstáculos para que no pueda avasallar los derechos individuales que son el centro filosófico del sistema.

El otro orden es el que, desafiando la Constitución y sin encontrar en la Justicia el contrapeso que lo detuviera, instauró el peronismo a partir de 1946: un orden restrictivo para las libertades civiles y permisivo para la concentración y el incremento del poder del Estado.

La sola lectura de la definición de ambas concepciones demuestra que su convivencia es imposible.

Con el correr de los años y a propósito de una Justicia banal que nunca estuvo a la altura de las circunstancias y que nunca tuvo lo que hay que tener para poner las cosas en su lugar declarando inconstitucional (como hubiera correspondido) toda la legislación peronista, el orden restrictivo de los derechos individuales y propulsor del poder estatal se naturalizó y es el que de hecho impera en el país.

La llegada del kirchnerismo al poder profundizó y amplió el alcance de este orden de un modo superlativo. Ese desborde encendió efectivamente las alarmas de la parte verdaderamente democrática de la sociedad que aspira a que el orden que sostiene la Constitución no muera.

Como ambos órdenes, como dijimos, son incompatibles y antagónicos, la grieta social producida entre los bandos que defienden uno u otro modelo se ha hecho irreparable.

Eso NO ocurre en los Estados Unidos. El perfil social descripto en la Constitución no está, no estuvo y no estará en tela de juicio en lo que se llama el “mainstream” (o corriente central de la opinión social) en los Estados Unidos.

Todo el mundo se siente identificado con lo que dice ese documento y 233 años después de su sanción sigue siendo el modelo indisputable de perfil nacional.

Lo que ha ocurrido en los últimos años es que ambos partidos clásicos han visto la irrupción de parcialidades minoritarias extremas de sentido opuesto que han cobrado alguna relevancia. El radicalismo de izquierda en el partido Demócrata y el Tea Party de derecha en el partido Republicano.

No se sabe cuál ha sido la consecuencia reactiva que primero surgió: si el Tea Party como compensación a la aparición izquierdista en los demócratas o ésta como compensación al ala derecha de los republicanos.

Pero con todo, esa realidad no tiene nada que ver con la “grieta” argentina. Repetimos: en Estados Unidos no está en discusión la supremacía del modelo delineado en la Constitución; en la Argentina sí.


En algo tiene razón Trump: los Estados Unidos jamás serán socialistas. Y la Argentina sí se ha convertido en un estado de ese perfil de la mano de un movimiento cuya única diferencia con el socialismo descarado ha sido, como lo confesó su jefe en los ’40, más bien una postura de marketing electoral que lo pusiera semánticamente a salvo del uso de aquella palabra que, en los albores, del peronismo no era bien vista en la Argentina.

El peronismo ha sido taimado hasta en eso: disimuló su nombre bajo el engendro del “justicialismo” para poder venderse a una sociedad en donde la palabra “socialista” no caía bien. Pero como también lo dejó en claro Perón en aquellos años, se proponía la instauración de un “socialismo-nacional” (porque seguramente tampoco se animaron a ir de frente y llamarlo “nacional-socialismo”).

Si pretenden hacerle creer a la gente que los Estados Unidos tienen esa especie de “grieta”, muchachos, rebobinen y empiecen de nuevo. En Estados Unidos pueden estar en competencia estilos, márgenes impositivos, cuestiones relativas al medio ambiente y hasta algunas posturas respecto de las fuerzas del orden. Pero quédense tranquilos: allí la barrabasada de sustituir la Constitución por un orden fascista no existe ni por las tapas. Y en el caso de que alguien lo intente, las instituciones de más de dos siglos de existencia pondrán las cosas en su lugar, porque allí impera la democracia: la verdadera democracia y no una marabunta populista que confunde el gobierno del pueblo con la tiranía del mayor número.

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