Otra oportunidad que nos da la pandemia

Mientras la avanzada comunista sigue trabajando a destajo en el país, presidida por su solapa “digerible” (el rapaz cristinismo), el coronavirus sigue dándonos oportunidades de comprobar la superioridad moral del capitalismo liberal por sobre cualquier otra filosofía política y económica que haya conocido hasta hoy el Universo.

La paralización de actividades y la desesperación que está causando en vastos sectores sociales demuestra palmariamente cómo el funcionamiento social necesita de la espontaneidad automática del mercado para operar  porque cuando éste se paraliza el Estado no puede proveer a las necesidades de la gente de modo satisfactorio.

La libertad provee un orden social espontáneo que utiliza un sistema de señales tácito para la toma de decisiones y la distribución del trabajo, del ingreso, y hasta de las opciones de vida.

Cuando ese mecanismo natural, que tiene mucha conexión con la arquitectura del Universo, se distorsiona por la intervención parcial o total del Estado, el sistema se traba y comienza a dar más problemas que soluciones.


El aislamiento social obligatorio, llevado a límites extremos por el gobierno -que supera largamente lo que en el mundo se conoce como “distanciamiento social”-  ha permitido llevar a un extremo de aplicación práctica lo que ocurriría si el mercado y sus mecanismos espontáneos desaparecieran.

La vida tal como la conocemos y, en muchos casos damos por descotada, se alteraría gravemente.

La situación a la que nos ha obligado el coronavirus es una especie de desiderátum de la servidumbre totalitaria que aspira a una sociedad presa y un Estado omnipotente que poco menos le alcance la comida en la boca a la gente. Ya vemos cómo ese esquema está funcionando. No hace falta que ahondemos en detalles que son harto visibles a esta altura: la pobreza profundizándose en picada.

Por otro lado, el capitalismo liberal construye de modo espontáneo un sistema solidario basado en la autonomía de la voluntad (es decir no impuesto verticalmente por burócratas que “parten, reparten y se quedan con la mejor parte”) y que permite conformar una verdadera red interdisciplinaria, una tela de araña interminable en donde todos colaboran con todos, mientras, al mismo tiempo, cada uno persigue su propio plan de vida individual.

¿Se basa esa solidaridad en el interés propio? ¡Por supuesto que se basa en el interés propio! Cada uno realiza “especulaciones” (perdón por el uso de tantas malas palabras para los oídos de los demagogos populistas) de resultas de las cuales desvía recursos y decisiones que lo acerquen al objetivo de su vida trazado en su propio plan de buscar su propia felicidad.

Para los que quieran ahondar en este mecanismo pueden leer en “La Democracia en América”, de Alexis de Tocqueville, todo el capítulo referido a la “Doctrina del interés propio bien entendido”.

El visionario francés es uno de los filósofos que mejor entendió el funcionamiento acompasado y espontáneo de los sistemas libres y de cómo el acomodamiento instintivo de las voluntades entrelazadas de millones de personas produce resultados socioeconómicos insuperables para cualquier sistema que pretenda basarse en la planificación.

Llegó incluso a darse cuenta de que en los Estados Unidos (país al que fue a estudiar su sistema carcelario por un mes y donde finalmente terminó viviendo 9 meses para producir la que tal vez sea la obra de filosofía política más lograda de Occidente de todos los tiempos) hasta los vicios del hombre eran tan útiles a la sociedad como sus virtudes.

Es decir ese ánimo egoísta por ver cristalizado el plan de vida que la Constitución lo atizaba a delinear hacía que el americano finalmente tejiera un sinnúmero de relaciones “solidarias” y “comunitarias” que los regímenes que pretendían lograrlo a la fuerza no lograban ni de cerca.

Esto es, el perverso capitalista liberal, termina siendo socialmente más útil y más empático que el “solidario” comunista que le entra a impuesto limpio a quien se ganó la plata trabajando.

Para profundizar más la bendición que significa el funcionamiento de una sociedad abierta y libre que, sin que nadie la sojuzgue, construye un entramado social sólido, productivo y resistente, e infinitamente más eficiente que la altanera pretensión de que un grupo de iluminados construya ese orden social desde una alta torre estatal, se puede consultar la monumental obra “La Acción Humana” de Ludwig Von Mises que demuestra la completa inutilidad de la planificación frente al comportamiento espontáneo libre de los seres humanos: el burócrata planificador sería, para la inspiración individual, lo que un conjunto de conos de entrenamiento serían para Messi.

No hay nada que supere el orden libre de la acción humana guiada por el interés propio bien entendido. Cualquier conjunto de burócratas -que encima es mediocre- solo producirá miseria.

Tomen la imagen de este período de excepción como una muestra simulada de lo que sería el ideal social que ellos tienen en mente: una Argentina en cuarentena permanente, gris, encerrada, presa, con un Estado todopoderoso y (teóricamente) proveedor de todo. ¿Qué tal? ¿Cómo la ven?

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