Otra de Cafiero

El jefe de gabinete, Santiago Cafiero, sigue entregando frases para la historia. Para la historia de la ignorancia, claro está.

En el Senado dijo textualmente: “Las inversiones van donde hay demanda, no donde se bajan los impuestos”.

Uno no sabe si Cafiero se entrena para decir sandeces o si estos son sinsentidos le salen de modo natural, pero sea de una manera u otra lo mejor que puede decirse de él es que es un burro.

Cualquier otra opción -si esa no nos conformara- sería peor para Cafiero. De modo que lo mejor par él es seguir suponiendo que es un ignorante.


El tema es que el jefe de gabinete de una nación, la figura que, según la Constitución de la Argentina reformada en 1994, es el jefe de la Administration, sea un ignorante es un lujo que el país no puede darse.

Los impuestos impactan directamente en los precios y los precios son inversamente proporcionales a la demanda que tanto le preocupa a Cafiero: a mayores precios menos demanda; a menores precios más demanda.

No hay que ser un egresado de Harvard para darse cuenta que la demanda cae cuando los impuestos aumentan. La simplificación impositiva atrae inversores por razones tan obvias que no sé, francamente, si hace falta explicarlas.

La Argentina -que asombró al mundo a poco de constituirse-tenía apenas cinco impuestos, según las sabias enseñanzas del sistema económico y rentístico creado por Alberdi. Con ese esquema el país atrajo inversiones, brazos e inteligencias que lo llevaron a convertirse en el faro del hemisferio sur.

No es muy difícil de entender la idea que la gente va allí donde el Estado no le roba la mayor parte del fruto de su trabajo.

Lo que le ocurre al hombre de trabajo en la Argentina es directamente un atraco, un robo, un asalto. Nadie pondría un dólar fresco en un país como ese.

Australia y Nueva Zelanda copiaron el sistema tributario de la Constitución de 1853. La diferencia entre esos países y la Argentina de hoy es que ellos mantuvieron aquel esquema impositivo y la Argentina lo multiplicó tantas veces como para llevar la carga impositiva actual a la friolera de 170 impuestos.

Solo el gobierno de Fernández, desde que asumió en diciembre de 2019 hasta hoy, creo un impuesto por mes, incluida la creación del más perverso de los impuestos: el que desde su nombre trasmite la idea de que hacerse rico está mal, el “impuesto a la riqueza”.

Por lo demás, si se bajan los impuestos, el ingreso disponible aumenta y con ello también aumenta la demanda de bienes presentes (consumo) y de bienes futuros (inversión). Lo mismo ocurre con el ingreso de las empresas: si los impuestos bajan, sube el retorno y con ello la inversión.

Los inversores van donde hay rentabilidad y seguridad jurídica, es decir, donde, por un lado, pueda hacerse un cálculo económico (gracias a la estabilidad monetaria) que les resulte positivo en la ecuación costo-beneficio; y, por el otro, donde haya un marco regulatorio estable que no cambie todo el tiempo.

Tampoco hay que ser muy despierto para advertir que, dentro de ese marco regulatorio, el orden impositivo es de los que más inciden en las decisiones de los inversores.

Supongan el caso de un extraviado (porque para invertir en la Argentina hay que estar directamente loco) que hubiera decidido invertir en el país en diciembre de 2019: en un año y medio el gobierno de Fernández le multiplicó por 2.5 el precio del dólar, le creó 15 impuestos y le cambió las regulaciones laborales no menos de tres veces (siempre en el sentido opuesto al del trabajo registrado).


Ese tipo quiere salir corriendo de la Argentina. Porque además -y esto dicho más allá del Covid porque habría sido así aún sin

pandemia- es completamente falso que todos esos disparates aumenten la demanda de bienes; al contrario, la pulverizan.

Entonces, el país no puede darse este lujo de tener un ignorante de esta magnitud en un cargo tan decisivo. Somos conscientes que todo funcionario no existe en el gobierno argentino y que la única voz que vale es la de la comandante de El Calafate. Pero el repiqueteo constante de ignorancias como ésta no hace otra cosa que multiplicar la propagación de un mensaje que no conduce a otro sitio que no sea la miseria.

Por Carlos Mira
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