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Occidente y el Islam: se acerca la hora de una decisión

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Se acerca el momento en que Occidente va a tener que tomar una decisión respecto del Islam. Quizás debería haber dicho “del Islam radical”, pero cada vez creo más que esa división se vuelve más y más difusa cada día.

Habrán advertido que dije “Occidente va a tener que tomar una decisión”, como si “Occidente” fuera un cuerpo unido, coherente y que responde a un puñado de valores unívocos que nadie discute. Ese es, precisamente, el primer problema.

Desde hace ya décadas, quienes se han propuesto derrumbar la civilización más progresista que ha conocido la historia humana —una civilización que ha sacado a miles de millones de personas de la escasez y de la incertidumbre médica y que le ha dado al hombre desde el jean y el Velcro hasta la Luna, Internet y el teléfono celular— vienen atacándola desde adentro, como si un enjambre de gusanos quisiera comerle las entrañas.

Esa pudrición ha sido causada, a mi entender, por dos problemas básicos que deben ser atacados cuanto antes para evitar lo que ya se está concretando en varios países de Europa y en varias ciudades norteamericanas: el avance de movimientos islamistas que terminan reclamando la imposición de la ley sharia sobre todos bajo amenaza de violencias físicas y psicológicas de todo tipo.

Los dos problemas son la pusilanimidad y la corrupción, o en muchos casos ambas cosas a la vez.

La pusilanimidad la padecen quienes —proyectándoles las abyectas consecuencias de su cobardía a los demás— por corrección política, por “estar a la moda” o por tenerle pavura a “no estar con lo último”, permiten el accionar de grupos que se aprovechan de esas liviandades y avanzan.

Esos pusilánimes utilizan los principios concebidos por el liberalismo para proclamar una tolerancia de la cual se aprovechan precisamente quienes utilizan nuestras propias leyes para intentar destruir el orden liberal que las hizo posibles.

Ahí tenemos el caso del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, un inmigrante musulmán y marxista, que ha cuestionado públicamente el accionar de las fuerzas del orden cuando estas intervienen frente al uso de espacios públicos por parte de grupos religiosos. ¿Qué ocurriría si un grupo de cristianos o judíos tomara la vía pública para llevar adelante sus rezos a la intemperie en lugar de hacerlos en sus propios templos de oración? ¿Recibirían exactamente el mismo tratamiento? La pregunta no es menor.

Porque uno debería preguntarse hasta dónde llegará la idiotez humana si, en nombre de la Primera Enmienda y de la tolerancia, terminamos aceptando conductas que buscan utilizar las libertades occidentales para restringir las libertades de los demás.

El segundo elemento es la corrupción: la circulación de dinero proveniente de intereses islámicos destinado a comprar voluntades occidentales para convertirlas en poleas de transmisión de un proyecto político y cultural. Artistas, políticos, intelectuales, influencers: nadie debería considerarse exento de la posibilidad de ser utilizado para que la gota china de la autotortura haga tambalear el edificio occidental.

Las escenas que colman las redes sociales, con episodios de intimidación, violencia y atropellos públicos protagonizados por hordas medievales que pretenden hacer retroceder al mundo a la Edad de Piedra, deberían ser suficientes para que alguien haga algo.

La Argentina, por estar en la periferia, siempre tuvo los favores y los disfavores de esa condición geográfica. En este caso debería aprovechar la hora y presentarse como el primer país libre del Islam (ponele) “radical” del mundo.

Debería dejar claro que aquí no se permitirá el aluvión prepotente de un conjunto de emisores de sonidos guturales que pretenden que todos los imiten bajo amenaza de decapitarlos por “infieles”. Esta debería ser una valiente política de Estado, proclamada y gritada a los cuatro vientos para que todo el mundo la conozca.

Víctima de dos atentados terroristas que mataron a más de 130 inocentes, la Argentina debería tomar la delantera en la defensa de los principios de la verdadera pluralidad y de la verdadera tolerancia: de la pluralidad que no admite la pluralidad cuando esa “pluralidad” se propone imponer la uniformidad, y de la tolerancia que no cae en la estupidez de ser tolerante con el intolerante.

La regla de la hora debería ser sencilla: tolerancia cero contra la intolerancia.

No se trata de perseguir a nadie por sus creencias. Se trata, precisamente, de defender el derecho de cada individuo a tenerlas. Pero ese derecho termina donde comienza el intento de imponerlas por la fuerza sobre los demás.

Occidente no puede seguir confundiendo libertad con suicidio, tolerancia con sometimiento ni pluralidad con la obligación de aceptar que una de las partes pretende eliminar la pluralidad. Estamos a tiempo. Después no nos digan que no lo advertimos.

Por Carlos Mira
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