
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
El gobierno de Javier Milei parece haber entrado en el badén más profundo desde que asumió. No necesariamente porque haya perdido el rumbo —eso sería apresurado— sino porque da la impresión de que, por primera vez, el ritmo dejó de ser su principal activo. Y en un proyecto que hizo de la velocidad su marca identitaria, eso no es un detalle menor: es el corazón mismo del problema.
Hasta acá, la lógica había sido clara: shock, decisión, vértigo. Un método que, con aciertos y errores, mantenía a la realidad corriendo detrás del gobierno. Hoy la sensación empieza a invertirse. Los problemas aparecen más rápido de lo que se resuelven, o —peor aún— los que ya estaban abiertos quedan a medio cerrar mientras nuevos frentes se acumulan. No es tanto una crisis puntual como una suma de micro demoras que, en conjunto, empiezan a pesar.
El caso del jefe de Gabinete es paradigmático. La innecesaria prolongación del conflicto lo fue empujando al gobierno contra las cuerdas, en un rincón incómodo del que no termina de salir. A esta altura, la duda no es solo por qué no se resolvió antes, sino si la decisión de sostener la situación responde a una convicción estratégica o a la dificultad de admitir un costo político. En ese marco, la figura de Manuel Adorni queda atrapada en una tensión que el propio oficialismo generó y no logra desactivar.
Algo similar ocurre con el transporte. Las empresas de colectivos venían advirtiendo desde hace meses que el sistema iba hacia un punto de estrés. No fue un rayo en cielo sereno. Sin embargo, la reacción llegó tarde. Y cuando llegó, lo hizo en un contexto más complejo, agravado por el impacto internacional del conflicto en Medio Oriente, que tensiona costos y expectativas. El resultado es el que hoy experimentan los usuarios: incertidumbre, deterioro del servicio y una sensación de desorden que erosiona la credibilidad.
Estos episodios, tomados aisladamente, podrían parecer manejables. El problema es su acumulación. Cada demora, cada conflicto estirado innecesariamente, cada interna mal resuelta va generando un clima de malhumor social que no siempre se mide en encuestas pero que se percibe en la superficie. Y ese clima tiene una consecuencia política directa: acorta el margen de paciencia.
Porque las reformas —sobre todo las estructurales— no producen resultados inmediatos. Exigen tiempo, tolerancia y, sobre todo, confianza en que detrás del esfuerzo hay una conducción que sabe lo que hace y que reacciona cuando algo se desvía. Cuando esa percepción se debilita, el crédito social empieza a consumirse más rápido de lo que se repone.
En ese contexto, las internas resultan un lujo que el gobierno no puede darse. Y sin embargo, aparecen. Muchas veces alimentadas por celos menores, por disputas de protagonismo o por diferencias que deberían resolverse puertas adentro. Es un contrasentido difícil de explicar: un equipo que se propuso llevar adelante una reforma casi copernicana —no solo normativa, sino cultural— no puede permitirse comportarse como una suma de individualidades en competencia.
El riesgo, entonces, no está únicamente en los problemas concretos sino en la señal que se transmite. Si el Presidente no logra recuperar la iniciativa —no solo con resultados tangibles sino también con gestos claros de conducción y velocidad de reacción— el escenario puede volverse más delicado. Porque al tiempo natural que necesitan las reformas para mostrar sus beneficios se le suman factores externos, como la inestabilidad derivada de Irán y su área de influencia, que introducen ruido adicional en una economía todavía frágil.
Y hay un dato que no conviene ignorar: hoy el rumbo del cambio se sostiene, en gran medida, más por la ausencia de una alternativa viable que por la expectativa que genera el presente. Es un sostén débil, contingente. No alcanza con que no haya otra opción. Hace falta que la propia opción recupere capacidad de seducción.
La política, como la economía, también tiene sus tiempos. Y cuando esos tiempos se desacoplan, el margen de error se achica. Milei todavía está a tiempo de corregir. Pero para hacerlo necesita volver a aquello que lo llevó hasta acá: decisión, claridad y, sobre todo, velocidad. Porque en este momento, más que nunca, gobernar lento empieza a parecerse demasiado a quedarse quieto.


Gran diagnostico. Espero que los lean en el Gobierno, seria un lastima desperdiciar lo logrado.