
Carlos Mira, The Post FMGN Press
¿Cuál es la parte que no se entiende de que el secreto para mejorar la condición social de una persona es el trabajo bien hecho, el esfuerzo y la dedicación?
La pregunta parece elemental. Sin embargo, en la Argentina se ha convertido en uno de los grandes misterios nacionales. Porque mientras una parte importante de la sociedad desprecia esas virtudes en la vida cotidiana, al mismo tiempo se deshace en aplausos ante el hombre que representa exactamente esos valores.
La exhibición que Lionel Messi dio ayer, a semanas de cumplir 39 años, debería ser una prueba irrefutable. No de su talento, que ya es una obviedad, sino del método que lo llevó hasta donde está. Veinte años en la cima del deporte más competitivo del mundo no son el resultado de la suerte, del azar, de la improvisación o de la viveza criolla. Son el producto de una disciplina casi obsesiva, de una ética del trabajo y de una decisión permanente de superarse a sí mismo.
Es cierto que Messi es un superdotado. Sería absurdo negarlo. Pero precisamente allí aparece una verdad que muchos prefieren ignorar: los seres humanos no somos iguales. Nunca lo fuimos. Hay personas con talentos extraordinarios y otras con capacidades más limitadas. Hay quienes corren más rápido, quienes piensan mejor, quienes crean belleza y quienes producen riqueza con mayor facilidad.
La desigualdad es un dato de la naturaleza, no una conspiración política.
Lo interesante de Messi es que, aun siendo un privilegiado desde el punto de vista de sus condiciones naturales, jamás descansó sobre ellas. Mientras otros futbolistas de enorme talento desaparecieron después de unos pocos años, él siguió trabajando. Mientras muchos de sus competidores se conformaban con haber llegado, él continuó preparándose para mantenerse. Mientras otros disfrutaban del éxito, Messi seguía construyéndolo.
¿Por qué los argentinos aceptan con absoluta tranquilidad esa desigualdad y la celebran cuando lleva la camiseta de la Selección, pero parecen incapaces de aceptar que la vida misma es desigual y que son precisamente las personas extraordinarias las que elevan el nivel de toda la sociedad?
El mismo país que idolatra a Messi suele desconfiar del empresario exitoso, del profesional brillante, del científico destacado o del emprendedor que prospera. El mismo pueblo que se emociona con las genialidades del capitán argentino suele sostener un discurso donde sobresalir es sospechoso y donde el éxito ajeno merece más envidia que admiración.
La contradicción no termina allí.
Tampoco resulta sencillo entender por qué los argentinos reivindican en buena parte de su cultura popular la vagancia, el atorrantismo y, en algunos casos, directamente la delincuencia y la marginalidad. El cancionero de ciertos ambientes, las expresiones artísticas que reciben veneración y una parte importante del imaginario colectivo convierten al transgresor en héroe y al responsable en un personaje aburrido.
Sin embargo, aquello que se aplaude en Messi es exactamente lo contrario.
Messi no sería Messi si hubiera organizado su carrera atando las cosas con alambre. No sería Messi si hubiera despreciado el entrenamiento. No sería Messi si hubiera llegado tarde, si hubiera creído que el talento alcanza, si hubiera pensado que sus problemas eran siempre culpa de otros o si hubiera esperado que alguien resolviera por él los desafíos de su vida.
Toda su carrera es una reivindicación de la responsabilidad individual.
Es, en definitiva, la demostración práctica de que el esfuerzo sistemático produce resultados extraordinarios.
Tal vez por eso el fútbol pone en evidencia, de una manera tan dramática, algunas de las grandes incoherencias argentinas. Porque durante noventa minutos millones de personas vitorean valores que después parecen olvidar cuando llega el momento de organizar la vida social, económica o política del país.
Cada uno, en la intimidad de su conciencia, debería preguntarse qué es lo que realmente admira de Messi. Si admira solamente el gol, el pase imposible y la gambeta, o si admira el proceso que hizo posible esas maravillas.
Porque la distancia entre “la forma de ser argentina” y lo que Messi representa como producto del deporte tiene consecuencias que van mucho más allá del fútbol. Esa escisión entre lo que se anhela y lo que se está dispuesto a hacer para conseguirlo termina trasladándose a las decisiones colectivas de una sociedad que parece incapaz de conectar los medios con los fines.
Se sueña con el éxito, pero se desprecia la disciplina.
Se reclama prosperidad, pero se sospecha del mérito.
Se festeja la excelencia, pero se relativiza el esfuerzo.
Quizá el verdadero legado de Messi no esté en los récords que seguirá rompiendo ni en las copas que levantó. Quizá su enseñanza más importante sea mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más incómoda: que las sociedades, igual que las personas, no llegan a ningún lado por casualidad.
Llegan cuando hacen, día tras día, aquello que dicen admirar.

