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Menús

Ayer comentábamos en estas columnas la idea de que no hay países “condenados” por otros o por algún conjuro siniestro del Universo o de tenebrosas organizaciones transnacionales.

Hacíamos el comentario a partir de la frase del presidente en la reunión por el cambio climático en Glasgow según la cual aspiraba a que su “voz representara el grito desesperado de los condenados de la Tierra”.

Ayer decíamos que los países se condenan solos, que no necesitan que nadie los mande al descenso sino que ellos solos, con las decisiones que toman eligiendo determinados tipos de leyes para que los gobiernen, hacen que su horizonte sea el bienestar o la carencia.

Partíamos de la idea de que el desarrollo de la ciencia económica y jurídica del mundo ha entregado a la humanidad una especie de menú de opciones de libre disponibilidad para que los países elijan por cuál sistema socioeconómico quieren gobernarse.

Los países, en el fondo, son diferentes porque se rigen por leyes distintas y mientras unas los inclinan a la afluencia, al bienestar y al desarrollo otras los arrastran a la decadencia y a la pobreza.

Salvo que un país fuera atacado, entonces, por una especie de tara colectiva que lo lleva a elegir la opción de sistema que lo lleva a la miseria, parecería bastante sencillo eludir esas calamidades por la vía de elegir la opción correcta en el menú.

Sin embargo, los problemas empiezan cuando uno advierte que la ley (el orden jurídico, el sistema económico y social representado por las leyes) no es el último eslabón de la cadena que separa a los países de la alternativa entre el desarrollo y la carencia.

En un restaurante también hay menús con diversas opciones de libre elección. Algunas de esas comidas, sin embargo, pueden contener ingredientes que nos hacen mal. No obstante, las elegimos porque nos gustan. ¿Y por qué nos gustan? Bueno, esa es una pregunta clave cuya respuesta subyace en los pliegues íntimos de la química de nuestro cuerpo frente a la cual sólo podemos oponer nuestra firme voluntad consciente para que, pese a la enorme inclinación “química” que sentimos por elegir esa comida, nos abstengamos y elijamos la que nos hace mejor.

Como se ve, se trata, en mucha medida, de una decisión contranatura: estamos yendo contra lo que nos dicta nuestra química (nivel inconsciente o subconsciente, nuestro yo verdadero), porque, a nivel consciente, aceptamos que otra comida nos va a hacer mejor.

Con la elección de órdenes jurídicos y socioeconómicos sucede lo mismo. Es cierto que el desarrollo de la ciencia nos permite saber de antemano qué orden jurídico produce desarrollo (la comida que nos hace bien) y qué orden jurídico produce miseria (la comida que nos hace mal). Pero, finalmente, lo que terminemos eligiendo será el resultado de una “guerra intestina” con nosotros mismos que dirima la cuestión entre lo que nos atrae y lo que nos hace bien.

En el caso de las comidas, ya lo dijimos, esa “guerra” se libra entre la química de nuestro cuerpo y nuestra voluntad. En el caso de la elección de órdenes jurídicos por parte de los países esa “guerra” se libra entre las costumbres, tradiciones y creencias de los países (algo que genéricamente podríamos llamar su “cultura”) y el imperativo consciente de elegir el conjunto de normas cuyo desenlace casi ineludible es el desarrollo (algo que genéricamente podríamos llamar “conveniencia”).

Esta elección es constante: todos los días se debe librar la lucha entre la “cultura” y la “conveniencia” hasta que la repetición sistemática, de generación en generación, de la opción por la “conveniencia” se convierta en una nueva “cultura”.

La Argentina estuvo frente a este brete consciente luego de la batalla de Caseros. En esa oportunidad se presentaban frente a ella las opciones “fiscalistas” (como las llamaría Alberdi, y que hoy llamaríamos de fuerte intervención estatal en la vida de los ciudadanos) y las opciones “liberales” (que se basaban en una fuerte confianza en fuerzas propias de los individuos y de la sociedad privada)

Las opciones “fiscalistas” coincidían con lo que la Argentina había conocido siempre (desde su vida pre-independiente hasta la sucesión de gobiernos desde 1810 hasta esa fecha) y eran, en esa misma medida, perfectamente compatibles con su “cultura”: eran la “comida que nos gustaba” porque era lo que la “química de nuestro cuerpo” había comido siempre.

Las opciones liberarles estaban identificadas con las ideas comprendidas en la Constitución de los Estados Unidos que básicamente invertía lo que era el orden que la Argentina había conocido hasta ese momento: lo importante eran las personas y no el Estado y este debía estar seriamente limitado para impedir que avance sobre las libertades individuales. Era la comida que no nos gustaba pero la que nos hacía bien.

La historia es conocida. La Argentina eligió la comida que no le gustaba pero la que le iba a hacer bien. ¡Y le hizo bien! ¡De hecho, muy bien!

Prácticamente copió la Constitución norteamericana y en cincuenta años el país pasó de ser un desierto infame y pobre a encabezar el ranking mundial de PBI per cápita. Florecían el comercio, la exportación, la inmigración, las industrias, el campo, la educación, la cultura. Se instalaron empresas, fábricas, se incentivó la creatividad individual y los argentinos patentaron decenas de inventos, empezando por la primera cosechadora mecánica del mundo. Buenos Aires se convirtió en una capital sofisticada y el país alcanzó un PBI que era más alto que todo el PBI del resto de América Latina combinada, incluido Brasil.

Cuando la Constitución se acercaba a su centenario y a pesar de los barquinazos producidos por la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión de 1929, el país aún se encontraba entre las 10 economías más grandes de la Tierra; participaba en más del 3% del comercio global total (esto quiere decir que de cada 100 dólares que se comerciaban en el mundo 3 eran argentinos [hoy no llega a 20 centavos]) y no había pobreza, al contrario, había trabajo y oportunidades.

La historia que siguió también es conocida: de pronto entramos a un restaurante, vimos de nuevo aquella comida que tanto nos gustaba cuando éramos chicos y la volvimos a elegir. La decadencia no se detuvo desde entonces. Nuestra “cultura” fundacional nos volvió a arruinar. El naZionalismo barato infectó cada poro de la piel argentina y el resultado es el que vemos hoy.

¿Habrá otra oportunidad para volver a elegir la comida que no nos gusta pero que nos hace bien?

Solo Dios lo sabe.

Por Carlos Mira
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2 thoughts on “Menús

  1. Eduardo Landin

    Tengo 63 años y ninguna esperanza. País perdido el nuestro con gran parte de su población con el cerebro lavado, incapaz de distinguir entre el bien y el mal.

    Responder
  2. Alberto

    Cuánta razón Carlos en tus comentarios.
    Pero se perdió, por ahora la batalla cultural, ganó Gramsci.
    Hay que empezar a desandar el camino especialmente en la facultad de Derecho,donde Zaffaroni dejó secuaces.
    Y aunque parezca imposible, volver a cambiar la Constitución para eliminar al Consejo de la Magistratura, que no sirvió para lo que se lo instituyó sino para un intercambio de figuritas, con la complicidad de no respetar el orden establecido en los exámenes de selección.Ellos no son responsables de un fraude ?
    Constitución nueva con revocatoria de mandatos y enmiendas, como la de EEUU

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