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Mas allá de Florencia Peña

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Cualquiera que me siga desde hace algún tiempo sabía de qué iba a hablar hoy.

Era imposible dejar pasar el exabrupto de Florencia Peña. No tanto por el disparate en sí, que en la Argentina de estos tiempos ya casi no sorprende, sino por el contraste obsceno entre la violencia de sus palabras y el papel de víctima desconsolada que eligió interpretar cuando descubrió el escándalo que había provocado.

El libreto es viejo. Se provoca, se insulta, se divide, se agrede y, cuando llega la respuesta, se activa el protocolo del llanto y la persecución. Pero Florencia Peña es apenas un síntoma. El problema es mucho más profundo.

Hace tiempo que una parte del kirchnerismo decidió emprender una cruzada cultural contra todo aquello que represente mérito, orden y excelencia. Y en ese plan de demolición, la Selección Argentina y Lionel Messi se transformaron en objetivos inevitables.

No les perdonan el éxito.

No les perdonan haber construido un equipo donde juega el que está mejor. No les perdonan que Lionel Scaloni haya instaurado un principio que resulta casi revolucionario para cierta cultura política argentina: aquí no manda la demagogia; aquí manda el mérito.

Sí, señores. En la Selección impera una aristocracia en el sentido clásico del término: el gobierno de los mejores. No hay asambleas. No hay cupos. No hay relatos. No hay lugar para la sensiblería.

Juega el que rinde.

Y ese concepto, que debería ser natural en cualquier competencia seria, resulta una herejía para quienes han construido una cosmovisión basada en la idea de que el esfuerzo es sospechoso y que el éxito siempre es producto de algún privilegio.

La Selección de Scaloni es exactamente lo contrario. Allí no gana el tramposo. No gana el transgresor profesional. No gana el que vive violando las reglas y después exige comprensión. Gana el que juega mejor. Gana el que trabaja más. Gana el que entiende que el talento individual sólo sirve si se pone al servicio de un equipo.

Y eso no se lo perdonan.

Porque enfrente está el modelo que durante años se quiso vender como una filosofía de vida: el de la rebeldía vacía, el conflicto permanente y la transgresión elevada a categoría moral.

Diego Maradona fue un genio futbolístico que llenó de alegrías a generaciones enteras, incluida la mía. Sería absurdo negarlo. Pero también representó una idea de la vida que terminó glorificando la ruptura de límites, la confrontación como método y una suerte de romanticismo de los excesos que demasiados confundieron con libertad.

Messi representa exactamente lo contrario. Disciplina. Familia. Esfuerzo. Silencio. Trabajo. Superación. Respeto. Por eso molesta tanto.

Por eso se intenta instalar, desde hace tiempo, que esta Selección ya no genera el mismo vínculo emocional que la de Qatar. Como si el problema fuera futbolístico. No. El problema es otro.

En el fondo de esa tirria hay quienes jamás le perdonarán a Messi ciertas decisiones personales, ciertos gestos públicos o simplemente el hecho de no haber aceptado el papel de ídolo militante que algunos pretendían asignarle.

Lo presentan como un desclasado. Hablan de un plantel de millonarios como si los personajes políticos que suelen admirar vivieran modestamente y no hubieran hecho del poder un formidable mecanismo de acumulación patrimonial.

También les reprochan a los jugadores no opinar sobre los problemas del país. ¿Por qué tendrían que hacerlo? ¿Desde cuándo un delantero debe transformarse en analista político para merecer el afecto popular?

Lo que se les reclama no es honestidad intelectual. Se les reclama demagogia. Que digan lo que no sienten para satisfacer a una tribuna ideológica. Y como no lo hacen, se los condena.

Pero hay otra dimensión de este fenómeno que también merece atención. La degradación del periodismo.

La sociedad parece celebrar una explosión de amateurismo comunicacional donde cualquiera que haga una mueca frente a un micrófono puede convertirse en referente.

La vida de las redes sociales y en los streamings ha transformado la comunicación en una carrera desesperada por acumular seguidores. Y en ese altar barato se sacrifican el rigor, el conocimiento y la profesionalidad.

A codazos de ignorancia se desplaza a periodistas que, con todos sus defectos, al menos fueron educados en la escuela de las fuentes, del chequeo y de cierta responsabilidad frente a la palabra pública.

Hoy Estados Unidos está lleno de streamers e influencers argentinos que recorren eventos internacionales financiados por anunciantes fascinados con las métricas digitales mientras muchos periodistas que dedicaron una vida entera a su profesión miran esos mismos acontecimientos por televisión.

No es una cuestión de edades. Es una cuestión de estándares. El problema no es que existan nuevas plataformas. El problema es premiar la improvisación y castigar el profesionalismo.

Y aquí aparece la verdadera responsabilidad. Después de un escándalo es sencillo poner a Florencia Peña -que admitió personalmente que “de esto no sabe nada”- en la parrilla y cocinarla a fuego lento. Pero quienes hicieron posible ese espectáculo son otros. Son quienes confundieron popularidad con talento. Son quienes creyeron que los seguidores reemplazan a la preparación. Son quienes financiaron el amateurismo porque parecía rentable.

Toda moda sostenida por dinero termina cuando el dinero se acaba. Sin presupuestos para sostener la idiotez, la idiotez se termina.

Los responsables del marketing y de la publicidad tienen una responsabilidad enorme en este proceso. Porque nadie es completamente inocente en esta historia. Y la sociedad que glorifica a esos deforestados mentales enviándole un mensaje claro a los que ponen la plata en el sentido de “esta basura es lo que queremos ver, así que finánciala, porque es ahí donde voy a ver tu producto”, tampoco.

La familia Messi representa un modelo social incómodo para demasiada gente en la Argentina. Una familia estable. Una carrera construida con esfuerzo. Un hombre que evita el escándalo. Un éxito conseguido trabajando.

Y hay sectores que parecen convencidos de que ese ejemplo debe ser demolido. Aunque en el intento destruyan algo mucho más importante.

Porque cuando una sociedad decide castigar el mérito y premiar la improvisación; cuando ridiculiza la excelencia y glorifica la vulgaridad; cuando desprecia al profesional y convierte en héroe al improvisado, no está atacando solamente a Messi. Está atentando contra su propia posibilidad de ser un país mejor.

Y ése, mucho más que cualquier exabrupto televisivo, es el verdadero escándalo argentino.

Por Carlos Mira
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