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Los monstruos de la economía: cinco ideas para entender los males que produce el intervencionismo

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

En ocasión de la reciente celebración de Halloween, el Instituto Independiente, que dirige el argentino Gabriel Gasave, tuvo la original idea de producir un ocurrente posteo de Instagram resumiendo cinco de los grandes monstruos de la economía. Aquí analizamos cada uno de ellos y las ideas de los pensadores que, desde distintas perspectivas, dedicaron buena parte de su obra a explicar los peligros que acechan a las sociedades cuando el poder político interfiere en el funcionamiento de los mercados y en las decisiones individuales.

La propuesta tiene un mérito adicional: detrás de una presentación visual atractiva y de un lenguaje propio de Halloween, aparecen algunas de las discusiones económicas más importantes de los últimos dos siglos. Impuestos, burocracia, inflación, intervencionismo y concentración del conocimiento en manos del Estado son cuestiones que siguen teniendo una enorme vigencia.

Veamos de qué se trata.

1. El verdadero terror fiscal: Frédéric Bastiat y los costos invisibles de los impuestos

<PRIVATE_PERSON>El primer monstruo tiene nombre y apellido: el peso de los impuestos sobre la actividad económica.

El economista francés Frédéric Bastiat (1801-1850) fue uno de los grandes exponentes del pensamiento liberal clásico. Su aporte más conocido en esta materia es la distinción entre aquello que se ve y aquello que no se ve.

Cuando el Estado recauda impuestos, lo visible suele ser la obra pública, el subsidio, el programa estatal o el servicio que se financia con esos recursos. Lo que generalmente permanece oculto es aquello que los ciudadanos y las empresas dejaron de hacer porque ese dinero ya no está disponible para sus propias decisiones.

Bastiat advertía que toda intervención económica debe analizarse considerando no solamente sus efectos inmediatos y visibles, sino también sus consecuencias indirectas y las oportunidades que se pierden.

Un impuesto no representa simplemente una transferencia de dinero de un particular al Estado. También puede significar una inversión que no se realizó, un empleo que no se creó, una empresa que no pudo crecer o un consumo que debió postergarse.

Su célebre reflexión sobre lo que se ve y lo que no se ve sigue siendo una herramienta fundamental para comprender el verdadero costo de las decisiones fiscales.

El monstruo, entonces, no es solamente cuánto recauda el Estado, sino todo aquello que una sociedad deja de producir, invertir y desarrollar como consecuencia de esa extracción de recursos.

2. Drácula y los impuestos: Murray Rothbard frente a la tributación obligatoria

El segundo monstruo tiene características vampíricas. Se alimenta de los recursos que producen los individuos y que, según la perspectiva de Murray Rothbard, deberían permanecer bajo el control de sus legítimos propietarios.

Rothbard (1926-1995), economista e intelectual estadounidense, fue uno de los principales exponentes del anarcocapitalismo y de la Escuela Austríaca. Su pensamiento llevó la defensa de la propiedad privada y de los intercambios voluntarios hasta sus últimas consecuencias.

Para Rothbard, la tributación obligatoria constituye una forma de coerción incompatible con el principio de propiedad individual. A diferencia de otros liberales, que admiten determinadas funciones fiscales del Estado, Rothbard cuestionaba la legitimidad misma de la recaudación compulsiva.

Su planteo obliga a formular una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto puede el Estado disponer de los recursos que los ciudadanos obtienen mediante su trabajo, sus inversiones y sus actividades económicas?

La cuestión no se limita a discutir si los impuestos son altos o bajos. Se trata de determinar cuáles son los límites del poder estatal frente a los derechos individuales.

Su posición es radical y no representa necesariamente a todas las corrientes liberales, pero constituye una de las críticas más profundas que se han formulado contra la tributación obligatoria.

El Drácula fiscal representa, en definitiva, la idea de que el Estado puede apropiarse de una porción creciente del esfuerzo de los ciudadanos sin que estos tengan una posibilidad real de negarse.

3. El zombi burocrático: Ludwig von Mises y el Estado que vive de sus propios procedimientos

Hay monstruos que no necesitan sangre ni dinero para sobrevivir. Les alcanza con alimentarse de formularios, expedientes, sellos, autorizaciones y procedimientos interminables.

Ese es el zombi burocrático que Ludwig von Mises (1881-1973), uno de los grandes referentes de la Escuela Austríaca, analizó en profundidad.

En su obra Burocracia, Mises explicó las diferencias fundamentales entre la administración empresarial y la gestión burocrática.

En una empresa que opera en un mercado competitivo, las decisiones pueden evaluarse mediante el sistema de ganancias y pérdidas. Los resultados permiten determinar si los recursos están siendo utilizados de manera eficiente o si es necesario modificar el rumbo.

En cambio, una administración estatal no cuenta necesariamente con ese mecanismo de evaluación. Su funcionamiento suele estar determinado por reglamentos, presupuestos, jerarquías y procedimientos administrativos.

Esto no significa que toda burocracia sea inútil ni que las empresas privadas estén siempre bien administradas. El problema aparece cuando el cumplimiento de las reglas termina convirtiéndose en un objetivo en sí mismo, desplazando la búsqueda de resultados.

El funcionario puede llegar a considerar que su tarea está cumplida cuando completa correctamente el procedimiento, aunque el ciudadano siga esperando una solución.

El monstruo burocrático tiene una particularidad: nunca muere por sí solo. Por el contrario, suele crecer con cada nueva regulación, cada organismo creado y cada trámite que se incorpora al sistema.

4. El fantasma de la inflación: Milton Friedman y la pérdida del poder adquisitivo

Pocos fenómenos económicos tienen un impacto tan directo sobre la vida cotidiana como la inflación. Y pocos economistas dedicaron tanto esfuerzo a explicar sus causas como Milton Friedman (1912-2006).

El economista estadounidense, referente de la Escuela de Chicago y Premio Nobel de Economía en 1976, dejó una de las definiciones más conocidas sobre este fenómeno: la inflación es, esencialmente, un fenómeno monetario.

Su argumento central sostiene que un crecimiento excesivo de la cantidad de dinero en circulación, en relación con la producción de bienes y servicios, puede generar un aumento persistente del nivel general de precios.

La inflación funciona como un fantasma porque no siempre se percibe de inmediato en toda su dimensión. Sin embargo, aparece cada vez que el consumidor descubre que el mismo dinero alcanza para comprar menos productos y servicios que antes.

Sus efectos son particularmente perjudiciales para quienes tienen ingresos fijos, ahorros en moneda local o escasa capacidad para protegerse de la pérdida del poder adquisitivo.

También distorsiona las decisiones de inversión, dificulta la planificación económica y genera incertidumbre sobre el futuro.

Friedman cuestionó reiteradamente las políticas monetarias expansivas que pretendían estimular artificialmente la economía y terminaban alimentando procesos inflacionarios.

El fantasma de la inflación tiene una característica especialmente perversa: puede destruir silenciosamente el valor del esfuerzo acumulado durante años.

5. La casa embrujada de la economía: Friedrich Hayek y los límites del conocimiento estatal

El último monstruo habita en una casa aparentemente sólida: el Estado convencido de que puede conocer, organizar y dirigir todos los aspectos de la economía.

Friedrich Hayek (1899-1992), economista y filósofo austríaco-británico, también galardonado con el Premio Nobel de Economía en 1974, dedicó buena parte de su obra a explicar por qué ninguna autoridad central puede reunir todo el conocimiento necesario para coordinar una economía compleja.

Su argumento se conoce como el problema del conocimiento disperso.

La información económica no está concentrada en una oficina gubernamental ni puede recopilarse íntegramente en un ministerio. Se encuentra distribuida entre millones de personas, empresas, consumidores y productores que conocen circunstancias particulares de tiempo y lugar.

Los precios, en un mercado libre, funcionan como señales que permiten coordinar esas decisiones individuales sin necesidad de que una autoridad central determine qué debe producirse, en qué cantidad y a qué precio.

Cuando el poder político pretende sustituir ese proceso por una planificación centralizada, corre el riesgo de tomar decisiones basadas en información incompleta y de generar distorsiones que terminan perjudicando a toda la sociedad.

Hayek no sostenía que los mercados fueran perfectos ni que toda intervención estatal fuera necesariamente injustificable. Su advertencia apuntaba a algo más profundo: los límites del conocimiento humano y el peligro de la arrogancia de quienes creen poder diseñar desde arriba el funcionamiento de una sociedad entera.

La casa embrujada de Hayek es, precisamente, aquella en la que el Estado pretende saberlo todo, decidirlo todo y controlar todos los resortes de la actividad económica.

Los monstruos siguen entre nosotros

La original propuesta del Instituto Independiente tiene la virtud de presentar, con humor y creatividad, cinco problemas que están lejos de pertenecer al pasado.

Bastiat nos recuerda que detrás de cada impuesto existen oportunidades perdidas. Rothbard cuestiona los fundamentos de la tributación obligatoria y reivindica la propiedad privada. Mises advierte sobre una burocracia que puede terminar justificándose a sí misma. Friedman explica cómo la expansión monetaria puede erosionar el poder adquisitivo. Y Hayek señala los límites del conocimiento de cualquier autoridad que pretenda dirigir la economía desde un centro de poder.

Son cinco miradas diferentes, con matices y hasta profundas discrepancias entre sus autores, pero unidas por una preocupación común: los riesgos que aparecen cuando las decisiones individuales, la propiedad privada y los mecanismos de coordinación del mercado quedan subordinados a un poder político que pretende controlar más de lo que realmente puede conocer y administrar.

Halloween ya pasó, pero estos monstruos no desaparecen cuando termina la noche del 31 de octubre.

Algunos sobreviven en los presupuestos públicos, otros en los despachos ministeriales, otros en las máquinas de imprimir dinero y otros en la convicción de que siempre habrá alguien capaz de planificar mejor la vida económica de millones de personas.

Y quizás allí resida la mayor enseñanza de esta original iniciativa: los monstruos de la economía no pertenecen al mundo de la fantasía. Sus consecuencias se sienten todos los días en el bolsillo, en el trabajo, en el ahorro y en las oportunidades de los ciudadanos.

Por Carlos Mira
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