Las tres plagas del momento

El representante español ante el Parlamento Europeo, Esteban González Pons,  acaba de asegurar que los peligros del momento no se limitan al virus. A los estragos que viene produciendo esta plaga originada con todas las sospechas que el mundo podría tener, hay que sumarle el nacional-populismo y la mentira.

En efecto ambas bacterias están produciendo tanto o más daño que el coronavirus. Tomemos la mentira, por ejemplo. ¿Quién puede creerle a un gobierno fachocomunista, como el chino, que, como sabemos, como todo comunismo, es tan inútil e inservible que no duda en obtener por la malicia lo que no podría lograr por la eficiencia.

China se ha dedicado al robo sistemático de la propiedad intelectual por décadas. Ha robado a mansalva secretos de occidente en todas las formas disponibles del conocimiento. Su innata incapacidad de innovación no les deja otro camino que la copia, lisa y llana.


Diseccionan inventos imaginados y producidos por otros y simplemente los copian. Mal primero. Muy mal. Se rompen, no duran. Son una estafa. Pero mientras amarrocan dinero y perfeccionan el producto.

Esto lo vienen haciendo en los últimos 35 años por lo menos.

Mantienen a su pueblo en un encierro permanente. Desarrollaron (copiándolos obviamente) espejos de los productos occidentales pero solo para sus esclavos: un Facebook propio, un Whatsapp propio, un Amazon propio, un Google propio.

Cuando se desató el virus originado por ellos, literalmente cazaban a la gente por la calle con especies de redes (como gigantescas copias de los cazamariposas) y las encerraban o quiera Dios saber qué hacían con ellas.

Tuvieron la cara lo suficientemente dura como para decirle al mundo que semejante epidemia no había llegado a sus ciudades principales, Beijing y Shanghai, porque el cerco de servidumbre que tejieron sobre Wuhan fue lo suficientemente eficiente como para impedirlo.

Reportaron 3000 muertes. ¡Por Dios! ¡Tres mil muertes! Ahora dicen que quizás hayan sido algunas más.

Otros dicen que ocultaron efectos colaterales del coronavirus para vender “respiradores” (“ventiladores” en la jerga médica) lo que llevó en principio a Italia, principalmente a tener muertos por otras insuficiencias, mientras los médicos se preocupaban por “ventilar” a los pacientes, en medio del colapso del sistema.

Está ha sido la fuente del problema y la de las primeras informaciones: un país que cuenta en su solo territorio con las tres pestes del momento: el virus, el nacional populismo y la mentira.

Y la Argentina no tiene mejor idea que propagar su propaganda enviando un avión (que quién sabe lo que traerá) para buscar “insumos”. Fuentes oficiosas aseguran que como nadie hablaba un inglés decente en la delegación estuvieron a punto de producir un papelón para la historia.

Sucede que “respirador” en inglés se dice “ventilator”, mientras “respirator” es un barbijo similar al 3M: no cargaron el avión con miles de barbijos solo por segundos.

Sigamos ahora por el nacional populismo al que tan afectos somos los argentinos. Si no entendemos la amenaza a la que la democracia está sujeta en este tiempo la perderemos incondicionalmente. Las elecciones periódicas no deben confundirse con la democracia. En la profundización de esa confusión los nacional-populistas son expertos.

La democracia es la limitación constitucional del poder del Estado sobre los ciudadanos, un sistema de frenos y contrapesos para preservar los derechos civiles, la imparcialidad de la Justicia y la alternancia en el gobierno como garantía contra la concentración del poder.

El nacional-populismo ha propagado la creencia en la democracia de masas, en el “borombom” de la “democracia”: el grito, la fuerza bruta, la imposición del más fuerte sobre el que defiende la libertad.

A su favor tienen un componente importante: la libertad y sus amantes son partidarios de la paz, no del conflicto; creen que el desarrollo, la afluencia y la mejora del nivel de vida suceden en un ambiente pacífico. En cambio los nacional-populistas aman el conflicto, la pelea, la “lucha”, el enfrentamiento, la discordia.

Por eso tienen una pasión por la calle que el libertarismo detesta. En ese espacio de nadie avanzan en muchedumbre a fuerza del grito desaforado para pisotear los derechos de los pacíficos.

Nótese que digo de los “pacíficos” y no de las “minorías”. Porque los nacional-populismos siempre han sido minorías prepotentes que se llevaron por delante a los silenciosos.

Así fue con los bolcheviques, los nazis, los mussolinistas (y digo mussolinistas y no fascistas porque fascistas son todos) y también con la izquierda totalitaria argentina enmascarada e infiltrada en otras agrupaciones políticas como forma de encaramarse en el poder. Si alguien se tomara el trabajo de listar los comunistas que están hoy sentados al frente de sillones donde se toman decisiones que restringen los derechos de todos, todos quedaríamos asombrados.

La Argentina puede gambetear a fuerza de detenciones domiciliarias los efectos del virus. Pero no hay dudas que cayó vencida rotundamente frente a las otras dos plagas: la mentira y el nacional-populismo.

A esto el totalitarismo criollo le ha sumado una vertiginosa pasión por el robo. Allí sí que no siguieron el ejemplo chino que al menos sacó a 500 millones de personas de la miseria a la que la había condenado el rapaz comunismo de Mao. Aquí se la robaron toda. Y no paran. Aspiran a quedarse con todo. Con toda la riqueza que los argentinos honrados y trabajadores acumularon durante décadas de trabajo.

Si la sociedad no despierta se la llevarán toda. No quedará nada.

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