
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
La proximidad de la visita del Papa trae una vez más a la superficie un tema recurrente para el catolicismo que, paradójicamente, no ha tenido de parte de la la Iglesia y hacia terceros -no ciegamente comprometidos con sus postulados (no religiosos sino básicamente económicos)- una explicación plenamente satisfactoria.
Me refiero al tema de la pobreza. En lo personal creo que el origen del problema se halla en el hecho de que la Iglesia se involucra en una cuestión de política económica proponiendo una determinada mirada o concepción socioeconómica (la llamada “Doctrina Social de la Iglesia) en la que mezcla consideraciones de economía dura con apreciaciones de sensibilidad religiosa, en un cruce de planos que no necesariamente arrojan claridad a un punto esencial de la que se supone debería ser una de las mayores preocupaciones legitimas de la humanidad como es terminar o reducir a números muy marginales la cantidad de pobres.
En efecto, la Iglesia y el catolicismo en general no han entregado hasta ahora una explicación convincente sobre una evidente incongruencia: su entendible queja por la situación de los pobres y su castigo (a veces con referencias muy duras) a la riqueza material y a los ricos. Si esa incompatibilidad no se resuelve (porque no se puede salir de la pobreza sin que la persona pase a un estado de riqueza material mayor, y no se puede estar bien espiritualmente cuando se pasa a un estado de riqueza material mayor si ese estado está mal visto por la creencia religiosa que la persona tiene) va a ser muy difícil encontrar en la Iglesia un colaborador realmente serio en la búsqueda de una solución al problema.
De nuevo, si quien se pone en un lugar de exigente reclamador de que la situación de los pobres mejore castiga el estado material al que el pobre accedería si dejara de ser pobre, es muy complicado para un operador de buena fe que quiera resolver el problema tener a la Iglesia como un par razonable con quien discutir racionalmente el tema.
Y como fue la propia Iglesia la que se metió en un terreno técnico sobre lo que se su juicio se debería hacer para mejorar la situación de los pobres, eso nos habilita a entrar a ver en qué consiste esa “solución” y que consecuencias prácticas reales traería si fuera aplicada.
Para ser sintético, digamos que la Doctrina Social de la Iglesia parte de la idea de que la riqueza existe pero que, por un principio de egoísmo refractario del espíritu cristiano, fue mal repartida. Por ese proceso unos se llevaron más de lo que les hubiera correspondido (partiendo de un principio de “justicia” que no termina de explicar bien) y otros se llevaron menos. Por lo tanto, según esa doctrina, la “justicia” se restablecería por la vía de sacarle a los que “se llevaron de más” para pasárselo a los que se “llevaron de menos”.
Todo este mecanismo -digamos, “técnico”, que tendría un correlato práctico básicamente en una carga impositiva diferencial- se mezcla con consideraciones de sensibilidad religiosa que enturbian (a mi modo de ver, demagógicamente) el debate, porque uno no sabe si está discutiendo con el corazón o con la cabeza.
Al problema inicial (el de terminar de dirimir si el catolicismo estaría dispuesto a aceptar que un pobre se vuelva rico materialmente sin señalarlo espiritualmente con un dedo de culpa) se le suma otro problema de concepto económico que la Iglesia parece no tener claro, como tampoco lo tienen aquellos que van detrás de una “justicia distributiva” vía la aplicación discrecional de impuestos diferenciales.
Todas estas corrientes sin excepción parten de la base de considerar a la riqueza como una especie de montaña estática de bienes a la conquista de la cual se lanzan todos. Según estas ideas, hay algunos que, valiéndose de herramientas no siempre “justas”, llegan a aquella montaña primero que otros, quedándose por eso, naturalmente con la mayor y la mejor parte de la torta. Visto así, sería hasta lógico castigar a los que “hicieron trampa” para llegar primero y apropiarse de algo que, de haber habido reglas más cuidadas, habría sido repartido de otro modo.
Esta es una concepción completamente errada del mundo. Ni siquiera digo de la economía o de una determinada idea económica: es una visión equivocada de cómo son las cosas en el mundo real: la riqueza NO ES UN CONJUNTO DE BIENES O RECURSOS ESTÁTICOS Y FINITOS. Contrario a creer que la riqueza ES LO QUE ESTÁ, la riqueza es, básicamente, lo que AÚN NO EXISTE, lo que esta por crearse. Es más, si como tácitamente cree la Iglesia Católica, la riqueza fuera LO QUE HAY, la aplicación de su propia tesis conduciría a la conclusion de que una vez repartida toda la riqueza existente, el mundo literalmente moriría.
Como está empíricamente probado que no es así, eso nos pone, una vez más, en el lugar de reclamarle a la Iglesia y al catolicismo que piensen una vez más lo que están diciendo porque, claramente, con lo que han expresado hasta el momento confunden más que lo que contribuyen a la solución de buena fe del problema.
Como habrán notado ya, he hecho referencia más de una vez a la “buena fe”. Efectivamente lo hago porque los términos reales de la discusión aparecen tan claros que no se puede evitar sospechar (al menos) que no habría una total “buena fe” en los planteos que algunos hacen respecto de la pobreza y de los pobres. De nuevo: no puede uno andar por el mundo quejándose por una situación que, si se mejorara, también dejaría disconforme al quejoso porque ahora se ha caído en un terreno “espiritualmente” reprochable. Tenés que ponerte de acuerdo: o querés sacar a los pobres de la pobreza (y no hay otra forma de hacerlo si no es llevándolos HACIA la riqueza) o preferís seguir criticando filosóficamente a la RIQUEZA y entonces abandonas tu demagógica queja por los pobres, que por otra parte, permanecerían en un lugar que vos valoras más desde el punto de vista moral. Se trata de un intríngulis que debe resolver la Iglesia ANTES de subirse a un púlpito desde el cual reclama una solución a un problema que, dados los datos, evidentemente no entiende.
Existe una variante, digamos “etérea” (y como tal, por definición completamente discrecional) que consista en que nos digan: “No queremos mantener a los pobres en la pobreza sino que queremos sacarlos “un poquito” sin que por eso caigan en el avaro deseo de querer más”.
Ah, bueno, bueno, bueno… ¿Pero qué raro menjunje es ese? ¿Algo así como una especie de “pobreza administrada”? ¿Un sistema que me permita a mi decidir hasta dónde puede elevarse la condición social de una persona y, cuando alcance ese limite, cortarle la cabeza? Necesitamos saber si lo que están proponiendo es algo así. Porque si ese fuera el caso, ¿quién carajo soy yo (o ustedes, mejor dicho) para decir “bueno, listo, hasta acá está bien… no podes crecer más en la vida, porque si no Dios se enoja?
Concepciones como estas son las que justamente permiten sustentar la existencia de capitostes “cortadores discrecionales de cabezas” que luego se creen dueños de la vida y del destino de la gente. Lo que Chavez les decía a sus colaboradores: “debemos mantener a los pobres en la pobreza pero con esperanzas…” ¡Qué reverendo hijo de puta! Entonces, ¿estamos alentando esos sistemas?
Sería bueno para que la buena fe en la discusión quede a salvo que estos extremos se aclaren. Porque subirse a una tribuna y despacharse demagógicamente a diestra y siniestra contra la riqueza y los ricos para después exigir sacar a la gente de una condición que, si la dejaran, también la condenaríamos, es intelectualmente deshonesto. En su camino hacia la salida de la pobreza, ¿hacia dónde caminarán los pobres sino hacia un estado social más rico? Y una vez que iniciaron ese camino ¿cual sería el principio de “justicia” en el que se basaría mi poder para decirle “basta, hasta acá llegaste”, sin alterar incluso las libertades democráticas más básicas?
Como se ve, si uno quiere, la visita del Papa no solo trae el boronbonbom callejero sino cuestiones mucho más profundas que sería interesante que alguna vez alguien tenga el coraje de plantear de frente, sin tapujos y sin las correcciones políticas de costumbre, que, como siempre, terminan arruinando todo debate útil.

