La presentación de Macri

Ayer el ex presidente Macri presentó su libro, “Primer Tiempo”, en el Centro de Convenciones de la Ciudad de Buenos Aires. Se trató de un formato que a muchos les debe haber sonado familiar: el autor con un coéquipier (probablemente el ghost writer) desandando el contenido del libro y atando sus capítulos a la vez, a la realidad actual, y a la que cuenta en sus páginas.

Se trató del mismo método utilizado por Cristina Fernández cuando se valió de “Sinceramente” para volver a ocupar la centralidad política en el año y medio anterior a que Macri terminara su mandato.

Inmediatamente desde el gobierno se apuraron a interpretar la reaparición del ex presidente como una señal del lanzamiento de su campaña a diputado por la Capital Federal para las próximas elecciones de octubre.

Resulta francamente llamativo cómo estos personajes se necesitan mutuamente. Recuerdan cuando el dúo dinámico Marcos Peña-Jaime Durán Barba repiqueteaba con su estrategia de poner en el ring a Cristina Fernández para dirimir con ella el centro del cuadrilátero.


Fueron muchos los que advirtieron que se estaba jugando con fuego; muchos dijeron que el gobierno no debía darle vida a la hidra de siete cabezas; que esa estrategia podía ser muy peligrosa en términos institucionales.

Pero el dúo que creía reunir en sus opiniones toda la verdad del marketing político -con la venia del presidente- siguió adelante. Todos sabemos cómo terminó la historia.

Ahora los desesperados por “revivir” a Macri parecen ser los kirchneristas. Se trata de una especie de atracción fatal que retiene a la Argentina en un pasado sin soluciones.

Macri dijo que Juntos por el Cambio volverá al gobierno con una experiencia adquirida y que la sociedad tendrá la dolorosa “ventaja” de llegar al 2023 con una crisis “sintomática” que le dejará bien en claro que el tiempo del populismo se terminó.

En ese sentido, recordó que el 2015 fue diferente porque los profundos problemas que el país tenía y que él heredó, no tenían síntomas visibles para el hombre común. Por lo cual, según Macri, el entonces “Cambiemos” ganó por el hartazgo con ciertas formas y maneras del kirchnerismo pero no porque la sociedad viera realmente la dimensión del precipicio.

Según el ex presidente, en el 2023 la cosa será distinta. Allí el ciudadano común tendrá pruebas palmarias de que no puede seguir así; de que no puede continuar votando lo mismo que votó siempre porque el camino de deterioro terminará destruyendo lo poco que, a ese momento, quede del país.

Se trata de una visión que entrega, obviamente, dos lecturas. Una preocupante: la perspectiva de que la Argentina llegue al 2023 con un nivel de destrucción económica, social e institucional muy importante. La otra, según Macri, que, al precio de haber llegado a semejante envilecimiento, el país finalmente entenderá que debe archivar el populismo y optar y respaldar una opción racional de gobierno.

En ese sentido, el ex presidente remarcó que su gobierno -desde 2015 a 2019- tuvo una extraordinaria debilidad y que careció del tipo de respaldo popular consistente que le habría permitido encarar las reformas de fondo que él estuvo obligado a enmascarar en el famoso gradualismo. Macri dijo que el “gradualismo” fue una manera elegante de explicar la enorme debilidad política que tenía.

Según él, en 2023 la situación será diferente porque la sociedad verá en carne propia hasta dónde la trajo el populismo y allí, como el paciente in extremis, le dará al gobierno todo el endoso necesario para que salve su vida.

Si bien esa interpretación puede tener algún viso de racionalidad, no es menos cierto que, si Macri y su gobierno hubieran querido, las condiciones estaban dadas también en 2015.

Desde este mismo lugar dijimos hasta el cansancio el enorme error político que se estaba cometiendo al no sincerar ante el pueblo el latrocinio kirchnerista. Todas las excusas que se dieron para explicar esa estrategia idiota -también salida de las “genialidades” de Durán Barba- no fueron más que eso: excusas pueriles.

Todos recordamos la idea del “optimismo”. De que la elección del nuevo gobierno había traído una bocanada de aire fresco de tanto volumen a la sociedad que no era inteligente tirar abajo toda aquella “buena onda” con revelaciones negras que habrían destruido ese momento mágico.

Es posible que el “momento mágico” fuera una realidad propia de ellos. Pero la sociedad no estaba viviendo ningún “momento mágico”. La sociedad estaba preparada para que le dijeran la verdad y, en algún sentido, estaba ávida de que esa verdad saliera a la luz.

Me consta que había en el gobierno fuertes corrientes que respaldaban esta idea de revelar el descalabro que Macri encontró. Pero finalmente se impuso la teoría de Duran Barba y Marcos Peña de ocultar todo.


Es posible que en esa decisión haya influido la propia personalidad del presidente que, muchas veces, parece tener de la Argentina una idea que no es real. Pero lo cierto es que el “médico” decidió ocultarle al paciente que estaba por morirse y que cuando intentó aplicar las dolorosas medicinas compatibles con esa situación terminal se encontró con que el paciente -a quien intentaba salvar- se convirtió en su peor crítico.

¿Qué habría ocurrido si el paciente hubiera conocido de entrada la gravedad de su condición? Nadie lo sabe. Pero resulta muy llamativo que sea el propio Macri (al precio de hacerle pagar a los argentinos el enorme precio del regreso al poder del peor kirchnerismo) el que ahora maneje la metáfora de la “terminalidad” de la enfermedad argentina. Es como si se tratara de una confesión tácita de que prefirió el retorno del infierno para que sea la propia realidad la que le envíe una notificación final a la sociedad en lugar de tener que ser él en persona el portador de ese mensaje.

A veces esas fortalezas son las que un país necesita de un líder.

Por Carlos Mira
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