Aruba

La pasión argentina: el riesgo de que una virtud se convierta en una trampa política

Justo en la antesala del Mundial de 2026, cuando la Argentina vuelve a prepararse para vivir uno de esos fenómenos capaces de paralizar al país entero, quizá sea oportuno hacerse una pregunta incómoda: ¿y si nuestra mayor virtud fuera, al mismo tiempo, uno de nuestros peores defectos? ¿Y si esa pasión que tanto nos gusta exhibir como marca registrada nacional pudiera convertirse, en determinadas circunstancias, en una trampa mortal para nuestros propios intereses?

No se trata, desde luego, del fútbol. El fútbol es apenas la expresión más visible de una característica cultural mucho más profunda. La pasión argentina excede ampliamente a los deportes. Se infiltra en la política, en el arte, en la cultura y hasta en la forma en que construimos nuestras lealtades personales. Y es precisamente allí donde aparece el riesgo.

Las escenas vistas en torno a la muerte del Indio Solari constituyen un ejemplo digno de reflexión. Más allá del respeto que merezca el dolor de sus seguidores, el fenómeno trasciende al artista. Se trata de una especie de mecanismo cuasirreligioso, de una devoción casi fetichista hacia determinadas figuras públicas que parecen quedar inmunizadas frente a cualquier análisis crítico. No importa quiénes sean, qué hayan hecho o qué intereses hayan representado: se convierten en objetos de culto.

Es probable que, además, semejantes manifestaciones estén circunscriptas a un núcleo duro bastante definido ideológicamente, un espacio que en gran medida coincide con el remanente sociológico del kirchnerismo, ese movimiento que no sólo protagonizó algunos de los episodios más oscuros de corrupción institucional de la historia argentina sino que además consolidó una cultura política basada en el clientelismo, el enfrentamiento permanente y la dependencia del Estado.

Pero sería un error creer que el fenómeno de la pasión política pertenece exclusivamente a un sector. El propio Javier Milei ha recurrido a ella para sostener y expandir su proyecto político. De hecho, sería difícil explicar la velocidad y la profundidad de su crecimiento sin admitir que también apeló a una dimensión emocional muy presente en la sociedad argentina.

Probablemente haya sido inevitable. Después de todo, enfrentar una estructura de pensamiento estatizante que durante décadas fue colonizando instituciones, cultura y economía requería una energía política extraordinaria. La intensidad del desafío exigía una intensidad equivalente en la respuesta. Milei la encontró.

Sin embargo, allí aparece una paradoja que merece atención. Cuanto más profunda es una transformación, mayor es el desgaste que produce. Y cuanto mayor es el desgaste, más fácil resulta despertar sentimientos de resistencia. En un país acostumbrado durante generaciones a determinados esquemas culturales, económicos y políticos, las reformas generan inevitablemente fatiga.

La historia argentina demuestra, además, una dificultad recurrente para separar las personas de las ideas. Cuando un líder produce rechazo, muchas veces la sociedad termina castigando también los principios que ese líder representa, aun cuando esos principios pudieran resultar beneficiosos para el futuro colectivo.

No sería extraño, entonces, que hacia 2027 asistiéramos al surgimiento de una épica de la resistencia. Una campaña profundamente emocional destinada a restaurar los valores, las prácticas y las costumbres que el actual gobierno intenta desmontar. Una campaña basada menos en argumentos racionales que en sentimientos de nostalgia, revancha y agotamiento.

Y no faltarán quienes tengan interés en impulsarla. Las reformas económicas y culturales afectan privilegios concretos. Sectores políticos, sindicales, empresariales y también ciertos referentes de la llamada cultura han visto disminuir cuotas importantes de influencia y recursos. El viejo sistema tenía beneficiarios concretos, muchos de los cuales todavía conservan capacidad de movilización e influencia.

La Argentina, además, suele romantizar a sus artistas y referentes culturales hasta extremos difíciles de comprender. Se les atribuye una autoridad moral que muchas veces no han demostrado merecer y se los convierte en intérpretes privilegiados de los intereses populares. Sus seguidores desarrollan vínculos emocionales que frecuentemente suspenden cualquier ejercicio de pensamiento crítico.

El problema no reside en admirar a un artista, a un deportista o a un dirigente político. El problema aparece cuando la admiración reemplaza al juicio y cuando la pasión sustituye a la razón.

Quizás el mayor desafío que enfrenta la Argentina no sea económico ni político, sino cultural. Aprender que una idea no deja de ser buena porque quien la impulsa nos resulte antipático. Entender que una reforma necesaria no pierde valor porque implique sacrificios. Aceptar que la bronca personal no debería determinar el destino colectivo.

Sería una tragedia que, agotada por el esfuerzo de cambiar, la sociedad argentina decidiera castigar precisamente aquellas ideas capaces de sacarla de la decadencia. Sería el equivalente político de pegarse un tiro en el propio pie.

El Mundial volverá a mostrarnos al mundo como un país apasionado. Ojalá también nos sirva para recordar que las pasiones son extraordinarias para alentar a una selección de fútbol, pero pueden ser profundamente destructivas cuando reemplazan la reflexión en la vida pública.

Porque si la Argentina vuelve a entregarse a la lógica del revanchismo emocional y permite que el cansancio o el resentimiento prevalezcan sobre el análisis racional, podría terminar devolviendo al poder a una de las expresiones políticas más dañinas de la historia contemporánea: ese populismo demagógico, corrupto e ineficiente que, durante demasiado tiempo, hipotecó el futuro del país y contribuyó decisivamente a un siglo de decadencia casi ininterrumpida.

>Aruba

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *