La mezcla explosiva de mal paridos e incautos

Obviamente ninguno de nosotros se chupa el dedo (¿o si…?) y sabe lo que son los peronistas. Pero si uno hiciera un esfuerzo y pudiera aislar ese componente, digamos “ilegal” que por ser suave tienen todos los peronistas, y una vez instalado en ese campo teórico, se preguntara qué son los peronistas, la verdad que, para ellos, la consideración no podría ser más dura. Aunque a ellos, claro está, no les importa nada.

Porque analizando lo que dicen (y lo que hacen) no hay más que solo dos opciones para clasificarlos: o son burros, ignorantes, o son unos mal paridos. Algunos dirán: ¿Y por qué no las dos cosas juntas? Bueno, puede ser. Pero digamos que, al menos, de una de esas dos consideraciones no zafan.


Ayer, en otra pista más hacia esas conclusiones, el ministro de trabajo Claudio Moroni dijo: “hay que encarecer los despidos para proteger el empleo”. De nuevo las dos opciones ante nosotros: ¿burros o mal paridos?

Porque otra opción no cabe frente a todo el tiempo que ha pasado, frente a toda la experiencia de gobierno que han tenido y frente a lo que muestra la lógica en su sentido más puro.

Si a esta altura no han aprendido que todo lo que torne más caras las obligaciones del empleador tenderá a alejarlo a éste de la decisión de tomar trabajadores es porque es tanto el tiempo que invierten en robar cuando están en el gobierno (es decir, casi siempre) que no han aprendido nada de lo que indica la práctica más elemental de la buena administración.

Es más, ni siquiera se necesita estar muy ducho en las artes del gobierno para darse cuenta que todo lo que encarezca cualquier cosa producirá una merma en su producción. Si lo que se encarece es el costo no salarial del trabajo, pues no se producirá trabajo; no habrá empleo.

Todo el verso demagógico de que “se pretende utilizar el ingreso de los trabajadores como variable de ajuste para mejorar los costos empresarios” no es nada más que eso: un verso. Es más, el neto salarial para meterse en el bolsillo de los trabajadores sería mucho más alto de no existir semejantes cargas. Y además, claro está, habría más cantidad de trabajo en términos absolutos.

El tema de las indemnizaciones es como la otra cara de la moneda en todo esto. Resulta completamente natural que cuando un empleador sabe de antemano lo caro que le saldrá deshacerse de un empleado, será muy renuente a tomarlo. En tanto el contrato de trabajo se aleje de esa figura jurídica y se acerque más a la de la adopción del derecho de familia, en donde el trabajador no sería un profesional de su labor sino un hijo al que se toma de por vida, la posibilidad de crear empleo disminuirá dramáticamente.

En consecuencia, como la única forma lícita de salir de la pobreza es trabajando (a menos que, como ellos, uno decida dedicarse a robar) pues no se saldrá de la pobreza y, al contrario, ésta se incrementará.

Se trata de otra de las maneras de lo que en estas mismas columnas hemos llamado “la decisión argentina de prohibir el trabajo”. Esta decisión es una decisión peronista, señores; no demos más vueltas.

Es el peronismo el que, con decisiones como ésta del encarecimiento de las indemnizaciones, ha decidido, a los fines prácticos, que crear trabajo y trabajar esté prohibido en la Argentina.

Y, una vez más, esa decisión solo puede haberse tomado porque son burros o porque son mal paridos. Ahí les dejo a ustedes la elección de qué es peor.

Serían burros porque el curso natural y corriente de las cosas indica que cuando una cosa es cara no se produce o se produce menos: no hay que ser muy inteligente para darse cuenta de eso. Si toman las decisiones que toman porque no se dan cuenta de estas obviedades, serían burros.

Pero quizás no sean tan burros. Quizás, después de todo, sean maquiavélicamente inteligentes o, lo que es lo mismo, hayan desarrollado esa condición parecida a la inteligencia que es la malicia, lo cual los convertiría en un conjunto de mal paridos (que si no quisiera ser elegante, llamaría aquí mismo de otra forma).

Como dijimos, a menos que uno tome la decisión de convertirse en un ladrón, la única manera de salir de pobre es trabajando. Muy bien. Aplicando un silogismo muy básico que hasta creo que un peronista entendería, podríamos decir que si no se trabaja no se saldrá de la pobreza (porque es el trabajo lo que crea el antídoto contra la pobreza que es la riqueza. Si no se trabaja no se crea riqueza y entonces la pobreza se mantiene y se extiende).

Entonces ¿qué debería hacer alguien que se propusiera perpetuar y profundizar la pobreza? ¡Pues claro: prohibir o tornar muy caro el trabajo!

Al convertir al trabajo en un bien muy caro de ser producido, aquellos en condiciones de generarlo se abstendrán de hacerlo, por lo tanto aquellos que lo necesitan no lo tendrán. Al no tenerlo seguirán siendo pobres. Y al seguir siendo pobres, seguirán dependiendo de la dádiva del peronista. ¡No tan burros, después de todo! ¿No les parece?

Si al mismo tiempo se logra articular un verso según el cual lo que hago para mantener a los pobres en la pobreza los convence de que en realidad lo que estoy haciendo es protegiéndolos, habré completado un círculo de ruindad propio de un mal parido.

Tomemos por caso, el tema de las indemnizaciones. Es posible que los trabajadores se coman el caramelo de que el peronista es el que verdaderamente los protege condenando a los empleadores a sacar más plata de su bolsillo en el caso de que quiera despedir o imponiéndoles la tácita obligación de seguir manteniendo al trabajador en su puesto para no verse obligado a gastar una fortuna y probablemente fundirse.

Sin embargo lo que no se ve es que cientos de potenciales empleadores que estarían dispuestos a emprender actividades para las cuales necesitarían trabajadores, no las emprenderán por el solo hecho de protegerse por adelantado de incurrir en semejantes peligros.


E incluso aquellos trabajadores que tienen trabajo, pero que de todas formas sean despedidos (durante la cuarentena más de 220.000 puestos se perdieron aún con la doble indemnización vigente) no conseguirán nunca más un empleo formal.

Eso se lo deben a los peronistas, muchachos. Cuando estén en sus casas desesperados porque no se genera un solo puesto de trabajo nuevo, acuérdense de eso. Mientras ustedes creen que los peronistas los protegen, ellos se cacarean de la risa contando los millones que los privilegios del Estado les permiten robar gracias a que un conjunto de incautos los mantiene en el poder.

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