La lucha entre el Bien y el Mal

Muchos dudan acerca de si en política existe una verdadera lucha entre el bien y el mal o si, en realidad, se trata de una lucha en donde todos son malos.

La discusión es enorme y uno puede creer allí lo que quiere o aquello que los hace sentir más cómodo.

Pero en términos teóricos sí puede establecerse un enfrentamiento entre El Bien y El Mal, que luego podría tener manifestaciones políticas.

Primero aclaremos que por “Bien” y “Mal” entendemos (al menos a priori) en un caso la búsqueda sincera de lo mejor para la mayor cantidad posible de gente y, en el otro, la búsqueda despiadada del bien para algunos y la miseria para la mayoría.


Muy bien, ¿existen en la teoría filosófica ideas que buscan el Bien de la mayor cantidad posible de gente y otras que solo buscan el bien de unos pocos?

Digamos rápidamente que sí existen.

El liberalismo fue pensado como una revolución moral antes que una organización política y e económica. Esa revolución consistía en creer que la condición natural del hombre es la libertad con la que es investido por el solo hecho de nacer.

Las estructuras legales deben crearse solo a los fines de proteger esa libertad natural materializada en una serie de derechos inalienables.

Las personas son libres de actuar dentro de ese marco de modo armónico y en un ambiente de colaboración y competición (circunstancias que se complementan de modo que los seres humanos, al mismo tiempo que compiten, colaboran el uno con el otro para que todos puedan acercarse a la plenitud de sus sueños y de sus metas)!de modo tal que el trabajo de cada uno mejore al del otro y así sucesivamente hasta producir un círculo virtuoso de riqueza que “iguale” a todos en un escenario de abundancia.
Las posesiones en esa organización social serán claramente diferentes porque reflejarán el grado de éxito que ha tenido cada uno en discernir -y en consecuencia proveer- las necesidades de la sociedad.

Quienes mejor logren descubrir lo que la gente demanda progresarán más, aún cuando todos lo harán porque para que los primeros puedan cumplir con su trabajo necesitarán la colaboración de los demás que la brindarán en términos de trabajar para los primeros, proveer a los primeros o complementar a los primeros.

A su vez una determinada demanda social puede ser provista por varios “suministradores” lo que hará que ellos compitan entre sí, mejorando la calidad y el precio para los consumidores finales.

Estos a su vez retribuirán con su predilección a quien mejor haga el trabajo de modo que las necesidades y sueños de todos tiendan a cumplirse.
Este tipo de organización, si bien desigualitaria, logra generar una abundancia tal que las diferencias no son ofensivas sino que al contrario tienden a producir un efecto “visual” de igualdad de resultas del cual cualquiera que llegase desde un universo diferente no notaría, a simple vista, las diferencias sociales o económicas porque todos han superado una línea mínima de confort y desarrollo que hace muy difícil distinguir las diferencias.

En el otro extremo del espectro ideológico, el socialismo se ha presentado como una concepción altruista, que por ese solo hecho debía ser reputada cómo moralmente superior, según la cual todos los hombres no son libres sino iguales.

Es decir, todas las personas deben alcanzar un nivel de vida e ingreso igualitario en el que ninguno supere al otro.

De ese modo, entiende esta interpretación, se alcanza el deseable nivel de justicia.

Trasladadas estas concepciones teóricas a la política y a la economía han producido fuerzas enfrentadas que estimulan uno u otro valor (la libertad o la igualdad).

El problema es que ambas han servido para que surgieran fuerzas que no sé si podría decirse que significan el enfrentamiento entre El Bien y El Mal, pero que se le parecen bastante.

Del liberalismo surgieron partidos que incluso llevan el nombre de “libertarios” o “liberales” mientras que del socialismo también han surgido fuerzas que llevan nombres emparentados con esa corriente.

Pero si lo que cuentan son los hechos, vemos que, efectivamente, el enfrentamiento de estas fuerzas tienen mucho del choque entre El Bien y El Mal.

Mientras los países que han logrado organizar una lucha política entre partidos que en general respeten el principio de que los hombres nacen libres se han desarrollado y han alcanzado niveles de vida en donde una mayoría abrumadora de personas viven bien (lo que al principio habíamos definido como “El Bien”), aquellos otros en donde lo que ha predominado es la idea que todas las personas deben ser iguales (entendiendo por esto una relativa igualdad de ingresos) han caído en una pobreza estructural de tal magnitud que casi ninguno vive bien y donde casi nadie alcanza un nivel de vida digno del ser humano (lo que la principio hemos definido como “El Mal”).

Y a esto se suma, para empeorar el escenario de estos últimos países que, paradójicamente, se ha consumado la constitución de una casta sí verdaderamente desigual que accede a todos los privilegios y a estándares de vida que los demás no ven ni en foto, todo lo cual consuma un panorama de desigualdad atroz en donde una inmensa mayoría es igual en la miseria y una ínfima minoría es igual en la superabundancia, tal como acontecía en la Edad Media.

Es probable que como concepción teórica, en su nacimiento, el socialismo no se haya propuesto cometer semejante crimen.

Pero su conformación ideológica se adapta tan perfectamente a que una banda de facinerosos la “adopte” para simular sus verdaderos fines de robo y dominación, que, en los hechos, sí se ha configurado una verdad batalla entre El Bien y El Mal, protagonizada por un lado por el liberalismo y por el otro por el socialismo.

El socialismo, cooptado por la banda de delincuentes que vio una oportunidad única para hacerse del poder y de las riquezas mundiales, desarrolló lo que en términos castrenses se conoce como táctica de “velo y engaño” según la cual se le hace creer una cosa al enemigo mientras por detrás se hace otra.

El socialismo empleó todos los trucos de mentalistas, manochantas, prestidigitadores, contadores de cuentos del tío -que tienen miles de años- para mantener a los pobres en su condición mientras, al mismo tiempo, les daba una “esperanza” de mejora.

El cuento del tío consiste aquí en que nadie progrese (porque si progresa se convierte en económicamente independiente y, en consecuencia, en mentalmente libre y eso es un peligro para quien aspira a tener todo el poder) pero, al mismo tiempo, siga teniendo la “esperanza” de que, apoyando al socialismo, su situación mejorará.

Se trata de un maquiavelismo hijo de puta que, si no es la personificación del mismísimo Mal, se le parece bastante.

Porque, en efecto, hay que ser muy mal parido para mantener a una mayoría abrumadora de personas en la miseria al mismo tiempo que se las engaña con espejitos de colores para hacerlos creer que su situación mejorará.

Cómo las organizaciones políticas modernas ya no toleran el acceso al poder por otro medio que no sea el voto, la maldad se ha perfeccionando por la vía de producir, con discursos inflamados e incendiarios, un resentimiento social que odie a todos aquellos que defiendan un orden que permita el progreso desigual aunque éste termine beneficiando a todos.
Ese odio profundiza el apoyo al socialista (que a esta altura ya se ha convertido en un fascista hecho y derecho) en la creencia de que el personifica la lucha por la igualdad de todos, sin advertir que esa igualdad se logra en la miseria, mientras el fascista vive en la lujuria.
¿Se podrá abrir los ojos finalmente frente a esta hijaputez? ¿Podrá la gente advertir la íntima insania que supone una “idea”’que los engaña, los explota y los condena?


Nadie lo sabe. Lo que sí se sabe es que el sociofascismo por la vía de apelar a los sentimientos más bajos del ser humano ha logrado encaramarse en el poder en muchos lugares de la Tierra. En muchos de ellos la pusilanimidad católica, envidiosa y rastrera, le ha prestado una ayuda insoslayable.

El tiempo para darse cuenta de las cosas es limitado. No es eterno. Muchas veces se llega tarde y ya no se puede revertir el daño.

¿Tendrá tiempo la Argentina para deshacer el camino del Mal? Solo el tiempo cercano tiene la respuesta.

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