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Intentemos ver lo mismo pero desde otro ángulo

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Lo que parece estar sucediendo en estos días -bajo un creciente clima de calentamiento electoral- es la aparente instalación de una atmósfera de “queja” contra el gobierno libertario que, muchas veces, termina rematada por increíbles tiros en los pies infligidos por el propio gobierno.

Pero intentando ver el panorama completo hay varios detalles que no sé si se están ponderando en toda su dimensión.

Porque hay demasiadas preguntas cruciales cuyas respuestas están muy lejos de ser claras. Por ejemplo, ¿les gusta a los argentinos vivir en libertad? ¿Saben lo que realmente significa vivir en libertad? ¿Están al tanto de los “requisitos” que la libertad exige para luego entregar todas sus ventajas? 

¿Cuánto influye en esas respuestas el evidente nivel de deterioro neuronal que sufren al menos dos generaciones de argentinos “educados” bajo el reinado de los disvalores kirchneristas?  ¿Cuantos argentinos están al tanto de los peligros que la libertad enfrenta y de lo fácil que les resulta a sus enemigos engatuzar a una masa poco informada, poco alerta y poco educada?

¿Cuál es el peso real de estas ignorancias en la performance de un programa que, en principio, parte del supuesto de creer que la gente aprecia la libertad? ¿Y qué ocurriría si nos diéramos cuenta que, después de todo, ese “aprecio” no es tan alto ni tan profundo? ¿Y cual sería la suerte de los argentinos que sí la aprecian? ¿Deberían someterse al aluvión del populismo como las mujeres de las fronteras se sometían a los malones indios previos a la Campaña del Desierto?

La Argentina presenta dudas muy parecidas a las que tienen los países que están en los prolegómenos de una secesión, albergando dentro de ella misma concepciones del mundo y de la vida tan diferentes que hace que los que adhieren a una no puedan vivir bajo los marcos normativos que surgen del imperio de la otra.

Y todo el futuro está sujeto a esa incertidumbre.

Por eso nada es confiable y nada estimula la confianza que se requiere para proyectar un país a 50 o 100 años -que es la única manera, por otro lado- de que el país de los próximos 5 sea mejor.

Esta no es una cuestión de Milei, de Macri o de Kicillof: es una cuestión nuestra. Somos nosotros los que tenemos que que tomar una decisión.

Pero el tiempo ha probado que esa decisión es imposible de tomar porque cada vez que las concepciones piden una respuesta tácita de la que pueda desprenderse “quien ganó”, la que triunfó lo hace por un margen no contundente… un margen que es suficiente para ganar una elección pero no para definir las convicciones REALMENTE mayoritarias de la sociedad.

Presumir que “los argentinos” prefieren el “Estado presente” porque, digamos, una coalición peronista-radical-socialista se imponga 60/40 sobre los argentinos que votaron por un Estado mínimo, es una completa falacia. Del mismo modo que supondría suponer lo mismo con un resultado inverso.

En el campo de lo ideal -ensayando un juego teórico al solo efecto del beneficio del debate- lo mejor sería convocar a un plebiscito que preguntara, por ejemplo, si los argentinos apoyan el modelo de la Constitución de 1853 o el de la de 1949 y exigir, para poclamar un ganador, una mayoría del 85% de los votos y que el que gane por menos del 85% no podrá (aunque gane numéricamente) imponer SU modelo al TODO.

¿Cómo saldría ese “partido”? Aclarando, desde ya, que cualquier resultado que pusiera a una fuerza por debajo del 85% le impediría arrogarse la encarnación del “pueblo” o de la “argentinidad”.

Durante mucho tiempo el peronismo forzó esa realidad arrogándose la “argentinidad” y el “ser el pueblo” cuando sus porcentajes de apoyo estuvieron lejísimos del que propusimos aquí (que no es antojadizo por otro lado sino uno que, por su contundencia, sí entregaría una imagen de lo que la sociedad ES y de lo que la sociedad QUIERE).

En mi opinión para lograr eso el peronismo se valió de un arma que los demás evitaron porque aún tienen escrúpulos: la violencia.

En efecto, el inescrupuloso peronismo no dudó en someter a toda la sociedad a un baño de sangre en tanto eso fuera funcional a su conveniencia táctica de mostrarse como una mayoría que le diera derecho a presentarse como los ÚNICOS verdaderos argentinos.

De allí que fue tan lejos como tener la osadía de presentar el conjunto de incoherencias que conforman su núcleo de pensamiento (por ponerle un nombre repugnantemente pomposo) como “Doctrina Nacional”: más fascista no se consigue.

Sin embargo, aún así, pese a estar frente a esa flagrancia obscena, una parte importante de la sociedad la apoyó. No a los niveles necesarios como para decir que “solo el peronismo es la Argentina” pero sí al punto de tener el poder suficiente como para bloquear cualquier intento de las agrupaciones democráticas para hacer virar el rumbo del país hacia un horizonte más parecido al de las democracias occidentales.

El peronismo no tuvo escrúpulos para apropiarse, por ejemplo, de símbolos, edificios, lugares públicos y hasta de celebraciones patrias como si solo le pertenecieran a él.  Y lo hizo “de prepo”, algo a lo que los demás no se animaron.

Quizás Milei sea el primero que se animó a ver qué pasaba si a la prepotencia peronista la enfrentaba otro prepotente. 

Y esa “novedad” descolocó a muchos, a punto tal que, increíblemente, fue el peronismo el que salió a reclamar que se termine la prepotencia: un chiste digno de mejores cómicos.

Pero, para volver al principio, no sabemos cuantos argentinos se están riendo de semejante incongruencia o cuantos la apoyan. ¿Sabemos cuántos argentinos que apoyaron el grito de “5 x 1” ahora se espantan por las puteadas de Milei?

Y no es que yo apoye las puteadas de Milei. Simplemente estoy tratando de demostrar los “privilegios” de que ha gozado el peronismo o los extremos que la sociedad le ha permitido quizás porque el peronismo logró imponer un temor colectivo que, naturalmente, está muy lejos de ser compatible con una democracia normal.

Analizar cuál será el futuro del país bajo todas incertidumbres e interrogantes que no sabemos cómo responder, es naturalmente muy difícil. Pero en todo caso algo debe quedar claro: cualquiera sea conclusión no puede quedar fuera de la ecuación nuestra propia responsabilidad en la cuestión. 

Hemos sido nosotros, los propios argentinos los que por no estar seguros acerca de cómo queremos vivir, los que hemos generado este estancamiento tan parecido a la decadencia.

Por Carlos Mira
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2 thoughts on “Intentemos ver lo mismo pero desde otro ángulo

  1. Carlos Asensio

    Hola Carlos. Es fácil decir que los argentinos somos los culpables de todo pero dentro de ese grupo están TODOS los politicos incluyendo al actual presidente y varios de sus ministros Que lis hemos votado basados en sus promesas electorales y luego nos csmbisn el libreto y continúan como si nada

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  2. raúl

    «En diez años: el rendimiento verbal de los estudiantes argentinos cayó 8,4% y el coeficiente intelectual bajó 3,6 puntos-»
    «Un nuevo estudio, de la Universidad Austral, comparó distintos grupos de estudiantes entre 2013 y 2023; fuerte brecha entre alumnos de escuelas públicas y privadas.»
    Pärrafos de una nota de hoy en La Nación, Casualmente, o no, quizá la leyó, coincide con sus datos del principio de su artículo sobre el deterioro neuronal.
    Ésta es la mayor catástrofe ocasionada por el perokirchnerismo. Que disminuye el coeficiente intelectual de los chicos es una tragedia inconmensurable,y creo que le da respuesta a sus preguntas de hoy.
    Mientras tanto, casi todos los medios con un encarnizamiento ya patológico contra el gobierno. Y Kicillof avalando la no repetición del año en los colegios, y alentando al uso del lenguaje inclusivo (inclusivo de p…….s), digo yo.

    Bregman 45 % de imagen positiva, la condenada 35% de intención de voto (un imposible).
    El panorama es siniestro. Disculpe mi pesimismo.

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