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Hoy se va el héroe sin capa

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Hoy se va el héroe sin capa. Se va el hombre imposible. El jugador de fútbol que estadísticamente no debería haber existido. El que que ha roto todos los gráficos y todas las proyecciones que los matemáticos se habrían animado a discutir hasta caprichosamente.

Hoy se va el hombre del aura, el hombre del magnetismo que niega tener magnetismo. Se va el hombre que impacta y el hombre impactado. El que con su sola presencia produce una energía en el ambiente tan real que hasta parece que uno pudiera tocarla como si fuera algo físicamente corpóreo.

Hoy se va el hombre callado que calló a todo el mundo. Se va el que deja una lección que, desgraciadamente, nunca aprenderemos. Es posible que muchos estén diciendo que sí, que la aprendieron. Pero todos, en el fondo, sabemos que no. Que a pesar de que hoy digamos que sí, que la aprendieron, en el futuro volverán a criticar a quien no lo merezca cuando pinte la derrota.

Hoy se va el que recibió las críticas más acérrimas de los más insignificantes cuatro de copas que, sin embargo, hoy se suben a un carro que los recibe como si no pasara nada, porque Messi es infinitamente más grande que todos ellos juntos. Hoy se va el hombre que, si leyera esto, se estaría enojando conmigo porque les enrostro su éxito a quienes fueron impiadosos con él.

Hoy se va el hombre-niño y el que deja una huella imborrable justamente en los más chicos, que lo ven como aquel que puede salvarlos de las peores tormentas. Se va el hombre que, si pudiera pedir un deseo, pediría tener los brazos más largos del mundo para contener a todos esos chiquilines que visten su camiseta número 10, quizás porque perciba en ellos esa inocencia que él mismo nunca terminó de perder.

Hoy se va el hombre que cargó en sus hombros el cuidado de dos generaciones completas de futbolistas que no pudieron coronar lo que merecían, aunque más no fuera, una sola vez. Él fue la cara de todos ellos. Y él fue el que los recordó cuando, en el triunfo, aquellos ya no estaban.

Hoy se va el que “caminaba la cancha”. El que en esas caminatas todo lo veía y todo lo registraba, como si en los ojos tuviera un imaginario escáner que procesaba millones de imágenes en millones de milisegundos.

Hoy se va el hombre que generaba ovaciones y silencios de incredulidad; el hombre que moviliza y el jugador que paraliza. El jugador que cambia y la persona que sigue siendo la misma. Se va el hombre que atravesó generaciones y que provocó lágrimas de nostalgia en los viejos y carcajadas de alegría en los jovenes.

Se va el hombre que nunca terminará de irse. El hombre que humilló a todos sin humillar a nadie. El hombre sin rencores ni revanchas. Quien puso siempre el logro del equipo por encima del logro propio y que, a la vez, logró lo que individualmente nadie pudo igualar y será muy difícil que alguien iguale. Se va el hombre que hizo más de 100 goles en un año y muchas más de 1000 participaciones directas en goles de su equipo

Hoy se retira de la Selección Argentina el hombre ejemplo y el símbolo de una paradoja: la de la unión de uno de los pueblos más desunidos del mundo.

La acritud argentina estuvo muy cerca de hacerlo con él también. Porque aunque hoy nos parezca mentira los argentinos fueron capaces de discutir hasta a Messi, que es más o menos como discutir que el sol sale por el Este.

En la carta de despedida a su padre, Leo confesó que, en el último Mundial, se propuso desafiar al tiempo. Se puso como meta superar las restricciones que su edad le imponía a sus músculos y a sus articulaciones, para entregarle a su papá una última coronación. Y también logró eso: superó al tiempo, siendo, por lejos, el mejor futbolista de todos los planteles seleccionados que participaron de la competencia.

Pero, quizás sin saberlo, Messi logró superar un desafío aun más difícil que vencer al tiempo. Siendo argentino, Leo logró algo que ni los próceres más encumbrados de la República consiguieron: unir al pueblo.

Por eso hoy se va el hombre que antes de ser imposible como jugador de fútbol -porque no es físicamente explicable hacer lo que hace- lo es porque logró lo que nadie pudo en la Argentina: atravesar el rencor de la división. Frente a él cayeron todas las espadas y se rindieron todas las furias. Solo quedaron la admiración y el agradecimiento.

Por Carlos Mira
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