Genealogía del odio

No hay dudas  que el nivel de deterioro y decadencia persistente que padece la Argentina se tiene que deber a algo mucho más profundo que a un simple encadenamiento de elecciones económicas equivocadas.

Más bien parece que la elección de ideas probadamente fracasadas, casi como desafiando tercamente las evidencias que -sin costo alguno- el mundo de los últimos 100 años nos entrega, es el resultado y la consecuencia de un problema anterior de naturaleza ni económica ni jurídica sino más bien sociológica y moral.

Por un motivo que trataremos de indagar aquí el país adoptó una arquitectura legal y económica que lo viene destruyendo paulatinamente en el último siglo, pero con particular virulencia desde hace 75 años.

La Argentina, después de vivir, entre 1810 y 1852, 42 años de una guerra civil desgastante y fratricida, en donde se enfrentaron con muestras de odio y salvajismo impactantes facciones de todo tipo; después de conocer los alcances de una dictadura de hecho que asumió la suma del poder público a fuerza de masacres y fuerza bruta; después de contar muertos de ambos bandos sin que nadie pudiera adjudicarse una victoria final, finalmente, después de Caseros, enderezó un proyecto adoptando y adaptando el documento jurídico más avanzado del mundo de ese momento (lo sigue siendo hoy, dicho sea de paso) desde la democracia más evolucionada del mundo, la Constitución de los Estados Unidos.


Aquel fue un acto de gran constricción. Nada de la morfología argentina coincidía con ese documento. Para hacerlo funcionar se necesitaría un enorme esfuerzo de adaptación. Pero con una humildad que, de haber existido antes, el país habría adelantado su desarrollo medio siglo, se lanzó a la observancia de esa norma y a construir una arquitectura jurídica compatible con el documento madre.

El resto ya lo conocemos: el desierto analfabeto e infame se convirtió en el primer PIB mundial per cápita.

La pregunta es ¿cómo pasamos de eso a esto?, ¿cómo se tiró por la borda todo aquel desarrollo y se regresó a la montonera? ¿cómo se abandonó “París” y se volvió al malón sin escalas?

No hay dudas que algún resabio del modelo de la guerra civil había quedado en el alma argentina.

La pregunta es cuál es ese resabio… Y allí nos vamos metiendo en tema.

La Argentina siempre ha tenido una cuestión particular entre ricos y pobres. En los años que siguieron a Mayo de 1810 ya se delineó esa idea del gauchaje pobre “bueno” y el fifí porteño y ricachón “malo”.

Ese enfrentamiento fue tan profundo que derivó en 42 años de guerra civil. Sarmiento escribía “Facundo” como un testimonio certero de esos años de intransigencia y discordia.

La Constitución, fruto de Caseros, pareció zanjar, como dijimos, ese diferendo crucial, profundo, que parecía irredimible. No sé si otros países sufrieron algo igual, pero claramente no era el caso de los civilizados, que podrían haber tenido años de desacuerdos en la previa de su constitución formal, pero que no evidenciaban una grieta social clasista como la que había caracterizado a la Argentina entre el 25 de mayo de 1810 y el 1 de mayo de 1853.

Esa bacteria se adormeció notoriamente a partir del Pacto de San José de Flores y el país se lanzó al desarrollo durante 70 años. Pero claramente el antídoto no la había matado. Renació. La fiereza de esos odios entre los que “tienen” y los que “no tienen” arrancó nuevos capítulos de desventuras que nos fueron trayendo hasta aquí.

El país nunca terminó de entender el concepto de “oportunidades” y nunca usufructuó las ventajas de la libertad para pasar de “no tener” a “tener”. O, al menos, eso fue lo que ocurrió con una porción creciente de la sociedad que empezó a asumir que los que “tenían” habían “hecho trampa” para llegar a tener y que por lo tanto, en alguna medida, “tenían” porque otros “no tenían”.

La filosofía de la suma cero comenzó a ganar adeptos de modo notorio: Tú tienes porque a mí me falta. El concepto, a su vez, evolucionó hacia una serie de “sofisticaciones” que le agregaron particularidades a la falta de concordia.

No cualquier “tener” pasó a estar mal visto. Era un determinado tipo de “tener” el que merecía la condena social. El “tener” del empleado que más o menos lograba vivir bien porque tenía un buen trabajo a sueldo de otro, no era tan condenado como el “tener” del independiente, del dueño, del empresario, del emprendedor. Este es el personaje que empezó a estar en el centro del odio social.

El que progresaba por las suyas, el que empleaba gente, el que daba trabajo, el que no dependía de otros sino que otros dependían de él, fue el señalado, fue el que comenzó a recibir las miradas furtivas, el ojo envidioso.

Es curioso porque etimológicamente la palabra “envidia” viene de “in” “video”, es decir “ver hacia adentro”. El que envidia mira hacia el interior del otro. En lugar de concentrarse en lo suyo y resolver a partir de él su situación y su vida, se mete en la vida del otro, lo mira, y pretende encontrar allí las razones de sus frustraciones, de sus males y de su fracaso.

De nuevo, ese “ver adentro del otro” tuvo matices más benevolentes y más intransigentes, según fueran las diferentes tenencias (y sus fuentes) de los demás. En ese viaje hacia el interior de los demás (porque para envidiar hay que ver) se aceptaron disquisiciones de grado según el mirado fuera un “independiente” o un “dependiente”.

Los diferentes grados de “tener” de los dependientes fueron parcialmente tolerados: estuve viajando al interior de mi vecino y tiene más que yo, pero es un “dependiente” igual que yo, a él también lo pueden echar; él también tiene un patrón: mi discordia con él no es terminal.

Pero al que tenía algo siendo independiente se le declaró la guerra, una guerra social, sorda, de resentimientos bajos, de envidias permanentes: Mi otro vecino, no solo tiene más que yo sino que es independiente, no trabaja para nadie, trabaja para sí mismo, no tiene un patrón y le da trabajo a otros. Él es el patrón. Con él sí estoy en guerra; no tolero su independencia, no tolero su progreso, no tolero su abundancia. No tolero que sea patrón.

El proceso fue progresivo. Hace 50 o 60 años no era raro que en un barrio de clase media donde convivían “dependientes” con “independientes” reinara un ambiente de buenos vecinos. Los hijos de los “dependientes” jugaban a la pelota en la calle adoquinada con los hijos de los “independientes”. Había concordia. Eran los últimos reflujos residuales de la Argentina del progreso.

Naturalmente el huevo de la serpiente había sido plantado mucho antes y sus consecuencias profundas comenzarían a sentirse de modo gradual pero cada vez con mayor intensidad. Esa espiral de desintegración social se profundizó y nos trajo hasta donde estamos hoy: un escenario de fuerte resentimiento que es, para muchos, irreconciliable.

El kirchnerismo llegó hace 20 años para profundizar ese proceso. Llegó con el objetivo de terminar con cualquier eventual cicatrización de las heridas y, al contrario, se propuso transformarlas en una llaga.


Como en una vuelta de campana, o como en el Juego de la Oca -en donde el animalito ante un mal tiro vuelve al punto de partida- estamos de regreso en los años de la guerra civil 1810-1852. La primera víctima de esa guerra ha sido el emprendedor individual. A ese personaje se lo ha señalado como el culpable de todos los males y se ha construido una estructura jurídica para castigarlo y hacerlo desaparecer. Naturalmente a eso le siguió un enorme freno a la creación de riqueza y su consecuencia lógica: un aumento dramático de la pobreza.

Los envidiosos lograron que el orden legal de la Argentina se conformara de acuerdo a sus deseos: bajar de un hondazo al vecino independiente y ricachón, al patrón. Pero la consecuencia fue que los envidiosos perdieron sus empleos, perdieron sus ingresos, las fuentes de trabajo se cerraron y todos cayeron en una indigencia generalizada.

Es la gran hazaña del resentimiento: ahora cómo en 1830 la Argentina es un campo yermo lleno de pobres, cada vez más iletrada, cada vez con menos salud, cada vez más enfrentada. La paradoja de la envidia terminó por hundir a todos. Es verdad que los independientes ricachones son cada vez menos. Pero también es verdad que la única igualdad es en la más nauseabunda escasez.

Por Carlos Mira
Si querés apoyar a The Post Argentina, podés hacerlo desde aquí.

5 thoughts on “Genealogía del odio

  1. Anónimo

    Un problema adicional, es que el mundo hoy en día está ya en una aventura espacial avanzada … y nosotros vuelta a la carreta, y muchas tiradas por gente reemplazando a los animales de tiro ….

  2. Anónimo

    La envidia es cruel estigma que llevan los inferiores y que destruye todo a su alrrededor.

  3. Guillermo

    Gran análisis. Una lástima que no este publicando en un medio de mayor difusión.

  4. The Post

    Se agradece la difusión

  5. Marcelo Zocchi

    Excelente, como siempre…Gracias Carlos!!!

Deja un comentario