Es hora de no ser estúpidos

En la Argentina se empieza a vivir un tiempo que todos deberían mirar con atención: el tiempo preelectoral. En función de esa cronología mágica se pueden empezar a escuchar discursos y a ver reuniones que nos hagan parecer una cosa que no es, una realidad que no existe, espejitos de colores fabricados ad hoc para que los compremos.

Los argentinos deberían tener ya suficiente experiencia en la materia. Son tantos los embustes que han comprado que resulta llamativo que siquiera existan los intentos por seguir embaucándolos.

Pero evidentemente los que mejor han interpretado a los argentinos son los embaucadores que aún siguen viendo espacio para fabricar mentiras y para montar escenarios irreales que solo duren el tiempo preciso para que el estúpido de la hora los compre.

En ese sentido, son sugestivas las reacciones que se han ido suscitando con la cuestión del campo. Como sabemos el presidente-lacayo, usando la terminología de los taitas, amenazó con subir las retenciones y con establecer cupos a la exportación si “la gente del campo no entendía”.


A esas palabras siguieron reacciones muy fuertes del sector agropecuario y de los mismos sectores medios de la sociedad que acompañaron al campo en la guerra contra el kirchnerismo en 2008.

Si bien Fernández hasta allí seguía las instrucciones del Instituto Patria, de la comandante de El Calafate, de Horacio Verbitzky y de toda la runfla radicalizada del castrochavismo, por otro lado es el regente de una coalición heterodoxa que reúne a los massistas, a los gobernadores y a una parte importante del peronismo clásico.

Esa casta de camanduleros conoce bien las paredes contra las que puede estrellarse la rigidez de los revolucionarios. Salvo el impresentable caso de Oscar Parrilli que por historia pertenece a la vieja guardia peronista pero que por conveniencia personal decidió venderle el alma al diablo cristinista lanzando desde allí consignas incendiarias como que los chacareros “se la llevan en pala y la mandan al exterior” (recordemos aquí brevemente que un productor local de soja recibe por tonelada U$S 178, mientras que un uruguayo, por ejemplo, recibe U$S 500) los demás saben que se vienen las elecciones y que los preciados sillones en los que se sientan están en juego.

Les va la vida en eso. Hasta los revolucionarios -con su clásica ceguera- pueden perder de vista esos sillones por algunos instantes. Pero la vieja guardia peronista no. Viven por esos sillones. Si un resultado electoral los eyectará de allí es como si perdieran un brazo o un ojo. Por lo tanto harán lo que sea para que el resultado electoral los confirme.

El presidente-lacayo también pertenece a esa logia. Y huele que subirse demasiado al carro de Verbitzky y de su ama puede ser contraproducente.

Es a esta tranfugada a lo que tienen que estar atentos los argentinos. Ayer, por ejemplo, hubo una reunión con empresarios en la que el ministro de economía Marín Guzmán se fue aplaudido porque dijo que la inflación se debe a circunstancias que tienen que ver con variables macroeconómicas (dando a entender la influencia de la emisión monetaria y del desequilibrio fiscal) antes que con comportamientos de los agentes económicos.

Por supuesto, esto, entre la gente del Instituto Patria y de los pasionarios de Cristina -que ya estaban preparando a las milicias de las “organizaciones sociales” para mandarlas a los supermercados-les cayó como una patada en el hígado. Pero el viejo peronismo ya empezó a tornar sus colores como un camaleón frente a las futuras elecciones.

Lo mismo ocurrió con el recule del presidente-lacayo frente al campo. Allí también hubo tensiones con los radicalizados que no vieron con buenos ojos que Fernández asegurara finalmente que no iba a haber aumentos en las retenciones ni el establecimiento de cupos a la exportación.

De todas maneras, todos los sectores productivos deberían mantener en alto su guardia, tal como dijera el filósofo contemporáneo, Marcelo Gallardo.

Por otro lado, es evidente que no hay Carmelitas Descalzas en ningún lado y que el costado pusilánime de esa dirigencia también está a la orden del día. Estamos claros que si ellos hubieran actuado con principios en los últimos 70 años la Argentina no estaría como está. Pero ellos también transaron con el Leviatán peronista y no pueden ahora levantar las manos reclamando inocencia.

Pero, aunque más no fuera por cuidar sus propios intereses, los empresarios industriales (los pocos que quedan) los agropecuarios y todos los que componen el sector privado, deberían ser muy cautelosos a la hora de medir promesas como las de Fernández o declaraciones como las de Guzmán.

Se supone que son argentinos, que “las han vivido todas”, que “se las saben todas”, pero, increíblemente, siguen cayendo en la trampa de los espejitos de colores peronistas que aparecen, sin falta, en los tiempos preelectorales.

Quizás gran parte de la explicación a la decadencia argentina se encuentre en el hecho de que los electores benefician con su voto al que miente y castigan al que dice la verdad. Pero nunca debería ser tarde para aprender.

Me da la sensación de que es hora de que algunos argentinos distingan las tácticas del peronismo para mantenerse en el poder (como la de sacar ubicuamente un proyecto para subir los mínimos de ganancias para excluir a muchos del impuesto) de lo que son sus designios permanentes.


Hoy en día la estructura de esa masa amorfa llamada “movimiento peronista” ha sido copada por una cúpula radicalizada que se propuso lograr, por una vía aparentemente “democrática”, objetivos que antes se alcanzaban matando gente y disfrazándose de guerrillero en las montañas.

El peronismo (o su actual expresión electoral, el Frente de Todos) tiene dentro de sí mismo corrientes ciegas (los más radicalizados que hasta podrían hacer fracasar el proyecto con tal de llevar adelante su incendio) los radicalizados tacticistas (que entienden que para alcanzar el objetivo a veces hay que disfrazarse de “moderado”) y la vieja guardia peronista (que no le interesa cuál es el viento que sopla sino la dirección que lleva, para plegarse a ella y así conservar lo único que le importa: el poder)

Si la estupidez argentina no logra discernir a tiempo este laberinto, o si quienes tendrían primariamente esa responsabilidad están metidos también en la runfla, la Argentina perderá, una vez, más otra oportunidad.

Son tiempos para no volver a ser estúpidos. Muchos que en el pasado se creyeron unos vivos bárbaros por creer que entendían “la rosca” no solo están hoy entre los primeros responsables de lo que ocurre sino que han sido, en gran medida, sus principales perjudicados.

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