
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Hay momentos en la vida de las instituciones en los que la racionalidad cede ante una mezcla de lealtad mal entendida, negación y temor a reconocer lo evidente. El fútbol —ese laboratorio brutal de verdades— suele anticipar lo que después ocurre en la política.
En el tramo final del segundo ciclo de Marcelo Gallardo en River Plate, se produjo una escena difícil de olvidar: nadie podía concebir que el técnico más importante de la historia reciente del club tuviera que irse. Era casi un sacrilegio siquiera insinuarlo.
Sin embargo, los partidos pasaban, el equipo no funcionaba y la dirigencia, en lugar de resolver, optó por sostener lo insostenible. El resultado fue previsible: una presión creciente, asfixiante, que terminó empeorando todo lo que pretendía evitar.
Cuando finalmente Gallardo se fue, ocurrió lo inevitable: la olla a presión se desinfló. El equipo recuperó aire, dinámica y resultados. Hoy, bajo la conducción de Eduardo Coudet, acumula una racha de victorias que confirma una verdad incómoda: a veces, sostener por afecto o por miedo es el peor de los errores.
Ese mismo patrón —con matices, pero con lógica idéntica— parece estar reproduciéndose en el Gobierno.
El Presidente ha decidido sostener a Manuel Adorni en una situación que ya dejó de ser defendible en términos políticos. No por un hecho aislado, sino por una acumulación que construyó una presión insoportable.
Primero fue un viaje cuestionado. Después, la presencia de su pareja en Nueva York, en el marco de la llamada “Argentina Week”, a bordo del avión presidencial en condiciones que nunca debieron permitirse. Más tarde, un vuelo privado a Punta del Este pagado en efectivo por un tercero de dudosa explicación. Luego, las propiedades. Después, la casa en un country. Y ahora, las vacaciones en Aruba, en abierta contradicción con sus propias declaraciones.
Cada episodio, por separado, podría haber sido gestionado. Todos juntos conforman un cuadro que desborda.
El problema ya no es Adorni. El problema es la presión que su permanencia genera sobre el funcionamiento del Gobierno. Ha llegado a un punto en el que anula el trabajo efectivo del Jefe de Gabinete —a quien la sociedad le paga para gobernar, no para administrar crisis evitables— y contamina el clima interno.
Nadie quiere sacarse una foto con él. Nadie quiere quedar pegado. Y lo más grave: el caso ya opaca todo. Incluso un eventual logro histórico del Presidente quedaría empañado por esta historia que se arrastra sin resolución.
Hay momentos en los que la salida no es una opción: es una necesidad.
Si Adorni tiene genuino afecto por el Presidente y por el proyecto que integra, debería dar un paso al costado. Y si no lo hace, es el Presidente quien debe tomar la decisión.
No hacerlo implica repetir el error de River: creer que el problema es reconocer el final, cuando en realidad el problema es negarlo.
Pero así como el oficialismo se equivoca al sostener lo insostenible, parte de la prensa también ha decidido cruzar un límite.
En las últimas horas se ha intentado instalar, de manera más o menos solapada, un paralelismo entre este caso y los escándalos de corrupción del kirchnerismo, como aquel que Jorge Lanata bautizó como “la ruta del dinero K”.
Hablar ahora de una supuesta “ruta del dinero A” no es una ironía ingeniosa: es una operación de mala fe.
Comparar montos menores, irregularidades o conductas reprochables —que deben investigarse y sancionarse— con el que probablemente haya sido el mayor esquema de saqueo de fondos públicos de la historia argentina no es solo impreciso. Es intelectualmente deshonesto.
Es, en el fondo, un intento deliberado de instalar la idea de que todo es lo mismo. Que todos son iguales. Que no hay diferencias.
Y no, no todo es lo mismo.
Decir esto no implica relativizar nada. Toda corrupción es corrupción. Un peso mal habido es tan condenable en su naturaleza como millones de dólares robados al Estado.
Pero equiparar fenómenos de distinta escala, estructura y gravedad utilizando los mismos símbolos mediáticos no es rigor periodístico: es militancia disfrazada de analogía.
Adorni debe irse. Por el bien del Gobierno, por la salud del propio proyecto y por una cuestión básica de sentido común político.
Pero al mismo tiempo, es imprescindible no caer en la trampa de las equivalencias forzadas. No todo error es un sistema. No toda irregularidad es un saqueo estructural.
Si la política insiste en negar lo evidente y la prensa en deformarlo, el resultado será el mismo de siempre: una sociedad empujada a creer que está condenada a elegir, una y otra vez, entre lo mismo.
Y no lo es.


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