
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Durante los primeros días del Mundial hubo un fenómeno tan inesperado como fascinante: la selección de Estados Unidos se convirtió en uno de los equipos más simpáticos del torneo.
Su debut, con un contundente 4-1 frente a Paraguay, dejó boquiabiertos incluso a quienes seguimos el fútbol desde hace décadas. Integro un grupo de WhatsApp de periodistas que, antes que nada, somos futboleros. Allí, uno de ellos, cronista de un importante diario de Rosario, llegó a encontrar semejanzas entre este equipo norteamericano y la legendaria Holanda del Fútbol Total de 1974. La comparación podía sonar exagerada, pero alcanzaba para describir el asombro que producía un seleccionado que jugaba con una intensidad, una movilidad y una convicción que nadie esperaba.
Las victorias posteriores frente a Australia y Bosnia consolidaron esa corriente de simpatía. No se trataba solamente de los resultados. Había algo fresco en ese equipo. Algo que combinaba disciplina, ambición y un entusiasmo casi infantil por un deporte que todavía no ocupa en la sociedad norteamericana el lugar que sí tiene en el resto del planeta.
Mucho tuvo que ver también Mauricio Pochettino. Sin renunciar jamás a su identidad —“soy 200% argentino”, respondió cuando un periodista le preguntó si ya no se sentía un poquito estadounidense tras la clasificación frente a Bosnia— el entrenador transmitía desde el banco una mezcla singular: la fiereza competitiva tan propia del fútbol argentino con esa inocencia que todavía caracteriza a los estadounidenses cuando se acercan a este juego. Sus gestos hacia las tribunas, sus arengas y su pasión terminaron por acercar emocionalmente a un equipo que representaba, nada menos, que a un país con el que los argentinos siempre han mantenido una relación tan compleja como contradictoria.
Pero entonces apareció el cisne negro.
Durante el partido frente a Bosnia, Folarin Balogun disputó una pelota dividida con un defensor rival. En medio del entrevero de las cuatro piernas, sus tapones impactaron sobre la pantorrilla del bosnio. El árbitro dejó seguir la jugada, pero el VAR lo convocó. Tras revisar la acción, el juez entendió que correspondía la tarjeta roja directa. Balogun fue expulsado y automáticamente quedó suspendido para disputar los octavos de final.
Hasta allí, nada extraordinario. Una decisión arbitral discutible, quizás, pero perfectamente encuadrada dentro de las reglas del juego.
Lo extraordinario ocurrió después.
El día anterior al partido de octavos, el presidente Donald Trump reveló públicamente que había hablado con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para pedirle que reconsiderara la sanción. Infantino explicó que las decisiones disciplinarias corresponden a un órgano independiente y que él no tenía facultades para modificarlas.
Sin embargo, apenas veinticuatro horas más tarde se anunció que la suspensión había quedado en suspenso y que Balogun estaría habilitado para enfrentar a Bélgica.
Fue suficiente.
Toda la simpatía que Estados Unidos había construido durante tres semanas se derrumbó en cuestión de horas. Bélgica protestó. La UEFA amenazó con promover la salida de Infantino. Y en la Argentina volvió a despertar con toda su fuerza ese viejo reflejo antiestadounidense que tantas veces aparece agazapado esperando una oportunidad.
Lo más llamativo ocurrió dentro de la cancha. Estados Unidos fue irreconocible. Desde el primer minuto se advirtió que aquel equipo atrevido, dinámico y alegre había desaparecido. Nadie puede saber si lo invadía un sentimiento inconsciente de culpa, si el peso de la polémica alteró su equilibrio emocional o si simplemente coincidió con una mala tarde. Pero era evidente que ya no era el mismo seleccionado que había maravillado al comienzo del campeonato.
Del otro lado sucedía exactamente lo contrario. Bélgica jugó con una determinación que no había conseguido exhibir en toda la competencia. Sus futbolistas parecían impulsados por una energía adicional, por la convicción de que ya no estaban disputando solamente un partido de fútbol sino defendiendo la credibilidad de las reglas.
El resultado fue inapelable. Cuatro a uno. Estados Unidos quedó eliminado como local y el Mundial perdió a una de sus historias más atractivas.
Lo ocurrido trasciende largamente al fútbol.
Con demasiada frecuencia, quienes detentan el poder creen que cualquier objetivo justifica ejercerlo. Confunden la posibilidad de intervenir con la conveniencia de hacerlo. Suponen que una llamada telefónica puede resolver un problema sin advertir que, muchas veces, crea uno infinitamente mayor.
Nadie podrá saber jamás qué habría sucedido si Donald Trump no levantaba ese teléfono. Tal vez Balogun habría cumplido su sanción y Estados Unidos igualmente habría perdido. O quizá habría ganado. Es imposible saberlo.
Lo que sí sabemos es lo que ocurrió cuando el teléfono sonó. En apenas un día, un equipo que había conquistado el respeto del mundo pasó a cargar con la sospecha de haber recibido un privilegio. Perdió el capital más difícil de construir: la legitimidad de sus logros. Y terminó derrotado de la peor manera posible: no solo en el marcador, sino también en la percepción de quienes hasta entonces lo habían admirado.
Hay victorias que el poder puede fabricar. La autoridad moral, en cambio, nunca se obtiene por decreto.


Me hizo recordar un partido de tenis previo a un encuentro en Miami, Florida en los ’90 en donde estaría Gabriela Sabatini. En ese encuentro jugaba un veterano Ille Nastase con un joven tenista que cuyo nombre olvidé.
Nastase perdía, un par de set pero se recuperó en el tercero y el público lo alentaba tal vez para favorecerlo por ser el más débil, aparentemente o por unos minutos y juegos adicionales. Llegó a empatar en set y cuando se iniciaba el definitivo (no había tie break creo) Nastase empezó a discutir fallos a insultar (no se a quien o quienes.
El público se le puso en contra. La veteranía del rumano cedió frente al impulso del tenista más joven. Pero lo que me quedo grabado, fue la reacción del público contra quien no respeta las reglas. Lo comprobé en otros juegos en New York, Boston…. No se como reaccionaron los espectadores ayer, solo vi los primero minutos y los tres goles que intercambiaron en el primer tiempo. El público parecía alentar a la escuadra estadounidense…. Me hubiera interesado ver como reaccionaron hacia el final del encuentro.