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El Superhéroe ya no estará más

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Extrañar es horrible. Y cuando sabes que lo que extrañas no va a volver es peor. Mucho peor…

Era obvio que los que me conocen y siguen estas columnas sabían de antemano que lo que encontrarían aquí hoy iba a ser una despedida a Lionel Messi.

Leo ha sido para mi como un hijo. No lo conozco personalmente. Nunca estuve con él. Pero es apenas 2 meses más grande que mi hija mayor y por distintas circunstancias de la vida de ambos -salvando las distancias, lógicamente- siempre los relacioné. Me acuerdo que se me cayeron las lágrimas cuando hizo su primer gol en el Mundial de Alemania contra Serbia y la furia que sentí cuando Pekerman no lo puso ni un minuto en el cuarto de final que perdimos por penales contra el local: su imagen de nene frustrado jugando, en el banco de suplentes, con un guante de látex de los que usan los médicos, me partió el alma.

Tiempo después supe por qué en ese momento sentí esa irresistible bronca: estaba inconscientemente seguro -como el tiempo lo demostró después- de que, con él en cancha, hubiéramos tenido más posibilidades de ganar. Sin que yo mismo lo supiera, había nacido en mi la idea del Messi superhéroe. Del Messi que, enfundado en una capa imaginaria, podía, él solo, dar vuelta un partido.

A partir de allí me peleé con medio mundo. Con amigos, con colegas, con cualquiera que se animara a desconocerlo o a sacarme a relucir la comparación con Maradona. En el 2011 en la Copa América que se jugó en la Argentina fue el pico de esa furia, de ese no poder creer que muchos no vieran lo que era evidente, aun en la derrota. Y qué decir del Mundial 2014 en el que de su mano llegamos a la final. O de las dos Copas América que siguieron, las del 2015 y la Centenario del 2016. Cuando lo insultaban, sentía, muy profundamente, que insultaban a un hijo mio. Lo digo de verdad, con el corazón en la mano.

Cuando a la salida del vestuario de aquella final del MetLife en New Jersey en 2016 dijo que renunciaba a la Selección, sentí dos cosas completamente opuestas: de un lado una tristeza enorme por no entender como alguna gente (entre ellos varios periodistas que hoy se rasgan las vestiduras por su retiro y que en aquellos años lo mataban pese a que en muchísima medida vivían de él) lo despedazaba sin piedad, y, por otro, una satisfacción por él porque ya no tendría que venir a un lugar donde lo trataban mal. Hablándole directamente a él frente a la pantalla de la tele le decía “haces bien Leo… jugá donde sos feliz y, fundamentalmente, donde te hacen sentir así porque te valoran por lo que sos y te cuidan como lo que sos…”

Pero Messi tenía preparada una gran lección para mi. Para mi y para todos los que debemos interpretar la vida de todos los días como lo que es: una pelea constante por no caer. Porque ese es y ese será, después de todo, el gran legado de Leo Messi: la perseverancia que no es terquedad, la resiliencia que no es obcecación, sino la seguridad de que tenés lo que hace falta para buscar el triunfo, aun cuando no lo consigas.

Tuvieron que pasar cinco años para que finalmente en 2021, en el Maracaná, Messi consiguiera su primer titulo con la Selección mayor. Empezaron los elogios de todos, incluso de los que parecía que necesitaban de la victoria para reconocer lo evidente. Todos se subieron a un barco que, ya en ese momento, estaba colmado de chicos de todo el mundo que veían en Lionel al superhéroe de los comics, al que puede salir airoso solo frente a un ejercito de malos.

Millones de camisetas argentinas con el 10 en la espalda y el nombre “Messi” saltaban por todos los rincones de un mundo que veía extasiado, como partido tras partido, jugase donde jugase, Messi hacía posible que lo extraordinario se volviera rutina.

Llegó la Finalissima en Wembley entre los campeones de America y de Europa. Italia y la Argentina se enfrentaban en la previa de Qatar. Messi vapuleó a los italianos en un marco colmado de camisetas argentinas que no eran argentinos y levantó la copa con todos los condimentos de una premonición.

Pero los resultadistas de siempre seguían marcando que Leo no tenía un Mundial. Entonces llegó la Copa del Mundo más esperada de los últimos años. No empezó bien, como si todo aquello se estuviera preparando para ser un resumen en pequeño de toda su vida. Una caída y de nuevo a caminar por el filo de la cornisa. Un error y de nuevo a casa a cargar con la mochila de las frustraciones y de los desagradecidos de siempre.

Pero en una ráfaga fulgurante de seis partidos arrastró, no a un equipo de once, sino a todo un país a la cima. Acarició la Copa como si fuera una nube de su propio cielo e inventó una celebración que sería luego replicada en millones de festejos -de cumpleaños, de reuniones de amigos, de fiestas de fin de año- a lo largo y a lo ancho de un mundo que estaba esperando ver a Messi conseguir lo que tanto deseaba; que estaba esperando ver al superhéroe victorioso, con la sonrisa que acompaña al bien cuando vence al mal.

El último Mundial de su vida estuvo rodeado de circunstancias épicas desde cualquier lugar que se lo mire. Ya con 39 años la primera dimensión del reto parecía ser un desafío a la mismísima naturaleza, la misión quizás más comprometida de un superhéroe que consiste en proponerse vencer al tiempo. Luego se le agregó lo que supimos después: la amarga conciencia de que el mejor de todos los tiempos estaba perdiendo a su papá. Aun así jugó el torneo de su vida, superando incluso lo que había hecho en Qatar. En el primer partido ya había roto tres o cuatro records. Se convirtió en el goleador histórico de la Copa del Mundo y al cabo del segundo encuentro había convertido todos los goles del equipo.

Pero fue en la fase de eliminación directa en donde su aura de “yo solo contra todos” comenzó a esculpirse en piedra. Desde los 16avos de final hasta la semifinal con Inglaterra, en todos los partidos el equipo estuvo a punto de quedar eliminado a falta de menos de 10 minutos para terminar los partidos… Y él solo los dio vuelta. Su magia impredecible, su talento sin igual, su fuerza interior y su carácter de acero junto a una habilidad sobrenatural llevó al equipo a la segunda Final de Campeonato del Mundo consecutiva, esta vez contra España.

Pero su verdadera final fue un partido antes, en el encuentro con Inglaterra. Ese partido, por los motivos que sabemos, tiene una carga emotiva especial para todos los argentinos. Y Messi -que nunca había enfrentado a la Selección de los Tres Leones- conocía el antecedente épico del otro Dios del futbol argentino, con lo que Diego Maradona había hecho frente al mismo rival en el Mundial de México de 1986, 40 años antes.

Seguramente intuía que habría algunos que estaban esperando reclamarle ese capítulo también. Y para ellos tenía preparada una función estelar. Una actuación descollante que con dos pases de magia resolvió lo que parecía imposible. Era como si un Hombre Araña real hubiera venido a salvarnos de un enemigo peligroso.

Ya no tendremos a nuestro Hombre Araña, a nuestro Superman capaz de superar los efectos de la kryptonita y hacernos ganar lo que parecía imposible. Y eso se va a extrañar. La Argentina podrá ser un buen equipo. Quizás muy bueno. Pero ya no tendrá la magia de Harry Potter. Los argentinos ya no podrán decir “bueno, de ultima lo tenemos a Messi”, esperando que él desequilibre lo que en todo lo demás es un juego de humanos contra humanos.

Los argentinos del fútbol nos deberemos acostumbrar al hecho de que hemos aterrizado. Todos, de alguna manera nos volvimos terrenales. Ya no volamos en la alfombra mágica de Aladino. La camiseta número 10 ya no tendrá ese hálito sobrenatural que nos tranquilizaba. De alguna manera dejará de ser un símbolo para pasar a ser un número. No habrá una esperanza detrás de cada tiro libre ni un “ohhh” de asombro frente a una finta incomprensible. Todo será… normal. Y ese será quizás un buen momento para reflexionar sobre los que dimos por “normal” (o por lo menos algunos de nosotros) durante todos estos años. Porque los dotes de Leo fueron algo muy parecido a la libertad: solo terminarán de ser completamente valorados cuando ya no los tengamos.

Esta columna de despedida sería interminable si se detuviera a enumerar los impresionantes logros de Leo en el fútbol. Pero voy a recordar solo una frase de Ronaldo O Fenómeno porque no solo encierra una verdad deportiva sino una que pinta la persona que fue, dentro y fuera de la cancha, Leo Messi. Dijo “el Gordo”: “Si Messi fuera la mitad de egoísta de Cristiano, tendría 1500 goles”. Porque también tuvo la generosidad de los verdaderamente grandes. A ese ser humano le estamos diciendo adiós en la Selección.

¡Gracias Capitán! ¡Gracias por todo! Nunca voy a olvidar tu sonrisa inocente después de cada gol. ¡Qué Dios de bendiga! ¡Te quiero!

Por Carlos Mira
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