El punto de no retorno

El jefe de gabinete, Santiago Cafiero, se refirió al vergonzante ataque de una turba de fuerza bruta, compuesta por matones de los sindicatos aliados del gobierno, contra civiles jubilados, desarmados (salvo que se entienda que la bandera argentina es un arma peligrosa), en su mayoría de la tercera edad, a quienes agredieron a trompadas el sábado por la tarde en las afueras de la Quinta de Olivos, en ocasión de las multitudinarias manifestaciones contra el fascismo kirchnerista.

Este impresentable que, según la Constitución, es el “Jefe de la Administración”, no tuvo mejor idea que justificar semejante salvada totalitaria con el argumento de que los sicarios habían llegado al lugar “antes que los jubilados”.

Como si la propiedad de la vía pública se escriturara a favor de quien primero la ocupa, Cafiero, explicó que, hasta donde él vio, los patovicas de los gremios estaban haciendo guardia antes de que llegaran los civiles desarmados.


Eso le resulta suficiente a este inmoral para defender a un grupo que no representa más que la idea que él y su innombrable movimiento tienen de la Argentina: un país que puede ser gobernado por la ley del más fuerte, impuesta a sablazos, si es necesario.

Ver a señores mayores con vendajes en la cabeza mientras le corría sangre por la frente luego de la agresión de estos cobardes, resulta aterrador. Ver, al lado de esas imágenes, a un gobierno descarado haciéndose el ofendido porque un conjunto de manifestantes había simbolizado con bolsas de cadáveres es latrocinio del vacunatorio VIP, como si esa acción fuera un crimen de la dictadura, no hace otra cosa que confirmar de lo que son capaces.

Están siempre prestos para dar vuelta la realidad que vivimos para vestirla con otras ropas que solo le quedan bien a ellos. Agarrarse de un hecho que, les guste o no y haya sido simbolizado como haya sido simbolizado, es absolutamente cierto (que las vacunas que utilizaron para vacunar a su propia oligarquía le podrían haber salvado la vida a otros argentinos del pueblo raso al que ellos dicen defender y representar) para hacerse los ofendidos y buscar recuperar en centro del ring y de la contraofensiva, es una muestra más que pinta de cuerpo entero la calaña de gente que enfrentamos.

El kirchnerismo llegó para demoler el espinazo moral de la Argentina. Está dispuesto, para eso, a romperle la cabeza a un viejo a manos de una turba de sicarios si es preciso. Seguramente con eso, lejos de arrepentirse, pretende enviar un mensaje a los que tengan la peregrina idea de protestar en el futuro: “vengan: los estamos esperando para molerlos a golpes”.

Es la vieja prédica de su fundador, Perón, que se jactaba de “ganar la calle” con 500 hombres saliendo a romper cabezas y vidrieras por la calle Florida con palos con clavos en las puntas, acción de la que luego hacía alarde público.

O la incitación, del mismo ser despreciable que tuvo la malísima idea de nacer en este suelo, para que la gente “diera leña” a los que “sacaban los pies del plato”; o las amenazas para aplicar “las más duras sanciones” si no se hacía su voluntad.

Digámoslo con todas las letras, señores: el peronismo no es un movimiento democrático; es un movimiento fascista que contempla, entre las herramientas disponibles para obtener sus metas, el uso de la violencia física y de la fuerza bruta. Tiene a ambas opciones como alternativas válidas para salirse con la suya. Y cuando es interpelado, ensaya, como Cafiero, respuestas que dan vergüenza ajena pero que, gracias a su repiqueteo constante, mucha gente ha naturalizado, dando por sentado que se pueden utilizar prácticas que tienen más que ver con el hampa que con la política.

Por supuesto que habiendo pasado ya tantas décadas de la existencia de este engendro en el país hay mucha gente soliviantada y anestesiada. El peronismo se vale de esas ventajas no para corregirse sino para profundizar sus peores costados.


Disponen de fuerzas de choque, nacidas y criadas en los márgenes a las que alimentan para utilizar cuando le sean necesarias. Luego los personajes de saco y corbata saldrán a intelectualizar esas reacciones con lugares comunes como “la violencia de arriba engendra la violencia de abajo” o sandeces por el estilo.

Es el caso de Cafiero que, incluso, como buen advenedizo que es, ni siquiera elabora algo tan profundo y cae en la salvajada de justificar la agresión porque los patovicas llegaron antes que las víctimas al lugar.

No sé qué más hace falta ver para convencer, no a los fanáticos, porque esos están definitivamente perdidos, sino a mucha gente que observa este escenario desde posiciones algo más imparciales pero que, luego, cuando son llamadas a votar, le entregan el voto a esta manga de facinerosos.

Si todo lo que ha ocurrido en la Argentina no es suficiente para que ese fiel de la balanza electoral deje de apoyar finalmente a estos delincuentes y le entregue el poder a gente honrada, ya no sé qué se precisa. Ese misterio, entre otras cosas, es lo que me lleva a creer que la Argentina hace tiempo que cruzó el punto de no retorno. 

Por Carlos Mira
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