El peronismo, el kirchnerismo y el ADN argentino

El kirchnerismo tiene un problema ontológico con el robo. Primero ideó el llamado impuesto país.

Cuando empezó a recibir resistencias (más allá de que las resistencias es algo que no está en sus cálculos de atención) reconsideró y mandó a uno de los capitanes de la banda, Máximo Kirchner, a insistir con un impuesto que se aplicaría, esta vez, sobre el 1% de la población.

Ellos deben creer que la gente es estúpida y cuando ve que se les roba a unos pocos automáticamente le aplica a la operación otro nombre, pero no el de “robo”, como si éste dependiera de un hecho cuantitativo: si le robo a muchos es robo, si les robo a pocos, no.

Pero más allá de las consideraciones filosóficas que le caben al kirchnerismo cuando el tema es el robo, no se puede negar que han decodificado como nadie el ADN argentino.

Aprendieron de sus padres, los peronistas, que lograron desagregar el genoma nacional hace casi 80 años y que, lejos de pretender ejercer el poder para eliminarle las múltiples impurezas que encontró, las profundizó hasta el éxtasis, usufructuando su producido.

Una de esas características nacionales es la falta de unidad de cuerpo de la ciudadanía. Me refiero a la ciudadanía privada; de la que vive de su trabajo, de su inventiva, de su esfuerzo y de su capital.

El peronismo identificó allí una grieta y se dispuso a ampliarla todo lo que pudiera. Advirtió que, efectivamente, en los pliegues más íntimos de la personalidad nacional anidaban unos instintos bajos, unos sentimientos innobles que se adaptarían perfectamente a sus objetivos.



En efecto, en esas profundidades psicológicas reina, en el ADN nacional, la envidia. Es más fuerte que nosotros mismos. Nos conformamos más con el mal ajeno que con el bien propio. Como dirían los inefables Les Luthiers: “Lo importante no es ganar, sino que pierda el otro”.

Esa veta de resentimiento sería crucial para el peronismo primero y para el kirchnerismo después.

Sería la que le permitiría presentarse ante una parte de la sociedad como “uno de los de ellos”; como alguien que, consustanciado con los que no tienen o con los que tienen menos, venía a jugar las veces de ariete para entrar en las posesiones de los privilegiados, sacárselas, y repartirlas entre los desventurados. El peronismo sería el repartidor. Y ya sabemos lo que se dice de los que parten y reparten.

Ahora de nuevo, el kirchnerismo gira a una estrategia que responde a esa lógica: “Vayamos contra ese núcleo de oligarcas”. El ADN nacional segrega de inmediato una sustancia de anti-empatía y, en lugar de sentirse consustanciado con las víctimas del robo, dice “qué suerte: a mí no me tocó”.

El peronismo y el kirchnerismo han identificado con enigmática perfección las glándulas que destilan esos jugos y que producen esas reacciones. Las dominan como nadie.

A su vez, la sociedad, víctima de sus propias fallas cromosomáticas, no alcanza a ver que lo que les pasa hoy a algunos conciudadanos, mañana les puede pasar a ellos. El funcionamiento del genoma nacional ha atrofiado esos mecanismos mentales de seguridad y, al contrario, tiende a consustanciarse con el fascista que los explota, en lugar de ponerse del lado de lo que los americanos llamarían “fellow citizen”.

Por eso el peronismo y el kirchnerismo son posibles en la Argentina: porque los argentinos los hacemos posibles. Ellos usufructúan lo que nosotros somos, cómo decodificamos nuestras reacciones y cómo nos comportamos.

En todo el tiempo que ejercieron el poder directa o indirectamente en los últimos 75 años podrían haberlo utilizado para ejercer una actividad docente y sacarnos de esos tugurios mentales dignos de Freud. Pero no. Al contrario. Enseguida se dieron cuenta de que allí radicaba uno de los pilares más fuertes para llevar adelante su obra de corrupción, robo, autoritarismo y atropello a las libertades civiles.

Por la vía de profundizar nuestra tendencia a desconocer completamente la calidad de “fellow citizen” que debería caracterizar a cada vecino para empatizar con él y no con el poder (o con el funcionario que lo representa) el peronismo primero y el kirchnerismo después construyeron una maquinaria de resentimiento y odio de una parte de los argentinos hacia otra parte de los argentinos.

A unos los convenció de que la razón de los males que padecían era la bonanza de la que disfrutaban los otros. Como en un juego de suma cero en donde la gracia de unos es el producto de la desgracia de otros.

De allí pasar a usar (literalmente) a esos argentinos para robarle a los demás no había más que un paso. Este mecanismo sociológico es el que soporta las ocurrencias que estamos viendo y muchas de las que vimos en las últimas siete décadas.

Y recuerden: el kirchnerismo inventó también la táctica del disparate primero y el disparate atenuado después. La repetición con la que están aplicando este principio en las últimas semanas es alarmante.

El “impuesto país” puede ser otro ejemplo del mismo ejercicio: amenazar con confiscar a muchos para que, después, el hecho de confiscar a menos, parezca un acto de razonabilidad y de aceptación de la realidad.

Como buenos fascistas manejan esos vericuetos con maestría. Solo es cuestión de tiempo para ver cuándo vuelven por el todo.

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