El país más anticapitalista del mundo

El PEW Research Center de los EEUU dio a conocer, recientemente, una investigación mundial sobre el apoyo de la opinión pública a la economía de mercado.

En ese informe se sondeó el sesgo de los distintos países  -divididos en “avanzados”, “emergentes” y “en desarrollo”- respecto de la siguiente afirmación: “La mayoría de la gente vive mejor en un país con economía de mercado, aun cuando alguna gente en esos países es rica y otra es pobre”.

Según este estudio de opinión pública, la Argentina es el país más anticapitalista del mundo con solo el 33% de apoyo a esa afirmación.

El promedio de los países avanzados indica que el 63% de sus sociedades está de acuerdo con ese principio, siendo Corea del Sur el más convencido con 78%, Alemania con 73% y EEUU con 70%. Hasta en la siempre romántica y contestaría Francia, el apoyo al capitalismo es rotundo, con el 60% de opinión pública favorable.


El que presenta más reparos es España con 45% de aceptación a la afirmación de que, más allá de que haya gente pobre, la mayoría vive mejor en un sistema de libre mercado que en una economía regulada o planificada.

Pero las mayores sorpresas aparecen en el grupo de países emergentes, al que pertenece la Argentina. Allí vemos que el país más capitalista del mundo es, nada más y nada menos, que Vietnam, en donde el 95% de la gente está de acuerdo con el principio de que con la economía de mercado libre se vive mejor. ¡Vietnam! Es decir, el país que mandó al muere a entre 4 y 6 millones de personas por instaurar la dictadura del proletariado, ¡ahora es el más capitalista del mundo! ¡Cuánta muerte inútil, por favor!

Pero sigamos. China, la esperanza blanca del comunismo, el país que todo progresista resentido y envidioso de los EEUU trata de enrostrarte para neutralizar a los norteamericanos, cree, en un 76% de su opinión pública, que la economía libre ofrece a la gente un mejor standard de vida que la estatización.

En Rusia, la otrora madre de la cuna del comunismo, la URSS, el 53% de la gente cree que un país vive mejor bajo una economía de mercado, antes que con una economía de planificación estatal.

En Venezuela, el norte inmaculado del socialismo del siglo XXI, la gente, en un 67% de su población, cree que con la economía de mercado se vive mejor que con el socialismo.

Yendo al resto de América Latina, en Brasil, el 60% lo cree y en Chile el 57%; en Perú un 53% y en Colombia un 49%. El promedio de los emergentes es del 62%, es decir casi idéntico al de los países avanzados.

Incluso entre los países más pobres, que el informe llama “en desarrollo”, los números de opinión pública son apabullantes. Así, en Bangladesh el 80% cree en la economía de mercado; en la Nicaragua de los Ortega, el 71%; en Uganda el 68%. En este grupo de países, el promedio es aún más alto, el 71%, demostrando una vez más, aquella verdad que dice que el que carece de algo es el que mejor percibe sus beneficios. Entre estos países en donde la economía de mercado tiene menos apoyo es en Palestina, donde recoge la opinión favorable del 65% de la gente.

Como decíamos, la Argentina, aparece como el país más antimercado del mundo con un 33% de acuerdo a la afirmación de que con la economía libre se vive mejor. Se trata no de otra cosa que de la verificación de hasta dónde ha calado el discurso populista, jurásico y retrógrado, del socialismo ineficiente, inútil, regulador, improductivo y sólo útil para un puñado de vivos que, aprovechándose de venderle a la gente un verso atroz, se encarama en el poder y lucra con sus privilegios.

Lo más triste de todo esto es que cuando uno ve las actitudes reales de los argentinos (sus gustos, sus preferencias, sus inclinaciones) se da cuenta que ni siquiera es socialista por convicción. Lo es por un irresuelto complejo de resentimiento social, envidia, rencor y odio hacia el que tiene éxito, hacia el que avanza, hacia el que triunfa. Tanto temor tienen los argentinos de fracasar en el intento de progresar que prefieren retroceder, aun cuando con eso condenen a los que sí quisieran arriesgarse, a los que sí quisieran tomar la aventura de vivir en sus propias manos.


Tanto temen que algunos puedan y otros no, que prefieren prohibirle a todos el goce pleno de la libertad y de la vida. Prefieren vivir todos encadenados a que alguno, libre de cadenas, sobresalga por encima del resto. Se trata de una mentalidad tan pequeña, tan rastrera y tan baja que a nadie le resulta extraño que el país sea cada vez más chico, más pobre y más miserable.

En esa escasez ellos se conforman con que la miseria esté distribuida de igual manera, aunque siempre olvidan incluir en sus cálculos a la casta que les metió en la cabeza esos dislates, la misma que aprovecha tanta estupidez para vivir como reyes.

¡Qué triste papel el de la Argentina! Un país nacido, según todos creían, para descollar entre las naciones, reducido a unas ruinas de furia envidiosa, quemándose entre las llamas de su propio rencor.  

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