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El ningunismo y la libertad

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Hay datos de las encuestas que parecen destinados a pasar inadvertidos y que, sin embargo, dicen mucho más sobre una sociedad que una elección o un índice de aprobación.

El último estudio del Observatorio Pulsar de la UBA detectó una sólida base social —42% de los encuestados— que el trabajo denomina “ningunismo”: personas que no se identifican con ninguno de los dos grandes bloques que hoy disputan el poder en la Argentina, el libertarismo y el peronismo.

La etiqueta es interesante, pero más interesante todavía es lo que puede haber detrás de ella. Porque, a poco que se profundiza, uno advierte que el “ningunismo” no existiría si no hubiera una creciente avidez por la independencia de la política.

Dicho de otro modo: quizás una parte importante de la sociedad esté empezando a decir “ninguno de ustedes me representa”.

Y eso es bastante más que una indiferencia electoral.

Es una señal positiva desde el punto de vista de la libertad individual. Para ser “ningunista” —o para aspirar a serlo— hay que tener cierto grado de independencia personal que permita mandar al diablo a los políticos, cualquiera sea su color, porque se sabe que ellos no van a resolver nuestra vida.

Quien piensa de ese modo empieza a comprender que su existencia depende fundamentalmente de sí mismo: de su trabajo, de sus decisiones, de sus capacidades y de lo que pueda hacer por él y por su familia, independientemente de quién ocupe los sillones del Estado.

En el fondo, empieza a descubrir que su vida es suya.

Por eso el “ningunismo” tiene bastante más que ver con el liberalismo de lo que probablemente muchos de sus integrantes estén dispuestos a admitir. Existe una vieja idea según la cual, en el fondo, todo ser humano es liberal porque aspira a vivir su vida como quiere, con independencia de los pareceres, gustos y órdenes de la burocracia estatal, de la que además desconfía.

¿Por qué, entonces, tantos “ningunistas” no se declaran liberales?

Hay varias razones.

La primera es cultural. Después de décadas de predominio del pensamiento estatista y del machaque socio-peronista, en muchos círculos argentinos el liberalismo todavía conserva cierto carácter vergonzante. Defender la propiedad privada, el mérito individual o un Estado menos invasivo fue presentado demasiadas veces como una defensa de los poderosos contra los débiles.

La segunda es política. El gobierno de Javier Milei, que se define como liberal-libertario, todavía no logró imponer completamente el Nuevo Orden que anunció. Los usufructuarios del Antiguo Régimen siguen ofreciendo resistencia y colocando todas las trabas que pueden. Por eso los resultados de la transformación son todavía parciales, mientras que la “venta” pública del cambio generó expectativas que quizás fueron excesivas.

Y hay una tercera razón, bastante más elemental: en las encuestas también “queda bien” decir que uno no está conforme con nada. Es parecido al “que se vayan todos” que se canta en una cancha, olvidando que muchos de los dirigentes contra los cuales se protesta fueron puestos allí por quienes protestan.

Todo esto se relaciona, además, con la increíble capacidad de resiliencia —o, para decirlo en términos menos académicos, de caradurez— del socialismo para seguir planteando discusiones que muchas sociedades creían haber zanjado.

Fíjense lo que ocurre en Estados Unidos. Un reciente estudio señala que el 33% de los demócratas encuestados se identifica como “demócrata socialista”.

El dato debería preocuparnos.

No porque alguien no tenga derecho a declararse socialista. En una sociedad libre tiene derecho a defender las ideas que quiera. El problema aparece cuando esas ideas pretenden convertir al Estado en árbitro supremo de derechos que pertenecen a los individuos.

La Constitución norteamericana no dice literalmente que “el socialismo es inconstitucional”, pero su arquitectura está construida alrededor de la protección de la libertad individual, el debido proceso y la propiedad privada. Y la Argentina tampoco carece de una definición constitucional sobre estas cuestiones: el artículo 17 establece la inviolabilidad de la propiedad y el artículo 19 protege las acciones privadas de los hombres frente a la autoridad estatal.

Hay discusiones que una sociedad puede mantener eternamente. Pero hay otras que una Constitución ya decidió.

La propiedad privada no es una concesión del Estado. La libertad individual tampoco. Y el poder político no puede transformarse en dueño de la vida de las personas.

Por eso el problema no es que exista una minoría socialista. El problema es la pretensión de volver a discutir permanentemente hasta dónde puede llegar el Estado sobre la vida individual, como si las sociedades constitucionales no hubieran aprendido nada después de siglos de experiencia.

Y aquí aparece el vínculo con el “ningunismo”.

Mientras el 42% de los argentinos parece decir “ninguno de ustedes”, una parte del electorado estadounidense vuelve a decir “más Estado”.

En el fondo, ambas posiciones están discutiendo lo mismo: cuánto poder estamos dispuestos a entregar a la política sobre nuestras vidas.

El “ningunismo” puede ser, entonces, una admisión todavía inconsciente de que los argentinos quieren sentirse libres del Estado.

Falta un paso.

Falta perder la vergüenza de decirlo en voz alta: “No quiero que nadie me dirija la vida”.

Pero ese descubrimiento trae consigo una consecuencia inevitable. No se puede aspirar a definir la propia vida en soledad y reclamar, al mismo tiempo, que otro se haga cargo de las consecuencias de nuestras decisiones.

La libertad no significa que todo vaya a salir bien. Significa tener el derecho a elegir el camino y la responsabilidad de hacerse cargo de lo que ocurra.

Tal vez ése sea el verdadero salto que todavía tiene que dar el “ningunismo”: pasar del “ninguno de ustedes me representa” al “mi vida me pertenece”.

Y cuando una sociedad llega hasta allí, acaba de descubrir algo mucho más importante que una nueva identidad política. Acaba de descubrir la libertad.

Por Carlos Mira
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