El miedo al acostumbramiento gradual

Pronto los argentinos vamos a tener que tomar una decisión respecto del confinamiento. Durante

Una primera etapa todo el mundo lo acepto como una cuestión bastante razonable dadas las circunstancias.

Pero ahora habiendo pasado ya más de un mes empiezan a presentarse otras preguntas delicadas respecto de lo que haremos nosotros frente a las opciones que tenemos.

La Argentina es uno de los países -si no el único- que ha tenido una cuarentena tan exigente y prolongada como la que tenemos. Los demás, si bien mantienen la sugerencia de quedarse en casa y, obviamente, del distanciamiento social, mantienen la vida abierta y con opciones de elección dentro de las libertades individuales de cada uno.

Es que, efectivamente, el CV19 nos enfrenta descaradamente a una opción de hierro entre el ejercicio de la libertad responsable o el confinamiento totalitario.

El virus nos ha dado la oportunidad de caricaturizar (esto es, exagerar) las opciones en pugna: por un lado una vigorosa regimentación social donde la vida se haya poco menos que militarizada, repleta de permisos y donde el ejercicio espontáneo de los derechos en principio no existe y está sujeto a la autorización de un comandante; y, por el otro, un sistema de libertades en donde las personas bajo su propia responsabilidad tomas las decisiones que atañen a su vida, incluyendo los riesgos que esto conlleve.


Repito: el virus nos ha puesto en blanco sobre negro los extremos de los dos sistemas. La pandemia les ha permitido a quienes sin necesidad de ella, buscaban aproximarse a un sistema de vida parecido al del primero modelo, acelerar los tiempos y ensayar en el campo las reacciones sociales.

Obviamente cuentan con la inocente razonabilidad de la gente que, ante el miedo y el susto, se allana a perder derechos a cambio de mantenerse con vida (siendo ese el relato que dramáticamente se trasmite). Es el eterno paradigma del fascismo: la necesidad de crear una emergencia o de vender un relato que multiplica por 1 millón los efectos reales de la existente.

Cualquier estadística fría que uno analice respecto de los índices de mortalidad de diversas causas de muerte, sean estas naturales o accidentales, supera con creces la del CV 19. Desde la gripe común hasta los accidentes de autos, matan enormemente más gente en el mundo que este virus. Sin embargo el mundo no se ha detenido por ello. Ni mucho menos ha restringido la libertad ambulatoria de millones.

El hecho de las fronteras completamente cerradas es una cuestión grave. Muy grave. Obviamente no desconozco que la Argentina no es el único país en el mundo que ha tomado estas medidas.

La organización IATA reporta una brutal caída del tráfico aéreo desde el 16 de marzo hasta ahora a nivel mundial. Sin embargo, aun con esa disminución es notoria la diferencia en los cielos de EEUU, Europa Occidental y Australia. Coincidentemente esas tres áreas mundiales son aquellas que más respetan la libertad individual.

Cuando todo esto empezó Fernández dijo que entre la economía y la salud no tenía dudas en inclinarse por la salud. Sin embargo cada día de cuarentena le cuestan a la Argentina $ 50 mil millones de pesos. La profundización del deterioro económico será enorme.

Sin embargo, Fernández sigue como si nada ocurriera cuando entramos en el terreno impositivo.

El presidente parece creer que todo puede seguir funcionando igual para el Estado, cuando todos los contribuyentes están parados en sus casas sin percibir ingresos. No solo eso: junto al comunista Heller y a la lumbrera de la dinastía Kirchner, Máximo, diseña otros impuestos para aplicarle al sector privado para que los esclavos sigan financiando a la corte.

Para ser aún más claro: mi temor es que el Covid-19 haya actuado como un acelerador de lo que ya estaba en marcha.

Macri, con todos sus errores forzados y no forzados, gobernó cuatro años sin echar mano a la declaración de ninguna emergencia. Los Kirchner tanto en el gobierno pasado como ahora, la primera ley que pasaron fue, justamente, una ley de emergencia económica que prorrogaron continuamente.

En el período anterior incluso incurrían en la grotesca contradicción de afirmar, por un lado el éxito incontrastable de su modelo (sostenido en un relato repetido hasta el hartazgo) y, por el otro, en la prolongación sistemática de la “emergencia”. ¿En qué quedamos? ¿Estábamos en el paraíso socialkirchnerista o en emergencia?

Los medios están prestando una ayuda invalorable al proyecto fascista. Como la curva de audiencia se multiplicó exponencialmente (porque la gente encerrada mira televisión) multiplican el mensaje como si fueran una enorme polea de transmisión.

Y por último, pero no menos importante, claro está, está la inveterada personalidad nacional inclinada naturalmente a la aceptación del fascismo, desde Rosas hasta hoy.

¿Qué decidiremos cuándo esta pesadilla acabe? ¿Qué derechos reclamaremos que se nos devuelvan de inmediato y qué otros tomaremos como normal no tener ya? Esa desconfianza en el ADN argentino cuanto la cuestión tiene que ver con la libertad es la que nos debería preocupar, al menos a aquellos a quienes valoramos ese bien por encima de cualquier otro.

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