Aruba

El manual de la emoción: cuando la política reemplaza a las ideas

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Si uno trazara una línea histórica y buscara un denominador común entre personajes que, en principio, no tienen absolutamente nada que ver entre sí salvo por su oposición a un mismo “enemigo”, no tardaría demasiado en advertir que esa línea atraviesa transversalmente una serie de recursos recurrentes: sensiblería, nacionalismo, emocionalidad y, sobre todo, la explotación sistemática de hechos que aparecen repentinamente y que pueden ser convertidos en instrumentos de agitación política.

El método es bastante sencillo. Aparece un acontecimiento, una consigna, una dificultad real o incluso un episodio insignificante. Alrededor de eso se construye una escenografía emocional. Después se agregan palabras cuidadosamente seleccionadas. Finalmente, todos los que pueden encontrar allí una oportunidad política se incorporan al asunto, como capas sucesivas de empuje en un maul de rugby. El objetivo no necesariamente es resolver el problema. Muchas veces es exactamente el contrario: instalar la sensación de que existe un problema gigantesco, que todo está mal y que quienes gobiernan son responsables de cada una de las desgracias que puedan enumerarse.

Ayer tuvimos un ejemplo casi perfecto.

El diputado Nicolás del Caño, que percibe un ingreso mensual de varios millones de pesos por ocupar una banca en el Congreso, desplegó en la Cámara de Diputados una bandera con la consigna “Las Malvinas son Argentinas”. Cuando Martín Menem le ordenó retirarla, Del Caño respondió que el gobierno de Javier Milei preferiría colgar un cuadro de Margaret Thatcher.

La pregunta elemental es otra: ¿en qué mejora la vida de un argentino porque un diputado cuelgue una bandera en el recinto? La respuesta es obvia: en nada. No baja un impuesto. No aumenta un salario. No genera empleo. No mejora una jubilación. No reduce el gasto público. No hace más eficiente al Estado. No mejora la educación ni la salud. No facilita la inversión ni incrementa la productividad.

Pero eso es justamente lo de menos. Lo importante, para quienes utilizan esta metodología, es conseguir que la discusión se desplace desde el terreno de las ideas hacia el de los sentimientos. Que quien cuestione determinadas políticas pueda ser presentado como alguien “antinacional”. Que quien pretenda discutir racionalmente la economía argentina termine obligado a defenderse de una acusación emocional. Y entonces aparece el truco: convertir una posición política en una prueba de patriotismo.

Algo similar ocurrió ayer con la denominada “morosidad familiar”. Un grupo de diputados, de una heterogeneidad política considerable, intentó impulsar proyectos vinculados con la cuestión. Antes de hacerlo posaron para una fotografía cuyas expresiones compungidas eran tan dramáticas que, si se la hubiera mostrado a un observador extranjero sin explicarle el contexto, probablemente habría supuesto que estaba viendo la entrada de un velorio.

La pregunta vuelve a ser incómodamente sencilla: ¿qué hicieron esos diputados para aliviar las condiciones materiales de las familias argentinas? Porque si realmente les preocupa la situación económica de las familias, deberían estar pensando, entre otras cosas, en cómo reducir la carga estatal que esas mismas familias soportan todos los días. Una carga que, en buena medida, es consecuencia directa de la propia existencia y funcionamiento de la estructura política que ellos integran.

Pero para eso habría que discutir cuestiones bastante menos fotogénicas: impuestos, gasto público, regulaciones, burocracia, productividad, empleo, déficit, incentivos. Es mucho más sencillo poner cara de preocupación.

Y aquí aparece otro componente fundamental de este manual: el manejo de las palabras. Cuando comenzó a instalarse el asunto de la “mora”, apareció rápidamente la expresión “mora familiar”. Parece una modificación insignificante. No lo es. “Familia” es una palabra de enorme potencia emocional. Remite al núcleo social elemental, a los vínculos primarios, a la protección, a los hijos, a los padres, a la intimidad. Agregarla delante de un problema económico transforma automáticamente su carga emocional.

Y lo notable es que algunos de quienes explotan discursivamente ese concepto provienen de espacios cuyas propias concepciones ideológicas cuestionan, en mayor o menor medida, el papel tradicional de la familia como institución social.

No importa. Si una palabra sirve para movilizar emociones, se utiliza. El fenómeno tampoco es nuevo ni exclusivamente argentino. Durante décadas, una de las palabras más exitosas del discurso político sobre Cuba fue “bloqueo”. “Bloqueo” evoca inmediatamente una imagen concreta: barcos de guerra rodeando una isla, impidiendo su comunicación con el exterior y condenando a sus habitantes a morir de hambre.

Pero el fenómeno conocido jurídicamente como embargo estadounidense es otra cosa. Cuba comercia con numerosos países y mantiene relaciones comerciales internacionales. Incluso Estados Unidos participa en determinados intercambios con la isla, particularmente en categorías como alimentos, medicamentos y remesas.

Entonces, ¿por qué insistir con “bloqueo”? Porque las palabras no solamente describen la realidad. También pueden deformarla. “Embargo” describe una restricción comercial. “Bloqueo” construye una imagen de asedio. Y una imagen de asedio es infinitamente más útil para la propaganda que una explicación sobre las consecuencias de décadas de socialismo, controles, falta de incentivos, destrucción productiva y un sistema político que concentra el poder y restringe las libertades. El recurso consiste en lograr que una palabra produzca en la cabeza del receptor una conclusión antes de que éste tenga tiempo de analizar los hechos. Y funciona.

Funciona extraordinariamente bien cuando se combina con otro elemento: la aparición repentina de una causa a la que todos deben sumarse. Hoy es la discapacidad.Mañana, la morosidad. Pasado mañana, un viaje (depende de quien, porque si el que viaja es uno propio -como Massa al Caribe- una red de protección meditativa (que me consta) se despliega para protegerlo). Después, los jubilados. Luego, los docentes. Y si pasado mañana aparece un conflicto por los alfajores Jorgito en un kiosco de Villa Lugano, allí estarán algunos de los mismos dirigentes, cámaras mediante, denunciando la “crisis de los alfajores”.

No importa demasiado cuál sea el tema. Lo importante es estar. Es una vieja metodología de la izquierda: ocupar todos los conflictos disponibles, independientemente de su naturaleza, para convertirlos en una acumulación permanente de señales de caos. La lógica es elemental: si hay diez problemas simultáneos, la sociedad debe sentir que existe un solo problema gigantesco llamado “el gobierno”. Y para eso hace falta que cada episodio sea convertido en una batalla nacional.

También hace falta una cierta complicidad del resto del sistema político. Y aquí aparece, quizás, la pregunta más incómoda de todas. ¿Los dirigentes que no forman parte del núcleo comunista radical y antidemocrático no se dan cuenta de que están siendo utilizados? ¿No advierten que muchas veces terminan prestando su nombre, su imagen y su legitimidad a quienes tienen objetivos políticos absolutamente incompatibles con los propios?

La impresentable Marcela Pagano o el diputado Massot pueden servir como ejemplo de esa contradicción. ¿Realmente creen que quienes hoy utilizan determinadas consignas para cuestionar al gobierno de turno aceptarían tranquilamente su existencia política si alguna vez consiguieran imponer integralmente el modelo que proclaman? ¿No comprenden que las alianzas circunstanciales tienen límites y que quien hoy es un compañero de fotografía puede convertirse mañana en un adversario ideológico?

Y la pregunta vale también para una parte de la sociedad. ¿Cuántas veces será necesario comprobar el resultado final de estas experiencias? ¿Cuántas veces habrá que mirar a Cuba para recordar qué ocurre cuando un régimen destruye los incentivos económicos, concentra el poder y convierte la pobreza en una consecuencia permanente del sistema?

¿Cuántas veces habrá que recordar el Muro de Berlín, los intentos desesperados de los ciudadanos de Alemania Oriental por escapar hacia Occidente y las vidas que se perdieron intentando atravesar una frontera que supuestamente existía para protegerlos?

La cuestión no consiste en negar los problemas reales. La discapacidad existe. La pobreza existe. La morosidad existe. Los jubilados tienen problemas. Los docentes tienen problemas. Las familias tienen problemas.

Precisamente por eso resulta tan perverso convertir cada uno de esos problemas en una herramienta de manipulación política. Porque cuando todo se transforma en una tragedia nacional, cuando cada discusión se convierte en una cuestión moral, cuando cada desacuerdo se convierte en una acusación de antipatria y cuando cada palabra es elegida para provocar una reacción emocional, desaparece aquello que debería ocupar el centro de la política: la discusión sobre qué funciona y qué no funciona.

La Argentina no necesita más banderas agitadas para las cámaras. Necesita menos impuestos. No necesita más caras compungidas. Necesita mejores políticas. No necesita más consignas. Necesita crecimiento, empleo y productividad. No necesita que los políticos le expliquen cuánto les preocupa la familia. Necesita que dejen de diseñar un Estado que hace cada vez más difícil sostenerla.

El problema, entonces, no es que Del Caño levante una bandera. El problema es que una bandera pueda reemplazar una idea. No es que unos diputados pongan cara de preocupación frente a una cámara. El problema es que la fotografía pretenda sustituir una solución.

No es que una palabra sea utilizada. El problema es que se la utilice deliberadamente para que la emoción impida pensar. Y quizás haya llegado el momento de formular la pregunta que nadie parece dispuesto a contestar ¿Hasta cuándo vamos a ser tan idiotas como para permitir que nos utilicen?

Por Carlos Mira
Si quieres ayudarnos a respaldar nuestro trabajo haz click aquí
o podes comprarnos un Cafecito.
>Aruba

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *