
Carlos Mira, The Post FMGN Press
Hay momentos en que los gobiernos parecen entrar en una zona de turbulencias que, si uno se pone a pensar, no sabe muy bien a qué atribuir.
Cuando ocurre eso, generalmente se debe a que los motivos del desasosiego son varios y no están limitados solo a uno. En el caso del gobierno de Javier Milei podríamos listar:
1) los modos del presidente,
2) la falta de derrame evidente desde los sectores beneficiados por el programa económico hacia los sectores menos beneficiados,
3) una constante acción psicológica de algunos medios y de cierta oposición para esmerilar la imagen del gobierno y del presidente todos los días,
4) una falla de origen que se remonta a la escasísima cantidad de gente “pura” que compartía con el presidente su programa de gobierno,
5) un núcleo social duro que aun cree que la vida se limita a tener un Estado que provea las necesidades de todos sea por la via que fuese (robándole a ciertos sectores de la sociedad el fruto de su trabajo, imprimiendo dinero falso, tomado plata prestada o una combinación de todo eso junto),
6) la imposibilidad del gobierno de proyectar hacia el mundo una imagen sólida de que, efectivamente, la que ha tomado una decisión de cambio de rumbo de vida y de cómo entender las relaciones interpersonales es la sociedad argentina entera y no solo un soplo temporal cuya explicación también se halla en razones puntuales y no a una introspección seria que manifieste un sincero arrepentimiento sobre cómo se manejó el país desde los años ‘40 hasta hoy,
7) la manifiesta realidad de que no son muchos los argentinos que hayan decidido tomar ventajas de la liberalización que hoy existe en muchísimos mercados que antes estaban regulados y hoy son mas libres, lo que indica que pese a ese trabajo de desburocratización y desestatización no hay confianza en que ese nuevo regimen de libertad haya llegado para quedarse,
8) la llamativa falta de acción de un gobierno (que, por otro lado, se autopercibe como muy audaz) para encarar reformas cambiarias y fiscales realmente profundas bajo el argumento de que “no están dadas las condiciones” sin advertir que el tiempo que se pierde esperando que “se den las condiciones ideales”, empeora las consecuencias de seguir con regímenes cambiarios y fiscales incompatibles con la libertad (los encajes obligatorios en los bancos son del 40% y la presión impositiva con impuestos superpuestos, confiscatorios y anticonstitucionales, no encajan en un programa que vino a desencadenar las atadas manos de los argentinos),
9) una serie de divisiones internas generadas por la hermana del presidente que ha puesto a algunos funcionarios de un lado y a otros de otro, con filtraciones e inconexiones poco funcionales al nivel de unidad pétrea que habría que tener para llevar adelante el ambicioso programa de desperonizar la mente argentina y restaurar el espíritu original de la Constitución de 1853,
10) una tendencia sociológica argentina a la llamada “sensibilidad” (que llegará seguramente a su climax con la visita del Papa) que neutraliza la “bravura” que sería necesaria para enfrentar el programa que el gobierno propone.
Hemos limitado a 10 los motivos que alimentan el tufillo raro que la sociedad respira hoy simplemente por redondear en ese numero las razones que para nosotros destacan entre otras muchas que se podrían haber anotado.
Como se ve, hay razones que responden a orígenes bien diferentes: algunos en donde destaca la responsabilidad o el papel del gobierno, otros en donde son las concepciones de la sociedad las que impiden salir del estancamiento y otras que tienen que ver operaciones mediáticas y políticas de los que tenían privilegios con el Antiguo Régimen y que no se resignan a perder.
Obviamente, salir de este empaste no será fácil. En especial porque la sociedad sobre la que debería operar un cambio de mentalidad no aparece demasiado convencida de llevarlo adelante o bien solo estaría dispuesta a hacerlo si los resultados del cambio tuvieran un efecto visible mas inmediato. Esa opción lamentablemente no esta disponible.
Para citar un ejemplo trágicamente actual, el proyecto de las Torres Gemelas en New York comenzó en 1966. Los edificios se inauguraron en 1973. Estuvieron en pie 28 años y solo se necesitó menos de una hora para derrumbarlos. La frase es mas vieja que el sol pero vale la pena repetirla: construir algo cuesta muchísimo mas trabajo y tiempo que destruirlo. El peronismo, en menos de 8 años, destruyó el esquema de libertades que a la la Constitución de 1853 le había costado 90 años instalar. Es absolutamente imposible que ese esquema vuelva a restaurarse en un par de años removiendo las convicciones populistas enquistadas en los cerebros de los argentinos luego de casi un siglo de repiqueteo fascista.
Si a eso se le suma un gobierno desmembrado y -pese a su propia alharaca- tímido para encarar reformas realmente revolucionarias en materia cambiaria y fiscal e “infiltrado” políticamente por muchos personajes que tienden mas que ver con el peronismo que con la libertad, el resultado es el que estamos viendo: una ostensible falta de confianza sobre la que se monta con fiereza una campaña tendiente a esmerilar el intento libertario apelando a sensiblerías baratas, versos viejos y demagogias varias.
Si este desasosiego se traduce en un regreso del Antiguo Régimen, estaremos frente a una de las perdidas de oportunidades (por los sacrificios hechos y por el tiempo invertido) mas importantes de la historia Argentina… ¡Y mira que hemos tenido varias, eh!

