El futuro tan temido

La Argentina está aproximándose a un punto muy peligroso de su historia.

Resulta harto evidente que, desde la visita que la comandante de El Calafate le hiciera al presidente en Olivos, se ha lanzado una ofensiva fascista que hemos comentado ya aquí en nuestra columna del jueves y que está dispuesta a aprovechar la enorme ventana de cautiverio que abrió el coronavirus para avanzar de modo definitivo sobre los derechos civiles y las libertades individuales, claramente el modelo que odian con todas sus fuerzas.

Mariotto el inservible ex vicegobernador de Buenos Aires y ariete de la comandante, avisó que ya había sido suficiente con la máscara de la moderación y era hora de acelerar con la radicalización.

Este inútil, solo hábil para vivir del Estado, confesó abiertamente un fraude electoral al admitir que en la campaña habían “vendido” una imagen más racional (porque estaban seguros que de lo contrario perdían) pero que esa situación debía cambiar y Fernández debía asumir el trabajo para el que había sido “contratado”.

Desde la visita de la comandante a Olivos han sido ostensibles las movidas del gobierno en el terreno judicial en defensa de jueces kirchneristas, en ataques hacia jueces imparciales, en denuncias contra funcionarios del gobierno anterior y en burdas operaciones para ganar posiciones en el escenario político y social.

Aprovechando la cuarentena se han repartido miles de cuadernillos hogareños para los niños alabando a los gobiernos peronistas y atacando todo lo que no sea de su color. Repito: material dirigido a los chicos, algo que el peronismo siempre hizo desde que la política argentina lo vio nacer.
El presidente hizo un increíble viaje a Formosa en donde le enrostró a todo aquel que quisiera verla una imagen metafórica del modelo de país que sueñan: en el encuentro con el gobernador Insfrán anduvo a los abrazos y a los besos como para dejar claro que en el modelo que persiguen instaurar ellos siempre podrán hacer las cosas que nos prohiben a nosotros.


Allí mismo dijo que “con Gildo venimos a poner de pie a Formosa” como si la provincia no viniera gobernada por el propio Insfrán durante los últimos 25 años.

Por el otro lado se está formando una corriente cada vez más evidente con ganas de desafiar al gobierno en sus mismísimas bases, en aquellos resortes donde el fascismo quiere hacerse más fuerte.

Quizás nunca antes haya habido en la Argentina una conciencia tan clara de cómo se están perdiendo las libertades cotidianas. La actividad en las redes y hasta en algunos medios importantes recalcando el peligro que el país enfrenta son cada vez más ostensibles.

La crisis del coronavirus le ha dado a una parte del país la oportunidad de medir -quizás por primer vez en los tiempos modernos- una vida con carencia de derechos.

Esa realidad ha concientizado a muchos argentinos en el sentido de que el proyecto del kichnerismo de “ir por todo” va en serio.

Algunos payasos a sueldo como el caso ya comentado aquí de Dady Brieva reclamando “ser Venezuela ya” no han hecho otra cosa que avivar un miedo irredimible al fascismo socialista.

El sábado 30 de mayo multitudes cuidadosas de las cuestiones sanitarias, se reunieron en varias ciudades del país (incluida la Capital en el Obelisco y en la Av. 9 de Julio) para reclamar una “cuarentena inteligente” y que cientos de miles de comerciantes, pequeños y medianos empresarios, monotributistas y profesionales liberales puedan trabajar. La movida sirvió para medir fuerzas, algo así como las invasiones inglesas sirvieron para que los patriotas tomaran dimensión de sus propias capacidades.

Con todo lo positivo que eso significa, también es un llamado de atención a que hay gente dispuesta a enfrentar a la fuerza bruta con otra fuerza de igual porte aunque de distinta composición.

Esa guerra sorda puede convertirse en ruidosa en cualquier momento. Y cuando ese ruido estalle nadie puede adivinar el desenlace.
En esta historia el presidente viene desempeñando un papel que puede dar lugar a varias interpretaciones.


Muchos podrían decir que parece un pusilánime, aviniéndose a todas las arremetidas de la comandante. Y otros quizás podrían ver el prólogo de la actuación de un traidor agazapado que solo espera la oportunidad más propicia para asestarle un golpe mortal a su mentor.

El problema son los alfiles, con cuántos cuenta cada uno.

Y en ese campo no hay dudas que la comandante dobla al presidente.

Pero, ¿qué ocurriría si Fernández advirtiera que, si se juega, la sociedad lo apoyaría a él?

Obviamente el descalabro económico que seguirá a la pandemia puede resultar un factor decisivo en el humor social que perfile esa pulseada.
En ese sentido, para los valores de la libertad, es muy importante que la gente siga reclamando por la vigencia de los derechos civiles. Un país puede sobrellevar, en determinadas circunstancias, el letargo de un presidente pusilánime. Pero la pusilanimidad social puede pagarse con una servidumbre eterna.

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