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El fútbol y lo peor de nosotros

Soy futbolero. Quienes siguen estas columnas ya lo deben haber advertido hace rato. Cientos de veces he utilizado ejemplos extraídos del fútbol para extrapolarlos a los comentarios políticos y a otros más amplios sobre la Argentina y los argentinos.

Pero la semana pasada ocurrió un hecho que quizás sea una especie de éxtasis en el mundo de los ejemplos de esta clase.


En España, el Real Madrid se había consagrado campeón antes de que el campeonato terminara. Uno de los partidos faltantes, justamente debía enfrentar a los dos clásicos rivales de la ciudad, el Real y el Atlético, dirigido por el “Cholo” Pablo Simeone.

Desde tiempos inmemoriales es una tradición en ese país que el equipo que recibe al campeón cuando aún hay fechas por jugar haga lo que se llama un “pasillo” para aplaudir a sus rivales en señal de respeto y reconocimiento por el logro obtenido.

Unos días antes de partido la prensa le preguntó al Cholo si el Atlético haría el pasillo al Real. Simeone tuvo una respuesta lamentable que no solo ratifica lo que muchos ya sabíamos de él sino que sirvió para confirmar aspectos de la sociología argentina de las últimas décadas que también  demuestran la velocidad de la decadencia moral de la sociedad y -lo que es peor- la naturalidad con la que, no solo se la acepta, sino que se la defiende como si fuera lo correcto.

El Cholo, para justificar su negativa a que su equipo “hiciera el pasillo” al Real, dijo. “Son formas de vida. La sociedad española –no sé si en otros sitios se hace esto- es diferente y se hace así. Pero de donde yo vengo no se utiliza, pero vivimos de otra manera también, es vedad…”

Se trata de una respuesta que deja todo claro. Porque el ex capitán nada menos que de la Selección Argentina no limitó su comentario al fútbol y a lo relacionado con él: Simeone habló de cómo vivimos en un lado y en el otro. Y no obstante ser consciente de la diferencia y de la obvia supremacía moral de una de esas dos formas de vivir, eligió conscientemente la de menor valía ética y la defendió como si, siendo peor, fuera mejor.

Lo más dramático del caso es que Simeone tiene razón. No sabemos si quiso deliberadamente hacer un análisis sociológico de cómo se vive en España y cómo se vive en la Argentina. Pero lo cierto es que, más allá de lo que hubiera querido, lo hizo. Y lo hizo acertadamente.

Es absolutamente cierto que en las últimas décadas se ha terminado por imponer en la Argentina una cultura del aguante a lo incorrecto, de negación del otro, de cancelación incluso del que ganó en buena ley, respetando las reglas del juego a las que todos se habían obligado de antemano.}

Este es el sustrato cultural que explica a la Sra. de Kirchner no entregando los atributos del mando a un presidente elegido democráticamente, que ganó unas elecciones disputadas libremente de acuerdo a reglas con las que todos estaban de acuerdo; esto es lo que explica cómo el kirchnerismo tilda de “dictadura” o de emparentado con ella todo lo que no sea propio. Sí, como dice el Cholo, es una menara de vivir que se ha terminado imponiendo en la Argentina por la fuerza de los hechos y, a veces, hasta por la fuerza del mismísimo endiosamiento de la violencia, de la cultura del guapo, del barrabrava, del que te pasa por encima aunque esté equivocado y vos tengas razón, de la preeminencia de los instintos más bajos del ser humano por encima del racionalismo y de la civilización.

Esa imposibilidad de asumir una conducta hidalga y de caballerosidad que debería definir la convivencia tolerante,  es lo que nos hace vivir como vivimos: una manera de vivir “a la peronista”, entendiendo por eso no estar preparado para coexistir con lo diferente, incluso con quien se ha manifestado circunstancialmente mejor a mí mismo; una cultura de la negación, del escrache, de la rotulación, siempre preparada para etiquetar con un sarcasmo, con una indirecta venenosa y para ningunear todo lo que no sea lo propio.

Ese trépano peronista no se ha detenido desde que, para su desgracia, el país lo vio nacer a mediados del siglo XX. Como el efecto residual de aquellos insecticidas que siguen actuando una vez que ya ha pasado bastante tiempo de su aplicación original.

Un ejemplo de cómo ese veneno sigue actuando, destruyendo pilares morales todos los días, también lo puede entregar el fútbol.

Cuando Racing Club obtuvo el campeonato mundial de clubes en 1967, el primer partido que le tocó disputar en la Argentina por la liga local fue contra Independiente, su clásico rival de Avellaneda. En ese partido, los Rojos hicieron un pasillo a sus archi-adversarios aplaudiéndolos y entregándole un ramo de laurel a cada jugador de Racing.

Años después cuando el gran ganador internacional fue Independiente no fue reconocido de la misma manera y en 2012 se llegó al colmo de que una cadena electrónica de hinchas de Racing apretó con amenazas violentas a su propio plantel para que se dejaran ganar en su partido contra Quilmes para así contribuir a que Independiente perdiera la categoría.

Esta secuencia cronológica prueba, justamente, cómo la cultura peronista de la cancelación y de negación del otro siguió actuando sobre la sociedad argentina que aún mantenía, por mediados de la década del ’60, gestos de convivencia y de tolerancia.

Simeone, además de entregar una evidencia contundente de la decadencia argentina en términos de cohabitación democrática, dejó en claro la vocación autoritaria del argentino actual que, también cooptado por otro de los manifiestos genes peronistas, solo acepta como “mejor” lo propio sin siquiera dar el brazo a torcer frente a lo que son las costumbres mayoritarias de convivencia en la sociedad en la que le toca trabajar: el impuso el “no-pasillo” porque “así se hace en el lugar del que yo vengo y eso es lo que vale, independientemente de lo que se haga aquí”.

Esa soberbia impide cambiar. Y esa soberbia es innatamente peronista y manifiestamente kirchnerista y montonera: “La Soberbia Armada”, como la llamó Pablo Giussani.

No es la primera vez que el Cholo entrega, dándose cuenta o no, un evidencia perfecta de lo que somos. No hace mucho en un partido en el que el Atlético la pasaba mal, arrojó una segunda pelota a la cancha para forzar a que el árbitro interrumpiera el partido justo antes de que el rival estuviera a punto de convertir. Una más de “nosotros somos así”.

Para Simeone la intolerancia (en este caso a reconocer hidalgamente al ganador) es sustantiva de la personalidad argentina, por lo cual, no se puede cambiar: o las cosas se hacen como yo digo y son como yo digo que son o no son. Esa es la subcultura a la que el peronismo terminó arrastrando a toda la Argentina porque quienes no adoptan esos modales no sobreviven en el mundo de los matones.


No niego que José Ortega y Gasset ya advertía destellos de esta personalidad extraña cuando, en 1929, escribió “El Hombre a la Defensiva”, un ensayo extraordinario sobre la Argentina y los argentinos luego de su visita al país en aquellos años. Pero el peronismo agudizó al extremo lo peor de las sagaces observaciones del genial español, al punto de dar una vuelta de campana completa y terminar por tener a lo correcto por incorrecto y viceversa.

Es lamentable que en el exterior demos ejemplos de cómo entendemos la vida. Y es lamentable, justamente, por cómo entendemos la vida. ¡Gracias peronismo por haber perfeccionado lo peor de nosotros!

Por Carlos Mira
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2 thoughts on “El fútbol y lo peor de nosotros

  1. Cristina

    No puedo siquiera pensar lo… tanto me duele el estómago.

  2. Carlos

    En muchas cosas coincido con Ud.en
    Una q no es q China fue tan perjudicial
    Para Argentina ya q hoy tenemos trenes
    Un poco mejor a los.q habia gracias a
    La buena voluntad china o no ocurrio el
    Accidente de Once quizas Ud..nunca
    Viaja en tren y x eso no admite china
    Vive un capitalismo autocratico….

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