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El esperpento del adulto contemporáneo: radiografía de la impostura idiomática

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Asistimos a una de las épocas más cómicas y degradantes de la comunicación humana. El lenguaje, reflejo del pensamiento complejo, se ha convertido en un patio de juegos donde los adultos, aterrados por las canas, juegan a los disfraces verbales. El fenómeno no es nuevo, pero la velocidad para hacer el ridículo ha alcanzado niveles industriales. El diagnóstico es implacable: el adulto promedio padece de pánico a la obsolescencia cultural y, en su afán por no ser expulsado del Edén de la eterna juventud, ha decidido inmolar su dignidad lingüística en el altar del esnobismo digital.

El síntoma más agudo es la adopción ciega de la jerga gamer y de TikTok, trasladada sin escalas ni pudor a la vida cotidiana. Ver a un gerente de finanzas de cincuenta años, con trajes a medida y problemas de ácido úrico, afirmar muy serio en una reunión que la empresa necesita «farmear aura» es un espectáculo dantesco. El término, un injerto brutal que toma el verbo inglés to farm (cultivar recursos en los videojuegos) y lo mezcla con el magnetismo personal, se usa hoy como si fuera un indicador macroeconómico. En su desesperada carrera por el aplauso de los pasantes, este espécimen cree que su cotización sube si realiza poses calculadas para sumar puntos de respeto social. No advierte que, al intentar «farmear aura», lo único que cosecha es una gigantesca e irreversible vergüenza ajena.

Otro párrafo merecen el mundo del periodismo, la televisión, los habitúes de las relaciones públicas, los consultores de imagen y otras faunas similares: es tanta su desesperación por no estar con “lo último” que no se dan cuenta de que son los primeros en quedar en ridículo. Y ya que estamos en tema, digamos que el inglés forjó el acrónimo “fomo” para referirse a las personas que sufren del síndrome del temor a perderse algo (fear of missing out), entonces, parafraseando eso, podemos decir que la Argentina podría crear el término “fopp” que referiría a la persona que le tiene terror a “pasar por pelotudo” (fear of pasar por pelotudo) y que no advierte que se convierte, precisamente, en un pelotudo en su desesperación por no parecer un pelotudo.

La comedia se despliega en múltiples niveles de riesgo. En la escala del ridículo, existen verdaderas «alertas rojas» donde el colapso de la dignidad es garantizado. Allí habita el término rizz, esa deformación de «carisma» que los cincuentones usan para jactarse de sus oxidadas artes de seducción en las cenas de fin de año, ignorando que el único efecto que producen es el de un espantapájaros tratando de bailar reguetón. Peor aún es el descenso a los infiernos de la Generación Alpha, donde los más audaces se atreven a calificar un informe como skibidi o a autoproclamarse un «macho alfa» usando el mote de sigma. Cuando un adulto dice que un proyecto «devoró» o que el equipo vino a «servir look» a la oficina, el ambiente se congela. El efecto Steve Buscemi y su meme de «¿Cómo están, jóvenes?» deja de ser una caricatura para convertirse en un documental de terror laboral.

El ridículo no se detiene en la cúspide; desciende hacia las «alertas amarillas» y verdes, donde las palabras se han normalizado tanto que los farsantes se sienten seguros. Hablan de su glow up tras ir al gimnasio tres días, diagnostican a sus parejas como delulu (delirantes) por tener expectativas realistas, y sentencian debates diciendo factos en lugar de verdades, como si el idioma de Cervantes careciera de la contendencia necesaria para sostener una obviedad. Incluso se enorgullecen de estar en su prime, esa deliciosa importación que usan para convencerse a sí mismos, y a sus decrecientes seguidores, de que están en su mejor momento, cuando en realidad están más cerca del ocaso biológico que de la plenitud juvenil. Usar cringe, hype o tildar de random a cualquier desconocido que se cruza en su camino ya no es un tic; es un respirador artificial para su autoestima cronológica.

Sin embargo, el núcleo más fascinante de esta impostura no es el mal gusto, sino la flagrante hipocresía ideológica de quienes la practican. Vivimos rodeados de puristas culturales que, en sus discursos públicos o sobremesas políticas, desgarran sus vestiduras denunciando la colonización cultural de los Estados Unidos. Son los mismos que exigen defender la soberanía del idioma, los que llaman «imperio» a todo lo que hable inglés y los que consideran que la anglicización de la sociedad es un síntoma de debilidad mental. No obstante, apenas se apagan los micrófonos, esos mismos cruzados de la hispanidad corren a sus redes a pedir un update de sus perfiles, a quejarse de que la realidad los superó en el spawn de la mañana, o a exigir que sus mentes se «reseteen» el fin de semana.

Esta es la paradoja del estatus: el individuo necesita detestar lo anglosajón para sostener su superioridad moral, pero necesita usar sus palabras españolizadas para simular modernidad. Modifican el uso correcto de palabras como «literal» como calco del literally angloparlante para exagerar que se «murieron de frío» en subte, y adoptan analogías de la «minería» tecnológica sin la menor distancia crítica. El mundo cripto les vendió la fantasía de la minería, los mineros, las granjas de minería, los pools y las recompensas por bloque, transportando los conceptos de la pala y el pico a la especulación digital de los centros de datos, y el adulto moderno compró el paquete completo de vocabulario para sonar sofisticado en los asados. Al final, el uso forzado de estos términos no demuestra frescura, sino sumisión a una moda que ni entienden ni dominan. La realidad es implacable: no están farmeando aura, pierden el juicio. Dan pena.

Por Carlos Mira
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